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17 agosto, 2012

Autorretrato, de ellos


Ella estaba sola en el mundo.

Sus ojos, su boca azul.


Eran tan fácil verla a ella. Sólo a ella, tal cual, sin nada más a su alrededor.


Pocas veces hablaba de su familia y cuando lo hacía, siempre parecía que era una historia que le había pasado a otra. Era difícil imaginarla teniendo una infancia como todos los demás. Costaba preguntarle cuál era el sabor de su helado favorito, la marca de su perfume, porque daba la impresión de que no tenía, de que era imposible que tuviera algo como eso.


Ella estaba sola en el mundo.


Tenía que tener -y lo tenía- un origen, un principio, un camino por el que vagar, un final; un pasado, un presente y un futuro. Un recorrido lógico y manejable que la hiciera ser tal cual era. Tan llena de sueños, de proyectos, pero por fuera no se veía nada de eso. Como si no tuviera. Como si no pudiera tener.

No tenía edad, acaso la tienen las hadas, parecía que simplemente brotaba del suelo cuando la llamabas y uno no terminaba nunca de saber del todo cómo comportarse con ella.

Los que la conocíamos sabíamos que tenía un trasfondo, una imagen tal vez más sublime o más depravada de la que ofrecía a simple vista. Pero callábamos y la veíamos sonreír, o llorar, o quejarse por cualquier motivo de suma o nula importancia y parecía que siempre había estado allí, que siempre había sido así y que no iba a cambiar nunca, que no podría cambiar nunca; tal era la seguridad de eterna permanencia que transmitía.

Y la veíamos crecer día a día, pero nunca terminaba de hacerlo. Como un ser que se metamorfosea continuamente sin llegar jamás a un estado definitivo.


Mirarla significaba olvidar todo lo demás. Verla sólo a ella. Sin contexto, sin fondo, sin historia.


Ella estaba sola en el mundo... y nosotros lo sabíamos.


17 julio, 2012

Aplicando cerveza o suero de la verdad a mis neuronas más nocturnas...

El producto de 4 cervezas...

Sobre la libertad

-Uno o dos. Elige. Ya.

Lo miré con los ojos muy abiertos mientras me embargaba cierta sensación de agobio.

-¿Uno o dos? ¿Sólo uno o dos? ¿No hay más opciones?

-No, no hay más opciones. Uno o dos -volvió a repetir, de manera más acuciante.

-No puedes hacerme eso.

-Claro que sí, ¿no lo ves? Uno o dos. Venga, escoge.

-No voy a elegir. Así no.

-Tienes que hacerlo.

-Pues no quiero.

-Eso da igual. Elige. Uno o dos.

-Ninguno.

-No puedes.

-Los dos.

-Imposible. No me hagas perder la paciencia. Uno o dos.

-Pues elijo el tres.

Vi claramente su intención de levantar la mano y cruzarme la cara.

Pero qué decisión tiene legitimidad si no es desde la libertad. Qué más da que yo eligiera uno o dos, si quería tres, o los dos, o ninguno. O mil. Cuando elegir uno es lo mismo que elegir dos para una persona, la decisión se torna necesariamente irrelevante. Y entonces nada tiene sentido.


Sobre la sociedad

Siempre hemos deseado sacar lo mejor de nosotros mismos, entendiendo “lo mejor” como lo más razonable desde el punto de vista ético. Hemos evolucionado como sociedad, tecnologizándolo todo y creyéndonos mejores a cada paso -como si el progreso tuviera algo intrínsecamente bueno de forma exclusiva-, pero en el fondo seguimos siendo los mismos primitivos de siempre. Deseamos regirnos por las leyes naturales igual que cualquier otro animal, pero sin embargo nos creemos mejores que ellos y tratamos de diferenciarnos todo lo posible mediante leyes sociales que definan claramente los límites que nos separan de nuestros orígenes. Y así no se puede. Si aplicamos políticas de hijo único a la población, a fin de mantener el ecosistema en equilibrio nos quejamos del supuesto nazismo de esas ideas. Sin embargo reconocemos que no podemos continuar así, porque los recursos son los que hay y la despensa tiene un tamaño limitado. No podemos ser salvajes y señoritos a la vez. O uno o lo otro. O naturaleza o progreso, no se puede tener en esta vida absolutamente todo. El viejo dilema de la razón y el corazón aplicado a niveles macrosistémicos. Esa es la vida del ser humano, nos guste o no. Y siempre la libertad conllevará responsabilidad, le pese a quien le pese.


Sobre mí

Mi problema, mi puto problema, es que soy una cierrabares. Me acabo de dar cuenta. Aprovecho lo máximo y lo mínimo, hasta la última gota, imploro al camarero con la mirada que no se lleve la copa de cerveza todavía sin terminar y me van echando de los sitios porque los exprimo hasta sus máximas consecuencias. Sólo me queda el consuelo, o más bien la explicación, de que me viene de familia. O eso me han contado...


Sobre los desconocidos

¿Sabéis de aquellos que fuman Nobel? No os fiéis. Joder, si fumas, no fumes Nobel, te lo estás diciendo todo. Es una marca para novatos de por vida. Y si ven Telecinco, menos todavía.


Sobre el amor

Por siempre, para siempre,

Córdoba, contigo.


30 mayo, 2012

Homenaje a mi familia no humana


Así sería un poema de Edgar
si supiera escribir.


Miau, eres un gato como yo,

te reconocería en cualquier parte.

El hocico blanco, el pijama

naranja de rayas

y tus ojos dorados.

Mi más antiguo compañero

y el más niño de esta casa.



Miiu, tú eres un gato albino

de ojos ahora azul celeste,

ahora azul eléctrico;

parecerías un fantasma

si no fuera porque no das miedo.

Eres sinónimo de elegancia.



Mrau, que dice la princeza,

y sus ojos amarillos brillan silvestres

mientras a la luz del día se despereza.

Eres un torbellino,

eres un huracán en femenino

y una bicolor jovenzuela.



Meu, tú eres un gato un poco raro,

no te termino de ubicar,

con esas orejas tan largas

y ese hocico tan pequeño.

Pareces una bola de pelo

¿a qué especie pertenecerás?



Meoaw, tiene pico y plumas,

una capucha negra de superhéroe.

Siempre es el alma de la fiesta,

un experimentado aventurero,

un ruidoso insoportable

que siempre quiere volar

desde tu mano a tu sombrero.




Mau, esa eres tú, rubia extraña,

que me alimenta y me da los buenos días

por la mañana.




Prométeme que seré yo

no al único que ames,

pero sí tu favorito.

No puedo competir con cada bicho

que metes en mi casa.

Pero yo fui el primero, tu gato negro,

el de los ojos esmeralda.

Bastará con que te sientes a mi lado

cuando sienta la nostalgia,

con que me beses de manera diferente.




Somos tu familia,

tus aliados de por vida,

te daremos mucho trabajo

¡pero qué narices!

sarna con gusto no pica.



13 abril, 2012

Cinco pequeñas reflexiones cotidianas

1. Para mi gato, el mayor, mi nombre es Mau. Cuando me llama, su maullido es muy distinto al que utiliza para pedirme de comer o para que le cambie el agua o la arena. Es un maullido diferente al que usa para saludarme por las mañanas o para llamar mi atención sobre cualquier cosa que se la llame a él. A veces me llama por el pasillo. En un intento de vocalizar al modo español las vocales, las pronuncia claramente, haciendo un esfuerzo para ello, consiguiendo que su voz parezca humana. Mau, Mau, me dice, y yo sé inmediatamente que me está pidiendo pasar un rato conmigo, sentarse en mi regazo o acostarse sobre mi escritorio para que lo acaricie mientras leo. ¿Que quiere abrir una puerta? Me llama para que se la abra: Mau, Mauu... y mira la puerta ansiosamente y a mí, de forma alternante. Pero cuando me llama, suele hacerlo para estar conmigo, para pedirme que lo acaricie y pase tiempo con él. Igual que para mí él es Edgar, y cuando lo llamo él aparece por la puerta, él sabe que si me llama Mau, rápidamente aparezco para cogerlo en brazos y dejarle pasar la tarde conmigo.

Los humanos solemos felicitarnos por la exclusiva capacidad de nombrar los objetos; qué poca sagacidad, pues está claro que no es así.

2. Me gusta probar cosas nuevas. El otro día le tocó al tofu. Tofu, tofu, ¿qué narices es el tofu? No tenía ni idea hasta que lo compré. Pues resulta que es leche de soja condensada a la manera del queso, capaz de adaptarse al sabor de aquellas especias o alimentos que lo rodean y con una textura muy peculiar. En Asia es relativamente frecuente; en Europa lo han popularizado los vegetarianos, haciendo que ocupe el lugar de la carne en su dieta. A mí simplemente me gusta, sin ser yo nada de eso.

3. Hubo un tiempo en el que yo era bailarina. Bailarina de verdad, de esas que van al conservatorio y tienen que sufrir durante años cuatro o cinco horas diarias de ejercicios terribles, cinco días a la semana. Tenía una coordinación sorprendente, era capaz de hacer diez cosas a la vez con mi cuerpo, incluso pensar. El otro día, sin embargo, al agacharme para coger en brazos a mi gata me golpeé la frente con la esquina de una encimera. Eso da una idea de la pobre coordinación que tengo ahora, que ni siquiera soy capaz de medir bien las distancias visuales. Quizá por eso me dedico ahora a las peripecias mentales; deben de dárseme mejor, porque no necesito tanto ejercicio. Ahora no soy capaz de hacer diez cosas a la vez, pero al menos sé pensar, sobre todo cuando me dedico a ello en exclusiva; más de lo que muchos hacen.

4. Tengo una agenda en la que apunto cosas que tengo que hacer. No las cosas rutinarias, sólo lo verdaderamente importante. Ahí escribo listas de aquellos libros que tengo que leer, aquellas películas que me quedan por ver, aquellas cosas que debo escribir. Trazo objetivos para estar en contacto conmigo, para que no me pierda en la costumbre diaria. No lo miro con frecuencia, ni significa nada el que no cumpla objetivos dentro de un marco temporal, porque no lo hay. Simplemente está ahí, como un mapa que guía mis pasos. Un espejo en el que mirarme para recordarme quién soy cuando se me olvida.

5. Ha salido un estudio que dice que dos cañas de cerveza o dos copas de vino nos hacen más inteligentes de forma temporal. Si bien la capacidad analítica se ve reducida, la intuitiva se incrementa. Es el mejor momento para resolver acertijos, entonces. Esto lo tenía muy claro, pero ahora los datos lo confirman. De modo que ya saben, señores empresarios, en lugar de máquinas de café, pongan máquinas de cerveza. Nada más insinuante que eso y un cartel que diga: ¿Hoy cómo la prefieres, rubia o morena? Y que el vino tinto y el vino blanco pasen a llamarse vino moreno y vino rubio respectivamente, con su máquina vinatera también. Así no habrá discriminación sexista. Vendrán a quejarse pelirrojos, pelirrojas, castañas y castaños; pero ya sabemos que en genética, el pelirrojo y el castaño son sólo mutaciones del rubio y del moreno. O, como mucho, un árbol de frutos secos femeninos. Y lo que tienen en común la vida basada en el carbono con el alcohol es que ambos arden muy bien.

13 agosto, 2010

Buenos días, doctor


Buenos días, doctor. Como ya hablamos en anteriores consultas, usted sabe que padezco de una serie de desórdenes mentales. Usted sabe que mi matrimonio es un fracaso, que mi marido me engaña y que yo no dejo de fantasear con otros hombres. Usted dice que a raíz de toda esa situación, he desarrollado una ninfomanía sagaz y destructiva. Ha descartado la paranoia en mí, cosa que no sé hasta qué punto ha sido un acierto, pues me reconozco paranoide además de pensar que mis ideas son a veces extrañas. Claro, que me imagino que muchos paranoicos no dudan de sí mismos. Puede que ahí esté la diferencia. Yo no lo sé, no soy psiquiatra como usted, doctor.

Últimamente fumo mucho. Fumo mucho y a escondidas. Mi marido odia el tabaco, y lo peor es que yo también. Pero fumar me relaja. Soy especialmente vulnerable por la noche. Pero no al tabaco, doctor, sino al vodka. Me lo sirvo con cualquier bebida: café, agua, zumo, refresco… tengo que camuflarlo, porque si mi marido me ve con la botella, en seguida me la quita. Este gesto suyo me parece bastante desacertado, ya que ha sido él el que me ha arrojado a los brazos del alcohol. Flirtea con todas las mujeres, ¿sabe? Con todas. Ya sean guapas o feas, listas o tontas, maduras o jóvenes. Incluso se insinuó a la mujer de su mejor amigo. Y encima, delante de mí. Yo finjo no darme cuenta, doctor. No sé qué pretende haciendo eso. Yo lo entiendo como una falta de respeto, pero eso a él parece darle igual. Si le llamo la atención, dice que estoy loca. He llegado incluso a verle comerse a otra con los ojos y yo era plenamente consciente de que sentía algo por ella. Es enfermizo, y por eso fui a verle, doctor.

He de confesarle que estoy enamorada de un hombre que nunca he visto. Es un escultor al que solo conozco a través de páginas de Internet y un foro. Esto solo agrava mi situación y, a la vez, me ayuda a evadirme. Muchas veces cierro los ojos y pienso en él, en dónde estará en esos instantes. Sé que todo esto es una tontería, pero si usted supiera, doctor, lo mucho que me ayuda a no sentirme sola y asqueada con mi existencia… A veces quiero morirme, doctor, y otras, irme muy lejos, donde nada ni nadie pueda encontrarme.

Muchas noches me entran ganas de llorar. Tengo frecuentes y recurrentes pesadillas que no cesan de atormentarme cuando me duermo. Vivo en un infierno, doctor, y ni usted ni todas sus pastillas pueden ayudarme.

Le escribo todo esto porque siento afecto por usted. Sé que me encuentra atractiva y que, de habernos conocido en otras circunstancias, tal vez me hubiera invitado a una copa. Pero usted no puede hacer nada por mí, doctor. Yo solo soy su paciente y usted, mi psiquiatra.

Siento que no pueda curarme, pero no le culpo por ello. Estoy segura de que nadie, en realidad, podría. Solo soy una pobre loca enferma, que vive en un mundo enfermo. Y hay tanta enfermedad, que llega un momento en el que no sabes quién va a ser el próximo que va a infectarte con sus bacterias.

Gracias por todo.

Le envío un beso, que espero que recoja de mis labios antes de que cierren la tapa de mi ataúd.

Con cariño,

L. J. Lange


07 agosto, 2010

Dicotomía proyectiva


Encontré, por casualidad, su diario. También un puñado de cartas antiguas. Lo leí todo, quedando horrorizada con el hombre que había sido.
Él llegó de trabajar, me besó y me dio las buenas tardes. Yo no pude ni mirarlo.
De pronto, el pasado incidía sobre él. el ser que amaba, para presentarlo como aquel hombre al que de haberlo conocido despreciaría, y ahora, despreciaba. ¿Cuánto quedaba de la bestia en el hombre al que amaba? Ahora sabía que, por mucho que siguiéramos compartiéndolo todo, una parte de mí le odiaría eternamente.

Mi vida se había convertido en un macabro juego de sombras y luces.

02 agosto, 2010

Planetario


Hubo una vez en la que existieron estrellas fugaces surcando nuestros cielos. Tú sonreías, con una sonrisa cargada de amarga soledad, y me observabas con tus ojos negros, profundos y abisales, compartiendo un poco de tu dolor; pidiéndome, a tu vez, prestado, un poco del mío.

Llovieron satélites y asteroides. Las galaxias se desordenaron. Luego, solo quedó el silencio cósmico.

No hubo una caída de meteoritos cuando te fuiste. El cinturón se quedó donde pertenecía; donde siempre había pertenecido. De vez en cuando, pasaba un cometa congelado que me recordaba tu existencia. `Pude abrasarme, sin necesidad de ti, en oscuras llamaradas solares.

Los planetas continuaron girando en torno a su astro. Yo me perdí en el vacío. Te enviaba ondas de distinta frecuencia, y tú me respondías como quien envía la luz de una estrella muerta.

Te encontré, mucho más tarde, lleno de cráteres. Se había desgarrado tu superficie lunar. No pudiste perdonarme una ligera brisa, alegando que carecía de agua para albergar la vida.

Entonces se precipitó el universo desde lo alto de la inmensidad hacia la nada más absoluta.

Y quedamos atrapados dentro de un agujero negro, cuya gravedad no fue tan fuerte como hacia mí, tu olvido. Solo pude pagarte en respuesta con hielo y vacío. Con la luz muerta de tu estrella, convertida en oscuridad y tinieblas.


16 julio, 2010

Noche del Can


Palabras. No aguanto más tus palabras, guárdatelas de una vez. Mirada esquiva, sonrisa torcida, sangre saliendo de la bañera y tú riéndote a oscuras. ¿Qué te pasa? ¿Acaso en Miraflores tus aullidos se oían más alto? ¿Tal vez mirabas para otro lado mientras gritabas y te oía el anciano del parque, el amigo ausente que se sienta contigo cada tarde?

Vieja loba, estás para el arrastre. Cómo vas a forjar un imperio si ni siquiera eres capaz de llenar la noche de algodones y champú con aroma de fresa. Los chacales huyen, las hienas se ríen de tu desgracia y tú juras amor eterno a la luna, como si pudiera oírte entre el tráfico y el ruido de los coyotes que levantan la polvareda del olvido a su paso.

Deja de lamerte las heridas, mira al frente y descubre un nuevo mediodía donde lavar tus pecados de dama tullida. Tus hijos te han partido el vientre en dos, quizá el amor acabó con tu alma. Ni un búho se apiada esta noche de ti, pequeña loba anciana.


01 julio, 2010

La mantis


El momento más delicioso del día llega cuando son las diez de la mañana y me dispongo a preparar café en la cocina. El sol entra por la ventana y me recuerda lo bien que se está en casa, sin el calor abrasador que envuelve Andalucía. Limpio con cuidado la cafetera, lleno de agua el depósito, echo el café en el filtro con un toque de canela, uno las dos partes y la dejo a fuego lento unos minutos. Las primeras notas que escucho son las que produce el café ascendiendo por la válvula. Los disfruto y paladeo despacio, igual que haré un poco más tarde con la bebida, cuando el café esté dispuesto en mi taza.

Este pequeño ritual de cada mañana me inunda de nostalgia. Observo detenidamente el marco de la puerta de la cocina, sentada en un taburete que conseguí en las oportunidades de Ikea. Hace tan solo un par de años, Víctor hubiera entrado por esa puerta, atraído por el olor del café, encontrándome totalmente despeinada y con marcas de rímel de la noche anterior.

No puedo dejar de pensar en él cuando dejo la cocina y me siento en la sala de estar. ¿Qué hemos hecho, Víctor? ¿Cómo hemos podido tirar por tierra lo que éramos de ese modo?

Lo peor de todo es que después de dos años, aún me quedan lágrimas por llorar. Me hago un ovillo en el sofá, apuro mi taza y la dejo sobre la mesita de cristal, donde antes desayunábamos juntos.

Trato de insuflar valor a mi alma maltrecha y descuelgo el auricular del teléfono. Los pitidos se me hacen insoportables, se me clavan dentro, muy dentro de mí, como las palabras de abandono de Víctor. Cuelgo el auricular. Me falta coraje. Solo soy una niña asustada que ha perdido a su único amor. Me desespero. Descuelgo otra vez. Cuelgo de nuevo.

El vecino ha puesto la radio. Comienza a sonar un blues que inunda mi sala de estar. Me levanto decidida, tomo impulso y me refugio en la ducha. El agua todo lo purifica, todo lo sana y lo convierte en indoloro. Salvo mi pérdida. El tiempo me ha arrebatado a Víctor. Yo no tengo valor para arrancárselo de las garras al tiempo.

Salgo de la ducha envuelta en una toalla de algodón. Me siento de nuevo en el sofá de la sala de estar. Descuelgo el teléfono. Marco el número de Víctor. Espero.

-¿Dígame?

-…

-¿Diga?

Cuelgo.

Es la voz de una mujer. Qué estúpida eres, Celia. Cómo no iba a encontrar Víctor a una mujer digna de amar. Cómo no iba a encandilar a otra mujer su sonrisa, su forma delicada de hacer el amor, sus manos ascendiendo ardientes por las piernas tras una noche de copas, sus mordiscos en el cuello capaces de hacerte llegar al orgasmo, su pelo negro y liso, riendas de la pasión en la cama. Y su boca. Unos labios especialmente diseñados para fundirse con la boca de una mujer y llevarla al cielo en solo un minuto.

Se me escapan algunas lágrimas. Hace solo dos años, esa mujer a la que quitaba el vestido cada noche era yo. Ahora me he convertido en un ex maldita y frustrada por los recuerdos.


Necesito otra taza de café.


Por la noche voy a un bar de copas. Elijo a un rubio de ojos verdes; cualquiera me vale, con tal de que no se parezca a Víctor. Hacerlo con su doble sería enfermizo.

El rubio dice que se llama Iván. Siempre me gustaron los nombres rusos. Iván es divertido, bebe cerveza directamente del botellín y no en vaso, como hacía Víctor. Eso me gusta.

A las dos de la mañana estamos en mis escaleras, chocando contra las paredes, encendiendo las luces por accidente, subiendo los escalones a trompicones. Me quita la ropa interior de un zarpazo. Yo solo soy una doncella a manos de una bestia furiosa. Dejaré que más tarde se lleve una sorpresa. Mientras me dejo hacer, dulce y dócil.

Veinte minutos después, estamos contra la puerta de mi apartamento. Busco las llaves en el bolso precipitadamente. Los dos tenemos la respiración entrecortada. En cierto momento, sus manos ascienden por mis piernas y me acaricia entre ellas con lascivia. Como Víctor. Igual que Víctor. Las llaves de mi casa caen al suelo. Iván las recoge con torpeza y me las da. No sé cómo, pero consigo abrir la puerta. Entramos.

No le doy tiempo a alcanzar mi cuarto. Me abalanzo sobre él en mitad de la sala de estar, sobre la mesa donde Víctor y yo desayunábamos. Le bajo de un tirón el pantalón. Ya me preocupé en las escaleras de arrancarle el cinturón. Empiezo a arañarle la espalda por debajo de la camisa, a hacerlo sangrar mientras mi lengua recorre su cuello y sus labios.

Dos minutos después estamos follando de pie, mientras él jadea a cada impulso de mis caderas. Se corre enseguida. Cae rendido al suelo, por lo que aprovecho y, como una hiena con su presa, lo arrastro hacia mi cama, hacia mi territorio.

Lo hacemos tres veces más. Consigo tener cinco orgasmos. A él se le ponen los ojos en blanco.


A la mañana siguiente Iván yace sobre mi cama desangrado. Está muerto. Cuando la policía me interroga en la comisaría, comparezco de forma obediente. En la autopsia se revelan marcas de cuchilla por toda la espalda y mordiscos por todo el cuerpo.

Víctor, Víctor, rezan esas marcas. Yo también tengo marcas en mi piel, con un Víctor escrito con sangre y acero. Víctor. He matado por ti, Víctor. He matado a un hombre, porque él solo es, como yo, una prolongación de ti. De tu placer. Del mío. Víctor, Víctor, ¿dónde estás? Mi sangre es tuya. También la de Iván. Víctor… ¿qué aquelarre he de hacer para que vuelvas? Si tengo que matarte lo haré, solo para que tu cadáver sea eternamente mío. Como nuestras noches, Víctor. Como tus besos, Víctor. Como todos esos meses que pasamos follando, Víctor. Todos, como Iván, como tú… todos seréis eternamente míos.


27 junio, 2010

¿Conformidad?


-Siempre quise lo mejor para mí, ¿sabes? Nunca me importó pasar por encima del cadáver de nadie para conseguirlo. Callaba, observaba, elegía. Si por un casual me equivocaba de opción, la descartaba sin más. Es una tarea realmente ardua.

-¿Y has conseguido tener lo mejor para ti?

-Lo único que sé es que estoy realmente sola...

...

-A lo mejor caíste en mal lugar.

-A lo mejor me equivoqué en mis opciones.

-A lo mejor tu criterio de selección no era el mejor.

-A lo mejor, lo mejor no existe…


27 mayo, 2010

Rerum Demoni


Si pudiera, rompería a llorar de asco al ver cuán traicionero puedes llegar a ser. Vaciaría mi estómago, caería de rodillas y arañaría el suelo de rabia, al igual que lo arañaba a los dieciséis hasta sangrar, cuando aprendí a gritar en silencio, con el mismo odio, con el mismo fuego corroyéndome las entrañas. Te miraría altanera, sabiéndome súcubo y pasto del mismo infierno, pero infinitamente mejor que tú.

Arrancaría a todos los bufones sus máscaras, se acabarían los bailes de luces, y la música embriagadora quedaría ahogada para siempre entre el estrépito de mi sangre burbujeando, derritiéndome la piel y haciendo de mí una gorgona terrible.

Sabiéndome oscuridad, iluminaría todos los rincones de la tierra, del firmamento, del mar y del angosto universo que nos rodea, donde los diablos no pudieran esconderse ni adoptar extrañas figuras.

En ciertos momentos la mentira, la hipocresía pueden llegar a ser peligrosas. ¿Hasta qué punto sabe quien tengo en frente hasta dónde puedo llegar a ver dentro de él? Silencio y más silencio. Antes de que el culpable confiese, hay que hacerlo pasar por una sutil tortura que lo vuelva loco.

Cuando ves la verdad delante de ti, cuánto se sufre por obviarla y seguir asintiendo con las palabras que te regalan, a modo de ramo de rosas.

Una noche de luna llena, me dieron un nombre. Un nombre del que huyo, que no querría volver a tener más. Y huyo porque ese nombre evoca toda la maldad que hay en mí, toda mi capacidad para arrasar con todo y someterlo a mi voluntad.

Soy peligrosa, pero mi mirada lo advierte. Mis palabras lo advierten. Y cuando tengo a los antropófagos a mi lado, solo quiero gritar, acabar con su vida. Porque los diablos antropófagos te miran y sonríen, te acunan entre sus brazos, te dicen palabras bellas y poco a poco, te devoran por dentro y terminan con tus ilusiones. Terminan con tu luz.

¿Por qué, si tu destino está en otro lugar, si tu corazón está en otro lugar, te encadenas a un sitio distinto con toda la convicción de la que eres capaz? ¿Para añorar de por vida el lugar donde quieres estar? ¿Qué estupidez te lleva a ello? ¿Saber que no hay redes que te sujeten al otro lado? Cobarde.

Los demonios son cobardes y se alimentan de los sueños mortales.

Y siendo medio mortal, medio demonio, no tengo cabida alguna en este mundo. Solo me queda saberme más lista que los humanos, pues soy medio demonio; solo me queda ser menos cobarde que los demonios; pues soy medio mortal.


Lilith


16 julio, 2009

Náusea para ejercitar al bardo asturiano (delirio vespertino)



Quedo lamento en rama,
llanto estertóreo de los muertos
que desgarra, hiel de lija, en un ruego
las silentes telarañas.


Canela y haz de roble,
savia ardiente desmigada:
brujas comienzan el desfogue
de pasiones rojamente nacaradas.


Hielo lastimero de burbuja,
saña de mujer descarnada,
sangre de caballero innoble
deslizándose fieramente entre las llamas.


Vileza de serpiente incorrupta,
viento trasatlántico del norte,
labios verdes se corrompen
en contacto blanquecino de montaña.


Lobo aullante del desierto,
búho estróncico de hierro
liba impune al pobre muerto
salamandras enredándose entre rejas.


¡Saudades de la patria!
Luz obscura, brebaje inacabado,
nube incólume del desterrado
que renace, desesperado,
del fénix mugriento y desarraigado.
(No así entre los parias)