El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu.
Si lo intentas, a menudo estarás solo y a veces asustado.
Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.
09 diciembre, 2010
Anonymous
25 noviembre, 2010
Despedida de una suicida
16 agosto, 2010
Carta al Pasado
Querido Pasado,
Ya son varias las veces que has venido a mí este año. Siempre ocurre de la misma forma: estoy sumida en mis problemas, en mi vida del día a día, pensando en cualquier cosa, estudiando o probando nuevas recetas en la cocina… y oigo dos golpes secos en la puerta y, cuando se abre, apareces tú con los ojillos brillantes, preguntándome si puedes pasar.
No es que no te haya querido, que tenga miedo de ti o que ya no te recuerde. No es que guarde rencor. Ya odié suficiente. Ya me lastimaron lo bastante como para seguir lamiéndome las heridas a día de hoy.
No te engañes. Mi primer impulso cuando te veo aparecer es correr a tus brazos y mirarte, como si fueras un viejo amigo que vuelve de un largo viaje. Pero me contengo.
Sé que podría perdonar las ofensas, olvidar los malos días y quién sabe… tal vez volver a charlar contigo. Pero no como antes. Eso se ha terminado, ¿no lo entiendes? Sé que podría perdonar, que podría volver a sonreír … pero también sé que me volverías a traicionar de nuevo, desde el presente, si te dejara colarte de nuevo en mi vida. Podría ofrecerte una mano, pero sé que volverías a golpearme repetidas veces con la tuya. Porque no puedes evitarlo, porque estamos hechos para herirnos. Y tú no podrías evitar verme vulnerable. Y yo no podría evitar quererte de nuevo y que me volvieras a herir.
Sería estúpida si te dejara entrar otra vez. Es estúpido tender la mano a quien siempre te golpea cada vez que vuelves.
Los años pasan y, con ellos, yo podría pensar que las cosas han cambiado, que lo malo está olvidado y que por fin hay lugar para lo bueno. Pero si lo creyera, me estaría mintiendo. Porque si volviera a ti, no volvería a emocionarme como antes; y, en cambio, volvería a sufrir como siempre.
Por eso no puedo abrirte la puerta. Ya te la abrí demasiadas veces, y me traicionaste todas ellas. No me importan tus bonitas palabras. Me he hecho inmune. Ya no te necesito. Ya no te echo de menos.
Ya es bastante insoportable pasear por calles viejas y que me asalten antiguos recuerdos. Ya es bastante duro reconocer olores de antaño en ropas nuevas. Te concedo esas rendijas para que puedas espiarme. Pero he de decirte que no voy a consentir que vuelvas a mi lado. Quédate lejos, es mejor así. De este modo yo nunca seré una estúpida y tú dejarás de ser tan cruel conmigo.
Por eso no hablaré contigo por teléfono. No te enviaré ningún mensaje. No te odiaré, eso sería darte importancia. Y no mencionaré ni una sola vez tu nombre.
Y si el olvido te borra en mi memoria, no me culpes a mí. Piensa en lo que hiciste para no seguir a mi lado. Y cae en la cuenta de que te lo ganaste a pulso. Que no mereces mi perdón. Ni siquiera deberías mirarme a la cara.
Deja de llamar a mi puerta.
A los muertos se los entierra y se los deja en paz.
13 agosto, 2010
Buenos días, doctor
Buenos días, doctor. Como ya hablamos en anteriores consultas, usted sabe que padezco de una serie de desórdenes mentales. Usted sabe que mi matrimonio es un fracaso, que mi marido me engaña y que yo no dejo de fantasear con otros hombres. Usted dice que a raíz de toda esa situación, he desarrollado una ninfomanía sagaz y destructiva. Ha descartado la paranoia en mí, cosa que no sé hasta qué punto ha sido un acierto, pues me reconozco paranoide además de pensar que mis ideas son a veces extrañas. Claro, que me imagino que muchos paranoicos no dudan de sí mismos. Puede que ahí esté la diferencia. Yo no lo sé, no soy psiquiatra como usted, doctor.
Últimamente fumo mucho. Fumo mucho y a escondidas. Mi marido odia el tabaco, y lo peor es que yo también. Pero fumar me relaja. Soy especialmente vulnerable por la noche. Pero no al tabaco, doctor, sino al vodka. Me lo sirvo con cualquier bebida: café, agua, zumo, refresco… tengo que camuflarlo, porque si mi marido me ve con la botella, en seguida me la quita. Este gesto suyo me parece bastante desacertado, ya que ha sido él el que me ha arrojado a los brazos del alcohol. Flirtea con todas las mujeres, ¿sabe? Con todas. Ya sean guapas o feas, listas o tontas, maduras o jóvenes. Incluso se insinuó a la mujer de su mejor amigo. Y encima, delante de mí. Yo finjo no darme cuenta, doctor. No sé qué pretende haciendo eso. Yo lo entiendo como una falta de respeto, pero eso a él parece darle igual. Si le llamo la atención, dice que estoy loca. He llegado incluso a verle comerse a otra con los ojos y yo era plenamente consciente de que sentía algo por ella. Es enfermizo, y por eso fui a verle, doctor.
He de confesarle que estoy enamorada de un hombre que nunca he visto. Es un escultor al que solo conozco a través de páginas de Internet y un foro. Esto solo agrava mi situación y, a la vez, me ayuda a evadirme. Muchas veces cierro los ojos y pienso en él, en dónde estará en esos instantes. Sé que todo esto es una tontería, pero si usted supiera, doctor, lo mucho que me ayuda a no sentirme sola y asqueada con mi existencia… A veces quiero morirme, doctor, y otras, irme muy lejos, donde nada ni nadie pueda encontrarme.
Muchas noches me entran ganas de llorar. Tengo frecuentes y recurrentes pesadillas que no cesan de atormentarme cuando me duermo. Vivo en un infierno, doctor, y ni usted ni todas sus pastillas pueden ayudarme.
Le escribo todo esto porque siento afecto por usted. Sé que me encuentra atractiva y que, de habernos conocido en otras circunstancias, tal vez me hubiera invitado a una copa. Pero usted no puede hacer nada por mí, doctor. Yo solo soy su paciente y usted, mi psiquiatra.
Siento que no pueda curarme, pero no le culpo por ello. Estoy segura de que nadie, en realidad, podría. Solo soy una pobre loca enferma, que vive en un mundo enfermo. Y hay tanta enfermedad, que llega un momento en el que no sabes quién va a ser el próximo que va a infectarte con sus bacterias.
Gracias por todo.
Le envío un beso, que espero que recoja de mis labios antes de que cierren la tapa de mi ataúd.
Con cariño,
L. J. Lange