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21 noviembre, 2012

Reflexiones y preguntas sobre la monogamia y la monoandria

Las preguntas y reflexiones que voy a plantear son fruto de las cosas que leo, vivo y escucho. Sin pretender en ningún momento dogmatizar el asunto, ni tener ni puta idea en qué concluye todo esto, salvo datos antropológicos y psicológicos acerca de cómo viven y resuelven los conflictos en distintas partes del mundo lo seres humanos y de por qué sentimos lo que sentimos, procuraré plantear una serie de preguntas que me hago cuando veo lo que veo.

Nuestra sociedad nos pide que, cuando nos enamoramos, guardemos fidelidad eterna a la persona de la que lo hacemos y esto genera muchos conflictos, según veo. Bien es cierto que cuando dos personas están enamoradas normalmente no tienen ojos para nadie más durante un período del tiempo, pasado el cual, la bestial reacción química desaparece y la relación se transforma en una cálida relación amorosa basada en el respeto y la confianza. Pero, ¿puede haber respeto y confianza en una relación cuando la sociedad nos pide encarecidamente que ocultemos a los demás y a nosotros mismos nuestros deseos?

A día de hoy no he conocido jamás a una persona que, teniendo una relación estable con un alguien, no se haya sentido atraída por otra persona -o incluso haberse enamorado-. Como confidente de algunas personas que soy, no ha faltado en mi vida ver a personas llorando amargamente por ser infieles a su pareja y preguntándose por qué han actuado así, personas reprimidas con sentimientos de culpabilidad por desear a otra persona además de su pareja sin saber qué hacer, personas destrozadas al saber que su pareja les ha sido infiel. Y cuando veo todas estas situaciones llenas de sufrimiento, angustia, ansiedad, estas vidas llenas de mentiras, de represión, de negación para consigo mismas me pregunto ¿realmente es todo esto necesario?

¿Cuándo decidimos privatizar el amor? ¿Cuándo decidimos que había una sola forma de amar, de follar, de formar una familia en detrimento de todo lo demás? ¿Es realmente respetar a tu pareja el hecho de negar nuestros impulsos sexuales, es decir, es respetar una pareja el no serte fiel a ti mismo? ¿Tan mal estaría destrozar de una vez por todas esa imposición, que nadie elige pero que tienes que cumplir a rajatabla, de ser fiel hasta que la muerte os separe sin una previa negociación de las partes? Pensad en cuántas escenas de celos ahorradas, cuántos sufrimiento ahorrado, cuánta ansiedad eliminada si pudiéramos comprender que se puede amar a muchas personas, que se puede terminar con la idea de que el amor y la posesión son la misma cosa. ¿Acaso cuando te acuestas con una persona significa que dejas inmediatamente de amar a otras? No, porque crear nuevas relaciones, nuevos sentimientos, no eliminan mágicamente los que ya hay. Los sentimientos caducan por otros motivos. Igual que quieres a mamá y a papá, porque son personas distintas y cada uno te aporta algo diferente, se podría querer también a Fulanito y Meganita y todas sus variantes, cada uno por lo que son, cada uno por lo que te aportan. Amar sin limitaciones, amar sin celos de por medio, amar sin culpabilidad. Amar sin sufrir, en definitiva.

Leo a la antropóloga Helen Fisher, leo a Marvin Harris, hablando sobre otras culturas. De cómo todos cuidan a los hijos que nacen de una mujer en otros lugares, donde un niño no tiene preferencia sobre otro en la tribu, donde todos son hijos de todos y por eso merecen el mismo cuidado y respeto. Donde no hay lugar para el egoísmo, ni el sentimiento de que una persona sea sólo para el disfrute privado de otra. Lugares donde parecen sin duda más felices sin el concepto de propiedad privada, más allá de una choza o una porción de tierra donde poder vivir. 

En nuestra sociedad se nos entrena para consumir. Para tener. Tener casa, tener coche, tener pareja, tener hijos. La perfecta cadena del consumo incontrolado. Por eso se protege el matrimonio, donde tu marido es sólo tuyo, tu mujer es sólo tuya y por lo tanto los hijos tienen unos padres muy claros -casi siempre, claro-. Interesa sacrificarte por tu prole, que tus hijos sean competitivos con los hijos de otros para poder escalar en la jerarquía social y así tener más cosas que nadie. Consumir más que nadie, pagar más que nadie. ¿Esto es lo que queremos en nuestra sociedad, competitividad en lugar de cooperación?

Si todas y cada una de las personas que he encontrado en la vida, entre las que me incluyo, hemos deseado a personas más allá de lo estrictamente normativo, será que la monogamia y la monoandria que nos imponen falla por algún lado, ¿no? Ay, ¿será que no estamos hechos para ser propiedad de alguien y ser felices a la vez? Hay personas que viven en monopareja toda su vida y se declaran felices, ¿lo son realmente? me pregunto. Cuando les preguntas muchas veces cómo han durado tanto tiempo juntas, te suelen responder con una palabra: sacrificio. Sacrificio de deseos personales, imagino. Sacrificio de tu propia individualidad en nombre de la pareja. Dos personas sacrificando aquello que podrían llegar a ser si no tuvieran una pareja que las "castrara". O no, quién sabe. Las parejas que llegan juntas a su lecho de muerte después de cincuenta años de matrimonio feliz son pocas. Es una fórmula a la que se supone que todos aspiramos, pero que funciona sólo en una  parte de la población casi residual.

¿De veras deberíamos en nombre de la fidelidad, del "sólo soy tuyo y de nadie más", llevar una vida ya sea de mentiras o de represión? ¿No estaríamos más sanos mentalmente si pudiéramos besar a quien nos diera la gana, acostarnos con quien nos diera la gana, amar a quien nos diera la gana, simplemente siendo sinceros con respecto a nuestros sentimientos y deseos? ¿Mantener el enamoramiento de dos, tres personas a la vez, sin tener que sacrificar un amor por otro con el consiguiente sufrimiento? ¿Entender que los celos no tienen cabida si esa persona afirma que te quiere, pero sin que tenga que renunciar a amar a otra persona si así sucede? Tener libertad, en definitiva, para establecer qué relación queremos tener y no dar nada por sentado, en lugar de poner una etiqueta a una persona y otorgarle así una serie de derechos y responsabilidades que no ha elegido.

Pensar que las parejas llenas de amor que duran para siempre apenas son reales. Que nuestras mentes piden otra cosa, otra manera de vivir. Terminar con conceptos como el adulterio y la infidelidad, con sentimientos negativos como los celos y la inseguridad, dejar de ver bien el llamado sufrimiento por amor. Acabar con la imposición irreal y ficticia de las relaciones monoafectivosexuales. O lo que tendría un valor incalculable: terminar con los asesinatos o maltratos que intentaran justificarse con "la maté porque era mía".

Decía Helen Fisher que el ser humano está en el mundo para reproducirse, no para ser feliz. Y yo me pregunto, ¿podría el ser humano ser feliz si supiera cómo?


(Agradecería vuestros comentarios -aunque sea como anónimos- con todo el debate que pueda surgir de este post, me parece un tema de lo más interesante)

20 noviembre, 2012

Aquellos días de cine y cerveza

Imagino que estoy igual que muchos de vosotros. A medio camino entre el estrés, la ansiedad, la tristeza y el enfado. Lo que vulgarmente se llama "frustración", vaya. Y a pesar de esto soy consciente de que soy muy privilegiada porque hay bastantes más personas de las que me gustaría que tienen menos que yo -y eso que yo tengo poco- y esto no es más que una pataleta por "tonterías".

El otro día me puse nostálgica. Me puse a recordar aquellos días en los que llegaba el fin de semana y siempre podía salir, a donde fuera. ¿Os acordáis de esos días en los que ir al cine era un plan, aunque cada día estaba más caro, plausible? Incluso al principio, cuando una entrada todavía se situaba entre los 3 y 4,5 € (aunque recuerdo el cine a 300 pesetas), yo me pasaba los fines de semana allí metida -siempre que no hubiera bazofia que ver, claro, si no no me veían el pelo-. Eso era hace unos cinco, seis años. Madre mía. Cinco o seis años. Desde hace por lo menos tres, ir al cine se convirtió en un lujo. De ir tres veces al mes pasé a ir tres veces al año, mirando con lupa qué película ver porque no tenía dinero para acudir tanto como me gustaba. Creo que he llegado a pasar más de un año sin pisar un cine. Cuando me enteré de la subida del IVA me concedí los últimos caprichos, entre el cine de verano -más barato- y mi última entrada al cine convencional (después de llevar meses y meses sin aparecer por una sala). Eso fue en agosto, para despedirme. No sé cuándo volveré a pisar un cine, no veo probable que lo haga en mucho tiempo, ¿tal vez nunca más?. Entre la engañifa del 3D, la basura que proyectan y el precio de la entrada, no tengo posibilidad de ir ni motivación. Salvo la nostalgia. Me gustaba la experiencia de ir al cine. Era un espectáculo, joder. Llegar, sentarte frente a esa pantalla que parecía que te iba a comer, que se hiciera el silencio en la sala y verte envuelta en sonidos e imágenes. Me emocionaba, me asustaba o me sentía eufórica. A menudo salía con el corazón en un puño, destrozada o con ganas de comerme el mundo. Y cuando ibas con amigos o familia era triplemente divertido. Elegir la película, sentarte con ellos y luego comentar lo que a cada uno le había parecido. Y luego pasaba el tiempo y un día decías: ¿Te acuerdas cuando fuimos a ver...? Y te reías con esa persona recordando que a ti te pareció bazofia y le dieron un Oscar después a la película por alguna cosa absurda, o que al de delante se le cayeron las palomitas y cuando se encendieron las luces estaba muerto de vergüenza, o que le tuviste que dar a tu amiga un pañuelo porque se le caían los lagrimones, o porque te sentiste identificada con algún personaje, o porque después tenías un subidón de adrenalina, o porque de la tensión se te saltó una lentilla en mitad de la sala -soy un desastre, lo sé- o porque luego te pasaste una semana con la banda sonora en la cabeza tarareándola a todas horas. Tengo muchos buenos recuerdos ligados al cine y ahora a menos que me pase tres meses ahorrando no voy a tener posibilidad de construir nuevos. Y me jode enormemente. Me jode porque ya no es un plan. Y llega un domingo lluvioso y me pregunto: bueno, ¿yo que hacía en estos días para que no me entrara el bajón? Algo que ya no puedo hacer: ir al cine.

No ya sólo el cine, ir a tomar una cerveza con alguien cada día resulta más difícil. Se ha notado muchísimo el IVA en la compra. Con 9 euros yo hacía maravillas. Ahora nueve euros te dan para comprar 3 productos básicos y da las gracias. No es de extrañar que cierren tantos sitios, ahora la cerveza te la tomas en tu casa y cada día incluso esto es más un lujo, porque con ese dinero puedes comprar macarrones para comer, por ejemplo. 

Y luego abres el armario y está lleno de ropa "por si acaso". Jerseys llenos de bolitas, camisetas con agujeros, pantalones con descosidos que no has tirado porque no sabes cuándo vas a poder comprar ropa, de atuendos cochambrosos que normalmente utilizarías para trapo de limpieza pero que ahora guardas con celo "por si acaso" no puedes comprar ropa dentro de un mes o tres. Y como encima la ropa que hacen a día de hoy es una mierda, hecha para que la tires al año en plan obsolescencia programada, cada día te das más cuenta de que te vas quedando en harapos. Y no puedes renovar armario. Y comprar unos malditos calcetines vale casi igual que una entrada al cine, o cuatro cervezas o seis paquetes de pasta. Y haces las cuentas y te compensa más sobrevivir que ir guapa o pasar un rato con los amigos. Nos van arrinconando en nuestras casas, saliendo para lo mínimo imprescindible porque eso es ahorrar en transporte, en cerveza y en vida social. Y si luego te cortan la luz, el agua y al poco te llega una carta del banco echándote de tu casa, normal que la gente se suicide. Primero te vas sintiendo cada vez más solo durante meses a base de recortes, los comedores sociales no dan de sí y de pronto no tienes dinero para no dormir en la calle. Es un drama. Por eso dentro de todo, aún me considero afortunada. Pero ¿hasta cuándo? Unos cuántos recortes más -aunque mi precaria economía no sé hasta qué punto es sostenible en el tiempo tal cual está- y me tendría que replantear seriamente muchas cosas. Como si me compensa vivir en otra ciudad distinta a la de mi familia, o si me compensa seguir estudiando, o si...

Hemos perdido tantas cosas, poco a poco en nuestro día a día, que echas la vista atrás y se te saltan las lágrimas. Mi mente había tenido a bien no echar cuenta de esto y el otro día algunas cosas que he perdido me vinieron de sopetón -he procurado no hacer un buen análisis de la situación por el bien de mi estado anímico-. Y las noticias son un golpe bajo, uno tras otro, varios cada día y así un día y otro y otro... Y con la moral por los suelos sólo puedes tirar hacia delante mirando a quienes te quedan alrededor, lo que te queda alrededor y los buenos recuerdos de aquellos días de cine y cerveza.

29 julio, 2012

Breves reflexiones melancólicas


La naturaleza del insulto está claramente ligada a la intención de causar dolor. Si el insulto no consigue el efecto buscado y pierde toda su eficacia, no puede disimularse, como sucede con otras palabras, la vacuidad del mismo, pues la intención dañina se mantiene impertérrita como una sucia mancha sobre un vestido blanco, independientemente del resultado neto que éste provoque en una persona. Hay que ser elegante y certero para insultar, pues nada queda tan ridículo, tan absurdo y tan carente de sentido como un insulto sin efecto.

Los insultos de las personas que nos aman tienen un impacto emocional particular, haciéndonos encoger sobre nosotros mismos como si de una puñalada trapera se tratase. Duele más que cualquier golpe físico que podamos recibir. Y ese escozor repentino, esa quemadura sin marca visible, esa falta de respiración mantenida durante unos segundos, tiene un efecto tan devastador capaz incluso de dejarnos minutos y minutos sin palabras.

Pero ¿qué ocurre cuando una persona amada utiliza como arma la palabra equivocada y no produce efecto alguno en nosotros? Hasta del dolor más intenso puede uno inmunizarse y escapar ileso. Cuando tal suceso ocurre, la situación es todavía más escalofriante que cualquier pausa en la respiración. Quedan dos personas mirándose a los ojos, una tratando de dañar a la otra pero incapaz de lanzar las palabras apropiadas que la hagan temblar, y la otra con una tristeza aún mayor en los ojos que si la hubieran dañado, a sabiendas de que quien la ama no sólo pretende herirla sino que además, ni siquiera la conoce lo suficiente como para conseguirlo. Y eso, tal vez, duele más que cualquier insulto.

***

Independientemente de nuestra condición, todos somos nómadas en algún momento de nuestra vida. Todos nos perdemos y nos buscamos a tientas en la oscuridad, sólo que algunos se encuentran y otros no. Algunos además encuentran a otras personas, no sólo tienen la enorme satisfacción de encontrarse a sí mismos, y es en ese instante de reconocimiento mutuo en que todo encaja y por fin tiene algún sentido. Todos buscamos a una persona con la que sentirnos seguros, como se sienten los lobeznos recién nacidos con su madre. Un sentimiento primitivo que nace desde lo más hondo de nuestra naturaleza humana y nos inunda, nos hace buscar al otro, aunque solos estemos perfectamente bien. Al final todo se reduce a eso, encontrar a una persona a la que llamar Hogar.

***

Se suele hablar mucho de los besos, concretamente de los besos en los labios. Se les concede una importancia tan enorme, que no darlos tal y cómo se nos pide puede llegar a ponernos realmente nerviosos y a escatimar nuestro valor a los ojos de los demás. Y así, los besos en los labios o en las mejillas -ya sean rápidos de cortesía o maternalmente intensos- acaparan toda nuestra atención y parece no ser relevante nada más. Sin embargo, los besos más significativos son los que se dan en la frente. Cualquier persona no está capacitada para hacerlo y por ello son los más especiales. Un beso en la frente significa que esa persona es la adecuada. Para qué, da igual. Es una persona adecuada, y punto. Lo demás no importa.


21 mayo, 2012

Sobre la comunicación

Hay que eliminar todo aquello que entorpezca la comunicación. A veces, sobran las florituras, las piruetas, los términos rimbombantes en el lenguaje oral.

En el lenguaje escrito sobra todo aquello que sobrecargue la visión del lector. Las palabras, las letras, deben fluir sin tropiezos, unas detrás de las otras sin atacar en ningún momento la visión ni el buen gusto de quien las lee.

En ocasiones, el lenguaje se vuelve tosco a la hora de comunicar. Hay veces en las que el lenguaje es completamente innecesario y sólo entorpece la comunicación. Prueba de ello es que las emociones más significativas suelen transmitirse sin necesidad de palabras.

07 mayo, 2012

Reflexiones personales, provocadas por la puesta de sol y las jornadas marxistas

Soy anarquista, ese es mi problema. Soy una anarquista que sabe que el anarquismo no funciona ni lo hará en este mundo a escala global. Soy una anarquista que quiere profundamente que la dejen en paz, el Gobierno, las empresas, la sociedad. Soy una anarquista que se apasiona profundamente con la política porque quiere carecer de ella y desde mi posición trato de asirla con las manos y darle vueltas para ver qué puedo hacer con ella, sin resultado.

Soy una anarquista convertida al socialismo, al socialismo marxista. Porque ya que somos siete mil millones de personas en el planeta y no podemos caminar sin tropezarnos las unas con las otras, tendremos que funcionar de alguna manera. Y es que somos una plaga.

Me cabrea pensar que muchos queremos lo mismo, pero somos incapaces de ponernos de acuerdo. Me cabrean los listos, los que quieren pasar por encima del resto aunque tengan que dejar cadáveres tirados a su paso.

Si somos unos salvajes, comportémonos como tal. Anarquismo, y aquí paz y después gloria.
Si no lo somos, comportémonos como seres racionales. Democracia y socialismo.
Y si somos medio salvajes, medio racionales, aprendamos a lidiar con ello.
Pero no vale acogerse a reglas racionales para después comportarse como un salvaje.
Si vamos a jugar, juguemos todos a lo mismo.

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Hay que ver la cantidad de gente con discurso de derechas que ha ido a las jornadas, muchas no pasan de los 25. No me extraña que en Grecia el partido nazi tenga 21 diputados. Vamos hacia atrás. Espero que quede sitio para mí en Argentina.

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A veces a las personas se nos olvida que somos personas. El odio nos ciega y cometemos actos terribles. Ante este hecho podemos optar por responder con la misma moneda o por el contrario, hacer un ejercicio de sabiduría infinita y no convertirnos nosotros en verdugos del verdugo. El equilibrio moral a menudo es frágil y lo que apoyamos, nos desacredita.

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El arte de vivir es saber rodearte de belleza. La belleza es cambiante y efímera. El arte de vivir consiste en conseguir que aquellas cosas que no son hermosas, consigan ser bellas, y que aquellas cosas que son bellas, se mantengan así. Por lo tanto, el arte de vivir es un tira y afloja constante, es decir, un despropósito. Pero como buen despropósito he de decir que es realmente bello.

30 noviembre, 2009

Mi vida diluida en vodka





Concédeme un instante
y deja que me oculte tras un velcro,
que te diga categórica que no podrás observarme,
que se terminaron los “hasta luego”.
Hoy, para siempre, he venido a despedirme.
Mis ojos ya se ocultan tras tu reflejo,
y en un ademán desbaratas
lo que, entre vinagre y perfume de puta barata,
viniste a decirme.


No te abriré mi alma, pues carezco de ella.
Tu ignorancia será en esta noche tan bella
tu presente y tu castigo:
No voy a quedarme contigo,
y no aceptes mis condolencias.
Te dejo como regalo de lo que vivimos
el recuerdo de mi sórdida existencia.


Te contaré mi historia de brujas y carantoñas:


Él acababa de tomar de mis labios la ponzoña
Que pretendió olvidar al esquivar mi alma alba
y, en un vaivén de espuma blanca,
en el que creí ahogarlo en desesperación y delirio,
nos arrastramos juntos a la perdición entre aullidos:
yo, a la del recuerdo; él, hacia el olvido.


¿Me quieres?, preguntaron sus ojos ardientes.
Y yo le ofrecí una manzana y un beso, y susurré:
“Deséame, trágate el veneno y no me digas nada”.
Y él me concedió su gracia.


Esa noche volví a casa irrealmente,
prendida entre el viento que ululaba
y las estrellas destellando tenuemente,
comencé a sentir el amargo olor futuro
del incienso, el abandono y el sulfuro.


Le volví a encontrar y le pedí que me rasgara
entre sus cuerdas percutidas,
sin arena, plástico ni insecticida.
“¿Soy digna de admiración?”
Y él ahogándose por miedo en su vaso,
Sin mirarme, olvidó la contestación.


Le dije: “Mi amor, siempre fuiste un incordio”,
a lo que él respondió: “ Tu corazón jamás latió por nadie”,
y secándose las manos en el clavicordio me dejó
a merced del polvo y el arraste.
Me regaló como neurótica obsesión
el olor del alquitrán penetrante
y su amor destrozado en el asfalto.
Nada dijo, y se marchó.


Las piedras del camino aún recuerdan
mi desangro de aquel día:
Al pasar junto a la iglesia las campanas me repican
una dulce y triste letanía.
“No te quejes por las cadenas frías
que originan tu lujuria y tu desdicha”,
quedó grabado en piedra.


Entré ciega de horror en el portal de un poeta muerto
y con su voz fantasmal me follé muy lento.
Creció entre mis pechos una amapola,
y al bajarme la falda y abrocharme los ligueros,
se tatuó en mi piel a fuego:
Los diablos nunca lloran”.
¡Furcia de mí, que casi había derramado una lágrima por ti!


Siempre mis muestras de tristeza
fueron hijas de la rabia.


Entre sordidez y derroche
me transformé sin pretenderlo en Hija de la Noche.
Yo gritaba a oscuras:
¿Acaso alguien tiene derecho a sentirse más solo que la Luna?
Pecando, elegí como forma de morir la hoguera a la sepultura.


Le dejé un mensaje en el contestador,
y solo en él una pregunta:
“¿Es demasiado tarde?”
Y casi sin inmutarse respondió:
“Déjalo. Olvídame. Lo sabes.
Siempre has sido una zorra insoportable.”
Y entre mi desaliento y desespero
intenté enamorarme del titán de acero en balde.


Ante licor y humo quise desahogar mis penas.
“Mi buen amigo, ¿te acuerdas cuando…?”
“No malgastes por él ni un latido”.
Y descubrí entre sollozos restos de caramelo fundido
y la soga de un alemán torturado en la cerveza.
Esa noche pregunté sobre la cena
y, tras la respuesta, comenté en un sádico arrebato:
“Religious, delicious… “


Y cuando estaba ahogada en azul te encontré.
Mis fantasías sexuales quedaron a mis 10 años obsoletas,
y ya hacía mucho que había dejado de follar
con la fogosidad de mis quince primaveras.
Empezaste a hablar con la fugacidad de un lince:


“Me llamo…”
“Silencio”, dije.


Leonard.
Leonard es el nombre
perfecto para un hombre.
Y como Leonard para mí te ofreciste.


Y mientras te follaba en esas incontables noches,
me daba por pensar en todas aquellas horas en que fui seducida por la oscuridad,
recordando entre los gemidos de placer que mi sombra te prodigaba
las voces lejanas que conocí un día y que nunca volverían a mi umbral.
Escribí a viejos fantasmas y te enseñé a quemar, por brujería,
mi deseo, ímpetu y lencería.
Fue mi mortalidad carnaza de inmortales carcajadas.


Más tarde busqué besos que robar,
miradas de lujuria que coleccionar
para así recuperar mi arrojo perdido.
Mi derrota se pagó con la locura
que me ofreció Satán con dulzura.
Y me desplomé con descuido cayendo de rodillas
ante la canción que se repetía y se repetía
y no dejaba de sonar.
Jamás volví a soñar.


Para siempre te digo adiós, ahora que termino mi historia.
No quiero un epitafio, te presto mis sábanas que invitan
a que por última vez llores entre mis piernas
lo que resta de ésta ánima maldita.


13 abril, 2009

Conversaciones







Amor.


- ¿Estás enamorada?
- Sí.
- ¿De quién?
- Del amor.
- Ésa es la respuesta propia de una enferma.
- El amor es cosa grave.
- ...
- ¿Tú lo estás?
- Sí.
- ¿Por qué?
- Porque si no lo estuviera, sería incapaz de concentrarme.
Me permite pensar en las cosas que son realmente importantes.
- Y después tienes el descaro de decirme que, de las dos, yo soy la enferma.



Sexo.


- ¿Te gustan las relaciones esporádicas?
- Las adoro.
- ¿Por qué? ¿Tienes alguna razón para follar?
- Todos tenemos un motivo. ¿Sabes lo que hago yo?
Follar por despotismo.
Cuando follo es por puro despotismo ilustrado.








11 marzo, 2009

Calladita estás más guapa



"Y parece tan tímida...", "Soy totalmente incapaz de saber qué es lo que se le está pasando por la cabeza cuando le hablo", "Esa chica del fondo del aula, la que está siempre calladita y semioculta por el pelo", "Y es que te clava los ojos, y no sé como explicarlo... te petrifica, es como si te atravesara, como si fuera capaz de ver a través de ti", "Cuando hablas con ella, suele escucharte con atención, pero llegado el momento, te preguntas si no te estará analizando más bien", "Y a pesar de que parece buena chica, intimida, tiene como un muro que la rodea y que nadie puede traspasar, a menos que te dé permiso", "Tan silenciosa, parece un fantasma..."

Esos son algunos de los comentarios que me han acompañado a lo largo de mi vida. Los he escuchado en boca de personas conocidas y desconocidas, en distintas situaciones, con voces diferentes, dichos con objetividad, con curiosidad, cariño o malicia.

Que soy una persona introvertida nunca ha sido un secreto. Hasta el menos inteligente se da cuenta que no soy una persona de fácil trato. No me abro a una persona sin una buena razón, sin tener la certeza de encontrar cierta seguridad por la otra parte, sin saber si cumple unos requisitos mínimos para que yo pueda considerar que "merece" conocerme.

Que, en parte, mi conducta reposa sobre un cierto orgullo es innegable. Me valgo del silencio para probar a los demás, para saber si tienen la paciencia y el deseo suficientes como para perseverar en su investigación sobre mí, para llegar al fondo de la cuestión a pesar de los obstáculos que interpongo entre mi persona y el otro. Y es que el silencio tiene un curiosísimo efecto sobre los seres humanos, sobretodo en la cultura occidental. No sé si se trata de la asociación silencio-soledad que muchos establecen lo que hace que, para ellos, el silencio sea algo indeseable y digno de evitar a toda costa. Porque no hay nada que aterre más a las personas que quedarse o sentirse solas. Pero no quiero desviarme en exceso del tema. El hecho es que el silencio incomoda. Les resulta tan insoportable que intentan matarlo de todas las formas posibles, llegando hasta el extremo de hilvanar estúpidas conversaciones con poco o ningún sentido por el mero hecho de llenar el vacío acústico. Hay quienes se toman mi silencio como una afrenta personal y se apuntan miles de temas de conversación disponibles en una hoja, física o mental, con tal de tener algo de que hablar en cada momento y que yo no tenga tiempo de envolverlos en mi tela de sonidos muertos.
Por otro lado, hay quienes se sienten intimidados o aterrados ante la idea de quedarse a solas conmigo y que yo siga mostrando obstinación en permanecer con la boca cerrada.
No les culpo. Parece ser que tengo una mirada analítica que provoca inquietud y supongo que saberse examinados no termina de agradarles. Porque ciertamente estos individuos no se desvían de la realidad: mientras estoy en silencio, estoy esquematizando sus formas de ser, procesando la información que me ofrecen y haciendo balanza de la compatibilidad que tienen conmigo. Y aunque todo el mundo lo hace de una forma más o menos consciente, tal vez yo muestre de una forma rayana en lo grosero que, efectivamente, los estoy analizando y no me molesto siquiera en disimular.

De este modo, hago una criba de la gente que me rodea y así solo me acompañan los que se han gando por derecho el estar a mi lado.

Por otra parte, nunca me ha gustado hablar sin necesidad, o si no tengo nada que decir que considere de interés o de cierta utilidad. Se puede decir que soy lingüísticamente pragmática.

Eso me ha dado la oportunidad de ser una excelente conversadora no-verbal, puesto que, por muy callada que sea, soy una persona extraordinariamente expresiva... característica de la que uno se da cuenta si se es lo suficientemente perceptivo. De hecho, mis mejores batallas "dialécticas" se han desarrollado en el más estricto silencio. Y siempre me han resultado las más emocionantes y las más satisfactorias, puesto que de las palabras puedo olvidarme con facilidad, pero borrar las sensaciones que te evoca un momento es mucho más difícil.

Sin embargo, sí reconozco que a veces llevo muy hasta el extremo mi voto de silencio y que ser una persona tendente a la soledad como añadidura, me otorga un modo de ser que, si bien no termina de ser antisocial, se acerca mucho a ello. Y de cierta forma me perjudica, pues me encierro excesivamente en mí en ocasiones y el muro que creo a mi alrededor ya no sólo me separa de "los desconocidos", sino que se interpone entre mis seres queridos y yo.
De esta forma lo que es la coraza que me protege de los demás, es también la espada que me hiere.

No es que me esconda del mundo... Es simplemente que me desencanta y eso me hace no querer perder tiempo con él y desear mostrar quien soy solo a aquellas personas que yo elija... pero de ese modo, ¿acaso no me vuelvo un poco hipócrita? ¿El tiempo que me ahorro en las conversaciones con mis no-intervenciones, acaso no lo pierdo representando un doble papel, la persona que soy y la persona que me oculta a conciencia tras un velo de silencio y unos cabellos suficientemente largos para esconder mi rostro?

No pretendo cambiar de una forma radical, pero a veces me da la impresión de que no saboreo los instantes que me brinda la vida debido a una terquedad que no sé muy bien por qué la mantengo.

Si bien seguiré siendo una persona analítica, callada, introvertida y orgullosa, no querría que eso me determinara a una vida recortada y pobre, poco plena, y más teniendo en cuenta las posibilidades tan infinitas de las que dispongo y que con mis capacidades puedo llegar a conseguir.

De modo que...
¿me compráis mi silencio?


28 abril, 2008

...Y el Caos se adueñará del mundo...

Mira que he intentado racionalizar las cosas. He tratado de decirme a mí misma que lo mío sólo son impresiones.

Sin embargo, me parece que ya no soy la única que se da cuenta. Diversas conversaciones me lo han confirmado. Así que lo siento, pero no se trata de mi locura.

Últimamente tengo la sensación de que las cosas ya no son lo que eran. Más bien, que el curso natural de mi pequeño micromundo ha sido modificado sin previo aviso, de forma abrupta.

Algo así como si se hubiera abierto la puerta que conecta el mundo del Caos y el Orden, y nada es lo que parecía en un primer momento.

Las personas que conmigo eran frías, se muestran cariñosas. Aquellas que eran cariñosas, se muestran frías. Mis amigos de toda la vida se distancian de mí, y aquellos que llegaron después muestran un claro acercamiento hacia mí. Muestro rechazo por personas que quería, siento afecto por personas que me rechazan. No quiero como debería a personas que se encuentran a mi lado, quiero más de lo que debería a personas que tienen cada vez menos conciencia de mi existencia...

He caído en un vórtice de Caos, en un mundo lleno de espejos y sombras, donde nada es lo que parece...

Sé que no estoy sola. Nadie me está dando de lado, es sólo que...

¡Me siento tan sola!

Tengo que pararme a mí misma los pies para no abrazar al que tengo al lado sin "razón aparente", únicamente porque siento a veces un muro en torno a mí o un muro que rodea a otras personas y necesito derribarlo, necesito calor humano, necesito no sentirme tan lejos del mundo, de todos, de mí misma...

Me encuentro rodeada de personas y situaciones que no comprendo. Me gustaría entrar en las demás mentes, investigar sus entresijos, sacar algo en claro de todo esto. Pero no lo consigo y las palabras de la gente se me quedan cortas, ya sea por limitación del lenguaje, ya sea porque son las propias personas quienes limitan sus palabras.

Y yo estoy cansada del Caos.

Siento que voy a explotar un día de estos.

No sé cuándo ocurrirá. Ni dónde. Ni con quién.

Pero siento que estoy acumulando todo ese Caos que me rodea en mi interior, y que cuando no pueda más...

Por favor, regaladme algo de cordura y racionalidad, antes de que todo lo que siento termine conmigo...

(Impulsiva tenía que ser...)

Don't let me down,

don't give up,

don't give in.

The rain comes down,

cold wind blows

The plans we made

are back up on the road

Turn up my collar,

welcome the unknown

Remember that you said:

"One day you'll walk alone"

Who will help me up?

Where's the helping hand?

Will you turn on me?

Is this my final stand?

In a dream I cannot see

Tangled abstract fallacy

Random turmoil builds in me

I'm addicted to chaos

-Megadeth-