El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu.
Si lo intentas, a menudo estarás solo y a veces asustado.
Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.
14 mayo, 2012
22 años y un día
12 mayo, 2010
El trece es mi número egocéntrico
Te dirán que vas por el camino equivocado
si vas por tu camino.
El día que cumplí diez años me dijeron que era una fecha especial, porque cumplía una década y por fin podía escribir una cifra de dos dígitos en lo referente a mi edad. En parte, pensaba que realmente eso de cumplir años era una tontería, porque de un día para otro no notabas nada raro. Sin embargo, por primera vez en mi vida, tuve miedo al paso del tiempo. Yo iba a cumplir diez años… ¿qué pasaría luego? Era incapaz de concebirme más mayor de lo que era, me daba la sensación de asomarme al abismo cada vez que conjuraba una imagen mental de mi yo con doce años, quince años… veinte años. Tal vez por eso siempre pensé que moriría joven, ya que mi mente no iba más allá de mi cuerpo infantil por aquel entonces.
Hoy, que cumplo veinte años, dos décadas, no hay nadie que me diga que es una fecha especial. Claro, quitando la misma historia de todos mis cumpleaños, que es que cae en día trece, día de mala suerte en muchas partes del mundo; cifra que yo me empeño en lucir orgullosa, porque, la verdad, para algo me empeñé en nacer con tres semanas de retraso precisamente en ese día, a las seis de la tarde. Pero no hay nadie que me diga: Enhorabuena, tienes una década más en tu colección. Y es porque cumplir veinte años es una mierda. Atrás queda la infancia, la adolescencia y con veinte años, lo que tendré que hacer a partir de ahora es tragar. Ya no me queda por delante comprar mi primer sujetador, ni sonrojarme cuando un chico me mire a los ojos por primera vez. Ya no tendré la fogosidad para gritar al mundo sin contemplaciones de forma descarada –y sin razón ninguna, a veces-, ni podré comer helados de chocolate despreocupadamente sin mirar la talla del pantalón -cosa que hacían mis amigas a los doce años, pero que a mí me parecía una soberana gilipollez… y a esa edad, lo era- . Ya no me emocionaré con una canción y me reconoceré en ella, porque me he hecho más compleja. A partir de ahora, mi cuerpo intentará ganarme la batalla, día a día, mientras voy envejeciendo paulatinamente. Lo bueno de cumplir veinte años es que no cumplo ni treinta ni cuarenta ni cincuenta. Pero para qué engañarnos, eso es algo que no durará mucho. Es cuestión de décadas.
Me sigue pasando igual que con diez años. No me veo con treinta. Ni con cuarenta. Aunque ahora sí sé que mis rasgos no cambiarán mucho en diez años porque tengo la fortuna de tener una apariencia obtenida, no se sabe bien por qué conjuro y gracias a la herencia genética, directamente de Nunca Jamás. Y si todo va bien, siempre pareceré más joven que las mujeres de mi edad; ellas, que ahora tanto me echan en cara el tener una apariencia aniñada. Ya me reiré cuando se os caiga el pelo y yo siga con una melena envidiable, un rostro sin arrugas y un cuerpo sin celulitis. Ya me reiré, ya.
Si algo tiene de bueno cumplir veinte años, es que tengo la personalidad más o menos formada. Aún puedo coleccionar libros, películas, correr, llevar minifalda, comerme una piruleta por la calle descaradamente, pintarme las uñas del color que me dé la gana, y el pelo, paralizar a un hombre con una sola mirada, usar perfumes dulzones, escribir gilipolleces como ésta sin que se me tenga mucho en cuenta, ser idealista sin tener que sufrir los reproches de los conformistas, cantar en voz alta, comer palomitas –mirando solo un poquito más por mi línea, pero ya está-, hacerme un tatuaje, tirar todos mis pendientes al desagüe y decir que no los quiero para nada, seguir teniendo ganas de gritarle al mundo –con más cabeza esta vez, eso sí- y seguir pensando que me importan muy pocos en este mundo y que lo que diga el resto, con sus convenciones sociales y su moral de la estupidez, me da igual.
Y lo mejor de todo es que como tengo la personalidad más o menos formada, puedo pronosticar con un margen de error de más menos uno, que éstas previsiones que hago ahora sobre mis veinte años, tampoco es que vayan a cambiar demasiado en las siguientes dos décadas… por ejemplo.
13 mayo, 2009
E.L.V.I.R.A.
En un día como hoy,
lanzaba con descaro
una mirada hacia el futuro
y le preguntaba:
¿Dónde estaré dentro de un año?
Normal, pienso ahora,
que me hiciera tal pregunta.
En aquellos momentos
mi vida había llegado a un punto muerto.
Más que vivir la vida,
la arrastraba.
Acababa de cumplir 18 años.
Se suponía que tenía que cambiarme la vida.
Hacerme más sabia, ser más experimentada,
cargarme los esquemas de mi vida,
tomar decisiones importantes,
enfrentarme a mis padres...
pero me quedé indiferente.
¿Por qué?
¿Por qué lo hacía? ¿Por qué lo hice?
Acaso la vida me daba igual
por aquel entonces.
Inmersa en el caos,
en la incertidumbre,
me preguntaba si tenía valor
para tomar las riendas
de mi mundo.
Ya se me podía llamar "mujer"
y no ser políticamente incorrecto.
Pero recuerdo que,
no ha habido un momento
en el que, llamarme mujer,
fuera lo menos correcto de todo.
Había deseado hasta entonces
crecer, vivir más rápido,
no verme atrapada entre las rejas abstractas
donde me debatía
entre una existencia paupérrima en emociones
y mis excitantes ensoñaciones.
Ahora, que no quiero crecer más,
pienso, irónicamente, es cuando me doy cuenta
que he dado un paso más
a la hora de convertirme en mujer.
Porque ya no quiero crecer,
porque ahora ya, una vez dado el paso
hacia la vida adulta con seguridad,
es cuando deseo lo que he perdido,
porque, ahora, llamarme niña
sólo sería un término de cariño
que alguien teje en la enredadera de la tarde
y no ya una realidad.
Pienso en los que se han ido,
en aquellos que no están a mi lado.
Pienso en los que, queriendo,
no pudieron estar en mi vida.
Pienso en los que, pudiendo,
no quisieron estar en mi vida.
¿Les extraño?
A algunos, mucho.
A otros, no tanto.
Me doy cuenta de que,
a pesar de todo,
he ganado.
Porque, a los que amaba,
los puedo seguir amando.
Y acaso, ahora tengo
más personas a mi lado
a quien amar.
Porque, a los que odiaba,
ya no les odio.
La indiferencia los cubre
con un manto estrellado.
Y yo me río.
Me río porque les he olvidado.
Miro el presente que se me ofrece
(en el más amplio sentido de la palabra)
y siento cierto orgullo
al ver todo lo que he dejado atrás.
¡Cuantísimas inseguridades deshojadas!
He elegido la carrera que quería,
y aunque me haya decepcionado,
sé que el día de mañana
habrá valido la pena pasar tan mal trago.
He podido con la irracionalidad
de aquellos que, diciendo protegerme,
sólo esquilmaban mis ganas de volar.
No he puesto orden en mi vida
y eso es importante
porque ahora estoy convencida de que,
si de algo puedo estar segura,
es que además de inestable, soy insegura.
¡¡Adoro el Caos!!
Bien sé que he dado un paso hacia la muerte,
pero ahora sólo pienso en toda la vida
que me queda por ganar.
¿Demasiado optimista
para su gusto,
queridos lectores,
que tanto me conocen?
Tal vez.
¿Un consejo?
Nunca esperéis nada de mí.
Dicen que, el que espera, desespera,
y como bien dije una vez:
"Nunca doy lo que se espera de mí.
Siempre doy lo que, de mí, no se espera"
¿Una certeza?
Que soy mujer como nunca,
que soy niña como siempre.
E.L.V.I.R.A.
13 mayo, 2008
Yo, Elvira
Efervescente.
Liberal.
Volátil.
Ígnea.
Reticente.
Abstracta.
Ella tiene cinco nombres diferentes
y cada día le llaman por todos ellos.
(De hecho, teme llegar a tener
una crisis de identidad)
Ella siempre ha soñado con su príncipe azul,
pero no quiere quedarse esperándolo
encerrada en una torre.
Desea encontrarlo cabalgando hacia el atardecer.
Ella tiene los ojos redondos y pequeños
pero de gran expresividad.
Nunca callan lo que siente, son muy traicioneros.
Ella es vapórea y contradictoria.
Sería capaz de matar a aquellos por los que moriría.
Ella es pasto de la incertidumbre
durante mucho tiempo
antes de tomar una decisión;
pero cuando finalmente se decide
la lleva a cabo hasta sus máximas consecuencias.
Ella no tiene un color de pelo definido.
Es rubia y castaña y morena
y hasta pelirroja alguna que otra vez.
(Y todo eso de forma natural).
Ella es caos y orden en su micromundo.
Ella suele amar sin condiciones
y de forma irracional.
Ella, de las personas que no le importan,
suele criticar que su código moral
diste mucho del suyo propio.
En cambio, de las personas que le importan,
suele criticar aquellos errores que también ve en sí misma.
Ella es niña y mujer a ratos.
Piensa que lo más natural
es que siga siendo un extraño híbrido toda su vida.
Ella no es ni blanca, ni negra.
Suele ser de color gris.
Ella acaba de cumplir dieciocho años.
Y por lo tanto,
como dice su adorado Oscar Wilde,
ha dejado de ser demasiado joven
para saberlo todo.