28 febrero, 2010

El despertar

Las ocho de la mañana, la hora más cruel que ha existido nunca. Despertar y verte tirada en una habitación de hotel, sola, con la cabeza embotada como si te hubieras pasado la noche bebiendo pero no en vela. En realidad mi despertar es bastante idílico, es como siempre me ha gustado despertar en los hoteles: sola, con la sensación de no recordar nada de ayer, y si es posible, con alguna botella de licor cerca y semivacía. No tengo la suerte de tener ahora tal botella. Como mucho tengo el minibar, el cual ni me he molestado en mirar. Tampoco hay ningún hombre en el marco de la ventana con la mirada perdida en las calles, y no acabo de echar el polvo más triste del mundo como en mi relato Suomen Tasavalta de Septiembre. Qué perdida de tiempo...
Una ducha fría me vendría bien. Vestirme como la señorita que no soy y pasear entre las gentes de mi pueblo. Me siento identificada con los que son como yo, norteños. Siempre he pensado que si vivo en el sur y me desenvuelvo bien, es porque me gusta ir contra natura. Sea como sea mi vuelta a esta ciudad, donde el frío es la primera bienvenida que recibes, nunca me siento de más en un lugar donde la gente es educada, viste bien y tienen deliciosas cervezas esperándote en la barra del bar.
Hoy o mañana pretendo conquistar el Hard Rock Café que ya me enamoró la primera vez que vine aquí. Esos son mis ambientes, esos son los lugares donde camuflarme con el medio y donde puedo pasar a ser la rubia de la barra que habla inglés con acento latino y que disfruta de su cerveza sin que ningún otro la moleste, un elemento exótico más del pub. Y si algún hombre atrevido decide intentar rasgar el halo de silencio que me envuelve, solo tendré que hacerme la sueca. O la española, por qué no.

Buenos días. Buenos días, Munich.


El metro de Madrid



Madrid, ciudad de prisas, ciudad sin rostro, ciudad de eternas vacilaciones pasajeras y mundanas. La inmensa, inmensa Madrid, para perderse en ella y no encontrarse. Madrid, ciudad maldita a la que jamás dedicaré un poema.

En esa Madrid cercana para todos a la vez que lejana para los que amamos la inocencia de las zonas rurales, viajé bajo tierra, menos mal, sin verle la cara a esa Madrid ruidosa, ahumada y completamente gris.

Y en el metro, ese tren destartalado y con olor a máquina pura, me encontré encerrada con miles de ojos que me observaban curiosos.

Una pareja insoportable compartía sus labios. Pero la chica era de las que utilizan perfume de vainilla y usan gomina para enderezar sus desastrosos rizos, y el chico parecía ser el poseedor del histrionismo más grande del vagón, con una melena rubia ondulada de modelo sueco que bien podía acompañar armoniosamente a su carita de actor de cine. Pero su voz era terriblemente antimasculina y rezumaba frivolidad por todas partes. Seguramente había debutado durante su infancia posando para los anuncios de Nenuco y Johnson's Baby. Me alegró mucho cuando la parejita se separó y se marchó del tren. Tanta luminosidad aparente escondía dos enormes vacíos dentro de ellos. Solo eran autómatas llenos de colores imperfectamente perfectos.

Y esa niña... esa niña que se sentaba junto al que se asemejaba a un antiguo amor. Esa niña de diez o doce años que, al lado de su madre, apoyaba la cabeza en su regazo. Estaba peligrosamente metamorfoseándose hacia la adolescencia, pero no por su cuerpo, aún inmaduro y sin formas, sino por ese bolso que pendía de su brazo y sus uñas pintadas de un rojo peligroso. Me hubiera gustado hablar con su madre y decirle que su hija estaba caminando por el filo del abismo, que aún era una niña, que dejara que lo fuera y que no le pusiera fácil aparentar ser una mujer. Se lo decía una adolescente a la que no habían dejado ser niña.

Y me giré y vi a una pareja de afroamericanos charlando y bromeando. Sus risas rasgaban el lúgubre aire del tren y los sumergía en una burbuja naranja. Llenos de vida, aquellos treintañeros parecían vivir la vida teniéndose el uno al otro por cómo se miraban y se sonreían, por cómo él apoyaba su mano en la rodilla de ella y ella inclinaba la cabeza hacia él. La unión perfecta a la que todos éramos ajenos. Y cuando abandonaron su asiento, la alegría del vagón se fue con ellos dejándonos al resto de viajeros con nuestro día nublado, a solas, en nuestras mentes nubladas.


26 febrero, 2010

Siégame la vida


Observándote me doy cuenta de que nuestras sonrisas son gemelas. Esta coincidencia no deja de sorprenderme, pues perteneces a un mundo completamente distinto al mío. Se me hace difícil imaginar por qué tu arquitecto y el mío se conocen, o cómo en puntos tan distintos tuvieron pensamientos semejantes. Quizá lo que te hace irresistible a mis ojos es eso, que entre tanta diferencia puedo encontrar un elemento en común en el que sentirme como en casa. Para lo demás, somos incompatibles. Sé por qué me has cogido de la mano y me has traído hasta aquí: Es el único lugar donde podemos coexistir.
Me revuelvo porque tu calor me inquieta, o quizá me enerva sentir que me abrase tanto en solo unos segundos de contacto.
Noto en un leve roce cómo tu pelo negro susurra mi nombre en la noche y me envuelve en su olor, y mi mano se retuerce, ansiosa de acariciar, de sondear tu textura, de agarrarse a lo infinito de tus cabellos y saltar desde lo alto de tus pestañas para ahogarme en tus ojos llenos de sombras; para fundirme a tus labios, llenos de luz.
Y entonces tu boca rueda por mi garganta e imprimes besos furtivos e invisibles en la piel, marcando señales que no podrán dejar testigos cuando comience el día, permitiendo que solo puedan juzgarme por mi silencio.

Tus dientes arañan mis átomos y en un último suspiro, me dejo morder por ti. Una vez, otra, otra más. El placer me arrastra y cierro los ojos unos instantes. El corazón late violento y apenas enfoco tu rostro. La oscuridad nos envuelve y yo sé que no has calibrado las consecuencias de tus mordiscos. Seremos vampiros por la mañana.

Al despertar con tu imagen en mi mente, me doy cuenta de que tengo algo tuyo y tú tienes algo mío. Y, mientras tú me has dejado la llave de tu alma, yo te he dejado las cenizas de la mía.


25 febrero, 2010

Deuda de besos



- Recuerdo aquellas tardes en el parque, cuando aún llevabas coleta y una falda de cuadros hasta la rodilla. La forma en la que suspirabas mirando hacia el cielo, como si quisieras descubrir algo más allá tras las nubes. Te ahuecabas el pelo y me mirabas como si el mañana no importara, como si el tiempo estuviera congelado entre nosotros y lo retuvieras con la estela de perfume de jazmín que solías llevar.
- Entonces me mirabas con una media sonrisa y observabas fijamente mis labios.
- Y tú retrocedías como si no te dieras cuenta y sacabas de tu bolso un libro y empezabas a recitarme aquellos párrafos que más te habían gustado.
- Y te desesperabas y hacías como que prestabas atención a lo que decía y detenías tus ojos sobre mi falda.
- Al terminar, cerrabas el libro y me sonreías.
- Y tú te acercabas de nuevo, y podía sentir tu calor a través de tu camisa. Y volvía a leer en tus ojos el deseo de besarme.
- ¿Por qué nunca dejaste que te besara?
-Porque temía que pudieras descubrir en mis labios cuánto ansiaba besarte.


15 febrero, 2010

Báilame el agua



Báilame el agua.
Úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto.
Riégame de especias que dejen mi vida impregnada de tu olor.
Sácame de quicio.
Llévame a pasear atado con una correa que apriete demasiado.
Hazme sufrir.
Aviva las ascuas. Ponme a secar como un trapo mojado.
No desates las cuerdas hasta que sea tarde.
Sírveme un vaso de agua ardiente y bendita que me queme por dentro, que no sea tuya ni mía, que sea de todos.
Líbrame de mi estigma.
Llámame tonto.
Sacrifica tu aureola. Perdóname.
Olvida todo lo que haya podido decir hasta ahora.
No me arrastres. No me asustes.
Vete lejos. Pero no sueltes mi mano.
Empecemos de nuevo.
Sangra mi labio con sanguijuelas de colores.
Fuma un cigarro para mí. Traga el humo.
Arréglalo y que no vuelva a estropearse. Échalo fuera.
Crúzate conmigo en una autopista a cien por hora.
Sueña retorcido. Sueña feliz, que yo me encargaré de tus enemigos.
Dame la llave de tus oídos. Toca mis ojos abiertos.
Nota la textura del calor. Hasta reventar.
Sé yo mismo y no te arrepentirás.
¿Por cuánto te vendes?. Regálame a tus ídolos. Yo te enviaré a los míos.
Píllate los dedos.
Los lameré hasta que no sepan a miel. Hasta que no dejen de ser miel.
Sal, niega todo y después vuelve.
Te invito a un café.
Caliente, claro.
Y sin azúcar. Sin aliento.


13 febrero, 2010

Confesión


Solo quiero que sepas que no me duele el haberte hecho daño.


09 febrero, 2010

Labios fúnebres


Labios fúnebres:

Su beso es el roce de un suspiro que resbala por la frente,

tácito y ambiguo,

quedo en su vertiente.

Labios fríos,

labios que, de azules, son iridiscentes,

y provocan con un beso

el letargo de la muerte.

Labios fúnebres los tuyos, labios eternamente míos

por no poderlos atrapar en un instante;

labios que en su ausencia marcan en mi memoria

la tragedia de su presencia constante.

Labios fúnebres los míos,

hastiados del almíbar de los besos,

o firmemente sobrios y abandonados,

huérfanos de todo afecto.

Labios fúnebres que yacen muertos,

ahogados por tu marcha.

Labios fúnebres posados en una carta

llena de misterios y plagada de errores,

de lamentos ya pasados, y momentos ya vividos,

de perennes e hirientes equivocaciones.

Labios fúnebres y ardientes descendiendo por mi piel,

cadavéricos, casi oníricos,

la fuente idílica del intenso placer,

inasible su contacto, inaudibles a su paso;

solo queda una marca a fuego

en quien consiguen poseer.

Labios fúnebres tu mirada

ahora cálida, ahora helada,

ahora grandiosamente desgastada

por los años que no perdonan

el nacimiento de la mañana.

Labios fúnebres tu figura,

sombra forjada en materia oscura,

que a la luz de las farolas se alimenta

y renace en una estrella muerta

salpicada de dulzura.

Labios fúnebres que se encuentran

y reviven a hurtadillas,

labios que llevando la merienda

rescataron tu mejilla.

Labios célebres,

labios desconocidos que nunca besaré

y a los que dedico un minuto:

Son por ellos mis labios fúnebres

y van de luto.

07 febrero, 2010




¿Eres peligrosa?

No lo sé. ¿Te lo parezco?


06 febrero, 2010

Dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno



Y dar la vuelta y preguntarse: ¿Cómo he llegado a esto?
Y no encontrar la manera adecuada de mancharse, de no saber dar la vuelta y abrirle la puerta a la degeneración, y echarse la culpa por ello después por ser demasiado blanca.


Y porque su profecía en aquel pub por donde tantos habían desfilado no se había cumplido, y porque su nombre, aunque atractivo, era inmerecido por no haberle hecho honor. Por no haberse teñido cuando había tenido tiempo se había convertido en un elemento natural más, pasto de la vejez y vulnerable ante las llamas.


Se había equivocado, y ahora se preguntaba que por qué volvía a tumbas vacías para rescatarse, por qué se condenaba ante las palabras, y mucho más importante: por qué la desesperación la había moldeado indiferente en lugar de haberla construido como un foco de odio irrefrenable.


Tan cansada estaba, que por no odiar, se le había terminado hasta la pasión.


Y gélidamente amoral, pasaba los días...



03 febrero, 2010

Chat


Hola

¿Cómo estás?

El vacío te espera, mi mirada te espera.

Parpadeo, parpadeo, parpadeo.

Y al fin, te manifiestas.

¿Pero por qué tu voz no es audible, por qué se manifiesta en letras, frías e insensibles y no tienes rostro, ni ropa, ni mano a la que asirme en mis momentos de desesperación?

¿Por qué tu voz es roja, o azul, o negra o rosa, si sé perfectamente que su belleza radica en que es inasible, que solo entra, me toca el alma y se va, y no hay nada que hacer para poder retenerla? ¿Por qué la veo? ¿Por qué la veo y copio, y pego, si tu voz es la percusión de tu alma?

Prefiero que se materialice en una mirada y no en volubles fotones, la Física los entienda.

Apareces, pero no te encuentro por más que busco en esas líneas que se tejen de forma clara y precisa, hasta hacerte impersonal.

Eres una máscara, una máscara. Nada más.

¿Y por qué se mantiene tu nombre y se repite y se repite si tú eres tan cambiante, si a cada segundo ya no eres el mismo, si tu nombre es lo último que recuerdo cuando te toco y te miro y te pienso?

La ausencia trae el recuerdo y la nostalgia, pero cometemos el delito de la ausencia falseada, y nos convertimos en ceros y unos. Solo ceros y unos. Y yo no puedo tejerte unos versos.

Y, por favor, no enciendas la cámara. No te conviertas en píxeles y rememores con ello el hecho de no poder saber si has amanecido con piel de seda, cómo han quedado enredados esta mañana tus cabellos al despertar, si ahora son amargos tus labios o solo así me lo parecen al no poderlos besar.

Nos traiciona el tiempo. Es hora de desconectar.

Y tú cortas, y eres vacío; yo me convierto en viuda de un adiós.

Apago, y ya estoy muerta.

Y así el amor se convierte en una modalidad de suicidio tecnológico.


01 febrero, 2010

Córdoba, por Castilla del Pino





En el expreso de Algeciras,
llegué por primera vez a la estación de Córdoba.
No tuve que apresurarme a recoger mis cosas.
Entraba sin saberlo en el reino de la no-prisa.
Allí donde, ante todo, según decían, los hombres no somos escopetas.


Y me interné en la ciudad.
Estaba tan inusitadamente deshabitada que me sobrecogió.
Y además, el silencio.
Córdoba impenetrable.


Como decían unos versos:


"El silencio es un muro,
denso muro que ahoga cualquier grito
o agonía de una vez.
No contesta,
o pone solo su macizo perfil invisible,
más fuerte que el hierro,
y más que él, impenetrable."


Ricardo Molina la describía así:


"Calle de los moriscos, ebria de copas,
de crepúsculos. Calles para parecer solo,
casi monacalmente atento y distraído.
Distante de los hombres, absorto en cualquier cosa,
de sí mismo olvidado, fuera ya de uno mismo."


Me detuve ante sus casas, cerradas, también impenetrables.
Tomé conciencia de que era una ciudad ensimismada,
de espaldas al presente, donde podría crear un hábitat
más para el pensamiento que para la acción.
Una ciudad ensimismada y también ensimismante.


Una Córdoba con miedo a su propia libertad,
celosa de sus referencias de siempre,
la Córdoba inmóvil y orgullosa de su inmovilismo.
Desconfiada del nuevo y del forastero,
de mirada oblicua y sesgada para lo que pudiera,
aunque remotamente, remover sus aguas irrizantemente quietas.
Una Córdoba en la que todo está bien como está.




Una descripción muy acertada de la ciudad y del carácter de sus habitantes.
Vivir en Córdoba deja una huella en la forma de ser de quien la vive, si se la sabe escuchar.