¿Confías en mí?
El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu.
Si lo intentas, a menudo estarás solo y a veces asustado.
Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.
30 octubre, 2008
25 octubre, 2008
De los ecos
Me perdí en la realidad,
así que búscame en una fantasía.
...No mirar atrás...
Pero es que el pasado no muere.
El pasado mata.
Y yo estoy sola en casa.
Déjame perderme en tus ojos
inyectame más morfina con tu mirada.
Ya no me lloran ni mis muertos,
tengo las manos congeladas.
Salgo del portal
y te observo,
te miro mas me pregunto
a quién en verdad veo.
Quizá sólo me haya reconocido
en unas pupilas extrañas.
Déjame perderme en tus ojos
inyectame más morfina con tu mirada.
Sentir la lluvia me reconcome,
por más que me guste mirarla,
y beberla,
y que me asfixie entre sus brazos.
Mis pecados son
de los que no se lavan con agua.
Te miro y no veo a nadie.
Me miro y os veo a vosotros.
Y a pesar de mi ceguera,
y de mis desvaríos,
clávame en los míos
los vidrios de tu alma.
Déjame perderme en tus ojos
inyectame más morfina con tu mirada.
Si tu pasar es un suspiro
déjame exhalar tu aroma,
arañarte si respiro
o desgarrarte la ropa.
Soy salvaje, entiéndelo,
si no me domesticas con caricias,
si no me amanso entre tus brazos.
Que mis manos son dos garfios,
la boca me sabe a malicia
y me llamaríais arpía
de no ser por mis alas de hada.
Yo soy fuego,
mi piel, lava,
hielo mis ojos,
nieve mi karma.
No me digas que serás algo,
porque yo no seré nada,
pero
Déjame perderme en tus ojos
inyectame más morfina con tu mirada...
así que búscame en una fantasía.
...No mirar atrás...
Pero es que el pasado no muere.
El pasado mata.
Y yo estoy sola en casa.
Déjame perderme en tus ojos
inyectame más morfina con tu mirada.
Ya no me lloran ni mis muertos,
tengo las manos congeladas.
Salgo del portal
y te observo,
te miro mas me pregunto
a quién en verdad veo.
Quizá sólo me haya reconocido
en unas pupilas extrañas.
Déjame perderme en tus ojos
inyectame más morfina con tu mirada.
Sentir la lluvia me reconcome,
por más que me guste mirarla,
y beberla,
y que me asfixie entre sus brazos.
Mis pecados son
de los que no se lavan con agua.
Te miro y no veo a nadie.
Me miro y os veo a vosotros.
Y a pesar de mi ceguera,
y de mis desvaríos,
clávame en los míos
los vidrios de tu alma.
Déjame perderme en tus ojos
inyectame más morfina con tu mirada.
Si tu pasar es un suspiro
déjame exhalar tu aroma,
arañarte si respiro
o desgarrarte la ropa.
Soy salvaje, entiéndelo,
si no me domesticas con caricias,
si no me amanso entre tus brazos.
Que mis manos son dos garfios,
la boca me sabe a malicia
y me llamaríais arpía
de no ser por mis alas de hada.
Yo soy fuego,
mi piel, lava,
hielo mis ojos,
nieve mi karma.
No me digas que serás algo,
porque yo no seré nada,
pero
Déjame perderme en tus ojos
inyectame más morfina con tu mirada...
13 octubre, 2008
Oda al mosquito sevillano
te aproximas, maldito vampiro,
para hundir en mi piel tu cuchillo
y avivar la ira que arde
cual ramo de tomillo en mis entrañas.
Como un gato sibilino
que presume con alarde
de destrezas y artimañas,
sonríes muy ladino
y te acercas, malandrino,
a libar de mi sangre.
Yo te miro de reojo,
molesto acaparador traidor
de glóbulos rojos;
canalla, pérfido felón
que enciende mi enojo.
Te vas a sacar de mi pozo
sanguinoliento y arterial,
con júbilo y con gozo
mi tesoro más vital.
Naces en el Guadalquivir,
cerca de la Giralda
con más cara que espalda
y no me dejas vivir.
Si al cantar las sevillanas
no caes rendido con unas palmas,
te enviaré al agujero
con sprays, Raid y veneno
para que la cara te partas
tras el accidentado vuelo.
Y no sonará tu trompetilla,
ni tendré picaduras en los dedos
por tu causa, puñetero,
ni en Marbella ni en Sevilla.
05 octubre, 2008
Cambio de ciudad
Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.
-Kaváfis-
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.
-Kaváfis-
24 septiembre, 2008
Adoro ésta conversación
- ¿No sientes que tu vida esta muy vacía?
- Todo el mundo dice que un día nos despertamos, nos miramos al espejo y preguntamos: ¿Cómo he llegado aquí? Pero no tiene porque ser así.
- ¿A no?
- No hay ninguna norma que diga que tenemos que despertarnos. No lo olvides.
21 septiembre, 2008
Blanco y Negro
Érase una vez dos ranas. Dos ranas que eran hermanas y llevaban toda la vida juntas. Una de ellas, no se sabe si por su destino o simplemente por mala fortuna, tenía siempre muy mala suerte. La otra siempre intentaba contrarrestar aquella especie de maldición con la que había nacido su hermana. Esta rana de mala fortuna se llamaba Cloe y su hermana, Eva.
Eva era paciente y hacía todo lo posible por curar los arañazos que su hermana se hacía a veces en las ancas, o la cuidaba cuando estaba enferma, o la ayudaba a esconderse cuando se acercaba cualquier depredador. Sin embargo, a veces tenía la sensación de que su hermana no sabía apreciar aquellas cosas, o por lo menos, no sabía demostrar que le importaban.
Un día, ambas paseaban dando saltos por un terreno completamente lleno de fango. Aunque la travesía era difícil, el grosor del lodo no era lo suficientemente importante como para cubrir a las ranitas más allá de las membranas de sus patas.
De pronto, comenzó a llover y el fango del suelo comenzó a aumentar de manera considerable. A las ranitas se les hizo cada vez más difícil continuar su marcha, hasta que sin previo aviso, Eva cayó en una charca de lodo.
Entonces, la lluvia cesó y Cloe se percató de dónde estaba su hermana, pues con las gotas de agua su visión no era muy buena.
-¡Cloe! -gritó Eva, mientras sentía que se iba hundiendo más y más en el fango. - ¡Ayúdame a salir!
En ese momento, Cloe se percató de que había una pequeña capa de lodo a su alrededor que le cubría hasta la tripita.
-Eva, yo iría allí a sacarte, de verdad, pero ¿no ves acaso que a mí me llega el barro hasta la tripa? Me va a costar trabajo salir de aquí.
-Pero Cloe, si no eres capaz de liberarte de eso y ayudarme, me moriré sin remedio.
Cloe, pensando que al fin y al cabo, no quería que su hermana muriera, con esfuerzo, sacó una pata del fango. Estaba un poco cansada y había tardado unos minutos, pero finalmente lo había conseguido. Intentó hacer el mismo procedimiento con la otra patita, pero se dio cuenta de que ésta iba a costar un poco más de trabajo, por lo que decidió no moverse.
-Eva, no puedo salir de aquí, si intento salir puedo morir de cansancio porque supone mucho esfuerzo sacar mi otra pata de aquí, por no hablar de las ancas.
-Cloe... por favor, inténtalo -gimió débilmente Eva, pataleando angustiada para poder salir de ahí.
-No puedo, lo siento. Tendrás que salir de ese charco tú sola.
Y al cabo de unos minutos, el lodo se tragó a Eva para siempre.
Eva era paciente y hacía todo lo posible por curar los arañazos que su hermana se hacía a veces en las ancas, o la cuidaba cuando estaba enferma, o la ayudaba a esconderse cuando se acercaba cualquier depredador. Sin embargo, a veces tenía la sensación de que su hermana no sabía apreciar aquellas cosas, o por lo menos, no sabía demostrar que le importaban.
Un día, ambas paseaban dando saltos por un terreno completamente lleno de fango. Aunque la travesía era difícil, el grosor del lodo no era lo suficientemente importante como para cubrir a las ranitas más allá de las membranas de sus patas.
De pronto, comenzó a llover y el fango del suelo comenzó a aumentar de manera considerable. A las ranitas se les hizo cada vez más difícil continuar su marcha, hasta que sin previo aviso, Eva cayó en una charca de lodo.
Entonces, la lluvia cesó y Cloe se percató de dónde estaba su hermana, pues con las gotas de agua su visión no era muy buena.
-¡Cloe! -gritó Eva, mientras sentía que se iba hundiendo más y más en el fango. - ¡Ayúdame a salir!
En ese momento, Cloe se percató de que había una pequeña capa de lodo a su alrededor que le cubría hasta la tripita.
-Eva, yo iría allí a sacarte, de verdad, pero ¿no ves acaso que a mí me llega el barro hasta la tripa? Me va a costar trabajo salir de aquí.
-Pero Cloe, si no eres capaz de liberarte de eso y ayudarme, me moriré sin remedio.
Cloe, pensando que al fin y al cabo, no quería que su hermana muriera, con esfuerzo, sacó una pata del fango. Estaba un poco cansada y había tardado unos minutos, pero finalmente lo había conseguido. Intentó hacer el mismo procedimiento con la otra patita, pero se dio cuenta de que ésta iba a costar un poco más de trabajo, por lo que decidió no moverse.
-Eva, no puedo salir de aquí, si intento salir puedo morir de cansancio porque supone mucho esfuerzo sacar mi otra pata de aquí, por no hablar de las ancas.
-Cloe... por favor, inténtalo -gimió débilmente Eva, pataleando angustiada para poder salir de ahí.
-No puedo, lo siento. Tendrás que salir de ese charco tú sola.
Y al cabo de unos minutos, el lodo se tragó a Eva para siempre.
14 septiembre, 2008
Miscelánea
Ayer aprendí:
1. Que hay taxistas en Córdoba muy majos.
2. Que tengo una falda carismática.
3. Que "Wanted" es como el Cola Cao, mucha propaganda y poco resultao (?).
4. Que Angelina Jolie parece un bulldog de perfil T_T.
5. Que no tengo tan mala puntería como creía a la hora de practicar tiro con rifle. (No me cargué la maceta al final, ¿no?).
6. Que los gatos son muy valientes, porque se quedan quietos y sin huir cuando les pasa una viruta de hierro a una velocidad considerable a 2 metros de distancia.
7. Que saldré de casa a partir de ahora con armadura para evitar que los niñatillos de esgrima me hagan luxaciones :D.
8. Que la pizza es y será la comida básica de todo friki, ahora y siempre, por los siglos de los siglos y hasta el final de los tiempos, amén.
9. Que el Metal Slug es un poco patético cuando lo observas, pero cuando juegas a él está muy guay.
10. Que el Malibú es dios a palo seco.
11. Que el Jack Daniel's a palo seco te hace: ¡ZAS, EN TODA LA BOCA!
12. Que el Metal Slug mola porque:
a) Puedes grabar tu propia muerte.
b) El mayor número de muertes se produce por la caída de un tanque sobre tu cabeza.
c) Si te conviertes en zombie, tu sangre se vuelve violeta, y sin embargo,
vomitas sangre roja por la boca, lo cual es biológicamente imposible.
d) Los enemigos tienen una marca muy parecida a la esvástica nazi alemana.
e) Los esclavos a los que salvas son hippy-heavies melenudos.
f) Eres inmortal a pesar de morir miles de veces.
g) Es todo caos y destrucción.
h) Mola.
13. Jugar bebido al RE4 hace que no puedas pasar de la primera pantalla.
14. Por mucho que beba, nunca tengo resaca.
15. Soy una cuando estoy sola, y dos si tú estás conmigo y somos tres, si somos dos, y viene algún otro amigo. Cuatro son las patas del perro, cinco los dedos de mi mano y seis los años que tengo y siete los de mi hermano. Ocho pies tiene la araña y nueve son tres veces tres, y si esto bien me lo aprendo me voy a sacar un diez (8).
16. El sentido de la vida no es 42, sino 24.
17. Hay taxistas horribles a partir de las 2 de la noche, y desaconsejo coger un taxi a las 4 y 20 de la mañana porque a esa hora sólo hay conductores psicópatas.
18. Existe Garfield en perra.
19. La endibia es la madre de la envidia.
20. El alcohol me vuelve loca literalmente: Ganas de llorar sin razón aparente (2), ganas de reír sin razón aparente (6), sensibilidad x 1000 = ira, tristeza, sentimiento de vacío. Número de veces que tropecé con cosas en mi cuarto: 6 aprox.
Y lo más importante: Que echaba de menos nuestras noches y que te echaré de menos cuando te vayas, pardo.
Trisquel.
30 agosto, 2008
"La compañía me ahoga...
pero la soledad me quema..."
10 agosto, 2008
Decirlo todo... o nada en absoluto
Hace mucho que me siento seca. Las situaciones que ocurren a mi alrededor son tan… sí, emplearé esa palabra que tanto me gusta: caóticas.
A veces siento que formo parte de un juego. No sé cuáles son exactamente las reglas.
Tengo miedo cuando observo cómo la vida me hace regalos, a sabiendas que pasado un tiempo, volverá para quitármelos.
No puedo hablar ya del destino, porque ahora soy consciente de que las personas nos hallamos ante un abismo permanentemente, sin redes para sujetarnos si caemos; somos nosotros quienes construimos puentes para llegar al otro lado o quienes inevitablemente tropezamos y somos absorbidos por la más oscura negrura.
Ante este hecho, la libertad me sabe amarga a la par que increíblemente dulce.
Saber que estoy sujeta a todas y cada unas de las decisiones que tome, que ya no soy una niña, que he tomado conciencia de que el destino no existe a pesar de que me hubiera gustado poder creer en él, que tengo los dados en la mano y que puedo decidir si hacer o no una tirada que, por azar, determinará mi suerte.
Sigo siendo joven, inmadura a los ojos de muchos con seguridad, pero tengo ahora la mente más despierta y, en unos pequeños raptos de nostalgia, me apetece que neuronalmente vuelva a estar dormida para poder perderme cinco minutos más en un mundo de onírica fantasía en el que hasta Dios existe.
Me apena saber que ya no creo en el valor intrínseco de los actos, ni de los pensamientos, ni de las palabras. Que todo es polivalente, que la unidad no existe, que el valor es algo tan subjetivo que todos podemos deformarlo a nuestro antojo.
Quizá en parte escribo esto porque estoy desencantada y quiero tener algún medio en el que poder observar lo que pienso, para no caer en la tentación de volver a mi mundo de sueños, para no volver a ser como muchos me han llamado la “eterna princesa”.
Llegados a este punto he de confesar que no sé cómo salvarme. Y no lo sé porque para mí no existe salvación posible.
Me veo obligada a tomar un camino, mientras el tiempo transcurre impertérrito, sin detenerse a pensar en las criaturas que hace nacer, crecer y morir a su paso.
Me siento ahogada por el tiempo. Noto un nudo que me atenaza la garganta y no me quiere soltar.
Si soy aún joven, si aún me queda todo por hacer, debe ser natural el sentir temor sabiendo cuánto me queda para tenerlo todo hecho. Y que tenerlo todo hecho pierda el encanto.
En ocasiones me comporto como un ser pasivo, porque así quizá el tiempo avance más despacio, pero como es obvio no lo hace y entonces me abruma la sensación de haber malgastado el paso de los días.
Quizá quiera hacer demasiadas cosas, quizá quiera hacerlo todo y, sin embargo, nunca encuentro el modo correcto de realizarlo.
Y no me consuela saber que la corrección no existe.
Quién sabe. Tal vez, aún me agarre a las falsas ilusiones de lo absoluto de una forma inconsciente.
Vaya pérdida de tiempo.
01 agosto, 2008
Bella Italia
Finalmente volví de mi viaje de 9 días por la península itálica, llevándome una buena impresión del país en general. Eso sí, ha sido una estancia llena de imprevistos, curiosidades y extrañas situaciones que relataré a continuación.
INTRO
Eran las 6 de la tarde aproximadamente del día 22 de Julio de 2008 en el que iniciábamos el viaje al aeropuerto de Sevilla en el taxi de nuestro vecino. ¿Por qué ese medio de transporte tan atípico? Porque mi padre no estaba en esos momentos capacitado para conducir, al igual que mi madre, y yo aún no he conseguido mi permiso de conducir.
Nos montamos en el coche de este señor cuya profesión es obviamente la de taxista en lo que pensé que sería un gesto altruista por su parte, debido a nuestra aparatosa situación familiar.
En el taxi, mientras mi padre le ofrecía conversación al conductor, no pude resistir la tentación de dormir, algo no muy usual en mí teniendo en cuenta que hace años que no me gusta hacerlo exceptuando los sueños de un día para otro.
Al llegar, me di cuenta que mi padre le pagaba al taxista. Supuse que mi padre se habría negado a hacer el viaje sin contribuir económicamente a ello… Desde luego, tuve que heredar mi orgullo de alguien.
En el aeropuerto, al ir a facturar las maletas nos encontramos con el problema de que sólo permitían 15 Kgs por cada una, característica de Ryanair, compañía en la que os recomiendo no viajar, además de por este problema, porque su trato con las personas no es especialmente agradable. Teniendo en cuenta que una de las maletas se pasaba del peso establecido, solo cabía la solución de comprar una pequeña maleta donde guardar todo aquello que sobrecargaba a la otra. Después de tener cierto problema para acceder a las tiendas donde podíamos adquirir una, nos dimos cuenta de que los precios estaban por las nubes. Compramos una pequeña a regañadientes para abaratar costes y finalmente hicimos el transvase de ropa y demás equipaje a la nueva maleta.
Nos detuvimos a tomar algo en una cafetería y hay que decir que el dependiente era especialmente lento y además me miraba como una hiena hambrienta ante un trozo de carne cruda. Muy desagradable.
Tras esperar largas colas para subir al avión, nos subimos a él.
Me senté junto a dos muchachos italianos, Matteo y Nícola, oriundos de Cerdeña que me amenizaron el viaje. Nícola era el más joven y la verdad es que con él no hablé demasiado. En cambio con Matteo sí. Me dio buena impresión desde el primer momento y la verdad es que me atrapó con unos ojos de un color imposible: marrones verdiazulados que cambiaban de tonalidad con la luz. Tras dos horas y pico de vuelo, nos intercambiamos los móviles y nos despedimos.
Habíamos llegado a Pisa.
PISA
Hermosa ciudad, tranquila y acogedora, muy conocida por su torre inclinada, que me cautivó desde el primer momento. Tiene muchísimas facultades, se puede estudiar en ella prácticamente de todo. La envuelve un aura cálido y dulce que afecta también a sus habitantes y la hace idónea para pasar unos días sosegadamente. Las heladerías, puestos característicos de Italia, están colmadas de las cremas más exquisitas y exóticas. Hay que comentar también que los italianos deben de ser en general fumadores empedernidos, porque encontré estancos mientras paseaba (Los famosos “Tabacchi”) cada dos metros.
Al día siguiente de mi estancia en la ciudad, me subí a la torre inclinada, en la cual me mareé debido a la altura. Esto me resultó extraño, porque habiéndome subido a las zonas más altas de los castillos de Escocia que culminan las antiguas poblaciones escocesas o a lugares como la Torre Eiffel sin problemas, no me podía explicar por qué me había dado vértigo. Lo achaqué al hecho de subir durante 10 minutos aproximadamente la escalera de caracol torcida y resbaladiza que tienes que recorrer para subir a la parte más alta.
Después visité la catedral, para lo cual tuve que cubrirme con una tela azul semejante a un vestido que se ataba a la cintura. De ahí extraje la conclusión de que no entiendo a los italianos: Consideran un insulto que las mujeres entren con tirantes a sus catedrales, iglesias y demás centros religiosos porque lo consideran un acto pecaminoso, pero no les molesta que entremos con un vestido que se asemeja a una bolsa de basura…
¿Jodido, verdad? Eso es normal.
Poco más pude llevarme de la ciudad.
El asedio de los vendedores ambulantes. Que eso es digno de comentar.
Resulta que, claro, al ser tan turística la torre inclinada pues es un lugar perfecto para la venta ambulante. Había cerca de 40 vendedores, todos dispuestos a avasallarte con juguetes, relojes, bolsos, pulseras… eso sí, pasaba la policía y se esfumaban en 0,2. Y en cuanto la poli desaparecía, volvían de nuevo a sus puestos con mucha rapidez, como si tuvieran refugios subterráneos bajo la tierra o tuvieran la capacidad de hacerse invisibles…
Y poco más puedo contar, me quedé poco en esa ciudad.
FLORENCIA
Fui a ella en tren. Esta es la ciudad que peor va a salir parada de toda esta crónica, porque estuve tan sólo unas horas. Vi muchos de los mercados que se encuentran en ella, algunas obras de arte y di largos paseos. Como anécdota puedo contar que entré en un supermercado y allí había todas las clases de refresco Powerade que la mente humana pueda crear: Transparente de sabor exótico, verde de mango, rojo de naranja sangrienta (así se llamaba, lo juro), rosa de cereza… Mientras bicheaba por las estanterías me crucé con un italiano de mi edad que me lanzó unas miradas y unas sonrisas tan descaradas y pícaras que hizo que me sonrojara… hasta me guiñó un ojo.
Si es que los italianos…
Además a partir de ese día, no sé por qué, todo el mundo me empezó a decir por la calle eso de “Ciao, bella”. Vamos, que los italianos son conmigo como los españoles, sólo que los italianos son más elegantes y tienen bastante más encanto a la hora de decir piropos.
Otro tren… y me largué a Roma.
ROMA
La ciudad eterna. La gran ciudad de la que han llegado a decir que es inabarcable incluso en una vida humana. Al llegar, fuimos a coger un taxi, situación en el que los italianos hicieron gala de su astucia para hacer dinero. El hombre en cuestión que nos ofrecía el servicio nos pedía 40 euros por el traslado. Y como dice Zoidberg, “la caja dice que tararí”. Así que fuimos a coger otro. El muchacho nos llevó al hotel por 12 euros, precio bastante más razonable. Sin embargo, nos equivocamos de hotel. Mis padres tenían en mente ir a uno llamado “Hotel Nazionale” (o como se escriba) situado en la plaza Monte Citorio. Sin embargo, el hotel que había contratado mi padre se llamaba “Montecitorio”, así que tuvimos que redirigirnos hacia él. Cuando llegamos, vimos que era el hotel más raro que habíamos pisado hasta ahora. Estaba situado en un palacete, y la mitad estaba dedicado a la vivienda privada y la otra mitad se la repartían entre dos hoteles, uno de los cuales era Montecitorio.
El personal del hotel no me gustó nada, pero la habitación era nueva y estaba muy bien decorada (a excepción del cuadro de dos mujeres que tenía pinta siniestra a pesar de ser una escena jovial). Tras dejar las maletas fuimos a visitar la Fontana di Trevi, que es completamente alucinante. También estaba saturada de vendedores ambulantes, mucho peores que los de Pisa.
En Roma hay aún más policía que en Pisa, cada dos calles te encuentras un coche patrulla o agentes paseando por las calles, como los carabineri.
Al día siguiente fuimos al Coliseo, que me decepcionó un poco porque me lo esperaba más impresionante. Los turistas se contaban por miles y el calor apretaba bastante. Después del Coliseo vimos el Foro que estaba lleno de fuentes, al igual que toda la península itálica. Parece que los romanos, como los árabes, también tienen al agua como un bien muy preciado (muy inteligente por su parte, por cierto).
También visitamos el Moisés y el David, aunque no logro acertar qué día fue ese.
El tercer día fuimos al Vaticano. En un pequeño puesto me compré una botella de Fanta Negra. Sí, como lo lees. Fanta negra con sabor a mezcla de bitter kas con coca cola. Puaj. Tras visitar la Basílica de San Pedro (oro, mucho oro y arte y frescos y estatuas por todas partes) y ver la Piedad de Miguel Ángel, nos adentramos en los museos vaticanos, no sin antes ver la supuesta tumba de San Pedro, la del Papa Juan Pablo II y otros Papas. Es terrible que tanto imbécil, misógino, casanova hipócrita y/o pederasta esté allí enterrado con el mayor de los lujos, como si fueran héroes.
Lo dicho, que fuimos a los museos vaticanos. En ellos entré en una pequeña tienda en la que todo el mundo compraba estampitas del Papa, rosarios, calendarios de la ciudad… y voy yo y me compro una pulsera: un talismán egipcio de un escarabajo grabado en turquesa. Los demás turistas me miraron como a un bicho raro (más exactamente como si fuera un coleóptero cretácico furioso), como diciendo que qué rayos hacía yendo al Vaticano para comprarme una pulsera sacrílega de ese estilo. Pero yo iba contenta, así que sin problema.
Tras recorrer varios museos, llegamos al que más vale la pena: La capilla Sextina. Me encantó a pesar de ser incómoda para verla desde el suelo. Miguel Ángel la pintó tumbado sobre un andamio y trató de hacerla colosal para que uno de sus rivales lo envidiara. Cosas de artistas.
Fue una pena no ver al señor Benedicto XVI, me he quedado con las ganas de ver si parece un gremling al natural o sólo es un efecto de las fotos. Según creo estaba de tour por el mundo, evangelizando a los canguros de Australia preferiblemente.
Y ya tocó otro día de viaje. Para ir a Venecia. Y es Venecia, que no París, la verdadera ciudad del amor.
VENECIA
Llegué a ella tras pasar por avión, autobús y vaporetto. Venecia, la ciudad del mar, la ciudad del agua. Construida en una isla, posee 450 puentes que conectan las distintas callejuelas laberínticas. Encantadoramente íntima, cuya flora son las algas que cubren los escalones de las orillas para acceder a los canales y su fauna: palomas, gaviotas y por supuesto, ratas. Unas ratas enormes, como conejos, de cara simpática y mirada desafiante, transmisoras de terribles enfermedades. Jugueteaban en las basuras que estaban cerca de los canales. Y es que los venecianos no tienen taxis porque no pueden pasar por los puentes (están llenos de escaleras) ni tampoco camiones de recogida de basura. De modo que tiran las bolsas llenas a la calle y a eso de las 2 de la mañana pasan los limpiadores con una carretilla para recogerlas. Una porquería, sí. Otra cosa a destacar son las góndolas, esas embarcaciones alargadas elegantes conducidas por los gondoleros, cuyo humor es parecido al de los albañiles españoles: simpáticos entre ellos, a veces chulescos y muy muy salidos.
En Venecia, si hay algo famoso es el carnaval, de modo que hay miles de tiendas repletas de máscaras a muy distintos precios. Me he comprado unas cuantas. Una de ellas me la regaló un muchacho de una tienda, muy majo él y bastante apuesto (me detengo para confirmar el mito: los italianos son excelentes seductores y el 80% son bastante guapos).
Visité el palacio ducal, que era una obra maestra arquitectónica, en el que se hallaban los tribunales de justicia y el puente de los suspiros (se dice que por él los presos que eran conducidos a la cárcel suspiraban al pasar porque no verían nunca más Venecia), y di un paseo en góndola, cómo no.
Para finalizar fuimos a la plaza de San Marcos, que está llena de palomas que se te suben a las manos y los hombros en cuanto les echas comida… son geniales.
Y salvando unos cuantos incidentes, poco más hay que contar.
CONCLUSIONES DEL VIAJE
Italia en definitiva es un buen sitio para veranear, eso sí, es bastante caro (sobretodo Roma y Venecia), la gente es muy agradable y los paisajes tanto urbanos como naturales son dignos de ver. Eso sí, el alcantarillado no funciona muy bien porque hay mal olor en muchos puntos, hay demasiados turistas y hay que tener cuidado con los timadores que andan sueltos. Especial cautela también en los restaurantes en los que cobran el servicio prestado y el cubierto (una gilipollez para sacarte más dinero, vamos) y en las tiendas, porque hay precios que varían mucho según donde compres.
La comida es buena, en algunos lugares excelente y el agua sale fresca y deliciosa por la mayoría de las fuentes de las distintas ciudades.
Si deseas beber algo, mejor comprar en los supermercados, porque en los restaurantes te cobran el agua a 5 euros y las cervezas a 7,50.
Sin lugar a dudas, Venecia es el lugar idóneo para pasar un fin de semana romántico. Para los viajes turísticos, Roma. Y para vivir, donde esté Pisa...
Pero eso sí, no hay nada como llegar a casa, descansar y comerse una buena tortilla de patatas ^^.
VUELTA A CASA
Y volvimos, sí. De nuevo a coger vaporetto, avión y taxi. Llegué a casa a eso de las 3 y pico de la tarde algo cansada. Y bueno, ya que estoy en casa estoy deseando de volver a la normalidad veraniega que llevo aquí: salir mucho y descansar.
La hija pródiga ha vuelto, para bien o para mal.
INTRO
Eran las 6 de la tarde aproximadamente del día 22 de Julio de 2008 en el que iniciábamos el viaje al aeropuerto de Sevilla en el taxi de nuestro vecino. ¿Por qué ese medio de transporte tan atípico? Porque mi padre no estaba en esos momentos capacitado para conducir, al igual que mi madre, y yo aún no he conseguido mi permiso de conducir.
Nos montamos en el coche de este señor cuya profesión es obviamente la de taxista en lo que pensé que sería un gesto altruista por su parte, debido a nuestra aparatosa situación familiar.
En el taxi, mientras mi padre le ofrecía conversación al conductor, no pude resistir la tentación de dormir, algo no muy usual en mí teniendo en cuenta que hace años que no me gusta hacerlo exceptuando los sueños de un día para otro.
Al llegar, me di cuenta que mi padre le pagaba al taxista. Supuse que mi padre se habría negado a hacer el viaje sin contribuir económicamente a ello… Desde luego, tuve que heredar mi orgullo de alguien.
En el aeropuerto, al ir a facturar las maletas nos encontramos con el problema de que sólo permitían 15 Kgs por cada una, característica de Ryanair, compañía en la que os recomiendo no viajar, además de por este problema, porque su trato con las personas no es especialmente agradable. Teniendo en cuenta que una de las maletas se pasaba del peso establecido, solo cabía la solución de comprar una pequeña maleta donde guardar todo aquello que sobrecargaba a la otra. Después de tener cierto problema para acceder a las tiendas donde podíamos adquirir una, nos dimos cuenta de que los precios estaban por las nubes. Compramos una pequeña a regañadientes para abaratar costes y finalmente hicimos el transvase de ropa y demás equipaje a la nueva maleta.
Nos detuvimos a tomar algo en una cafetería y hay que decir que el dependiente era especialmente lento y además me miraba como una hiena hambrienta ante un trozo de carne cruda. Muy desagradable.
Tras esperar largas colas para subir al avión, nos subimos a él.
Me senté junto a dos muchachos italianos, Matteo y Nícola, oriundos de Cerdeña que me amenizaron el viaje. Nícola era el más joven y la verdad es que con él no hablé demasiado. En cambio con Matteo sí. Me dio buena impresión desde el primer momento y la verdad es que me atrapó con unos ojos de un color imposible: marrones verdiazulados que cambiaban de tonalidad con la luz. Tras dos horas y pico de vuelo, nos intercambiamos los móviles y nos despedimos.
Habíamos llegado a Pisa.
PISA
Hermosa ciudad, tranquila y acogedora, muy conocida por su torre inclinada, que me cautivó desde el primer momento. Tiene muchísimas facultades, se puede estudiar en ella prácticamente de todo. La envuelve un aura cálido y dulce que afecta también a sus habitantes y la hace idónea para pasar unos días sosegadamente. Las heladerías, puestos característicos de Italia, están colmadas de las cremas más exquisitas y exóticas. Hay que comentar también que los italianos deben de ser en general fumadores empedernidos, porque encontré estancos mientras paseaba (Los famosos “Tabacchi”) cada dos metros.
Al día siguiente de mi estancia en la ciudad, me subí a la torre inclinada, en la cual me mareé debido a la altura. Esto me resultó extraño, porque habiéndome subido a las zonas más altas de los castillos de Escocia que culminan las antiguas poblaciones escocesas o a lugares como la Torre Eiffel sin problemas, no me podía explicar por qué me había dado vértigo. Lo achaqué al hecho de subir durante 10 minutos aproximadamente la escalera de caracol torcida y resbaladiza que tienes que recorrer para subir a la parte más alta.
Después visité la catedral, para lo cual tuve que cubrirme con una tela azul semejante a un vestido que se ataba a la cintura. De ahí extraje la conclusión de que no entiendo a los italianos: Consideran un insulto que las mujeres entren con tirantes a sus catedrales, iglesias y demás centros religiosos porque lo consideran un acto pecaminoso, pero no les molesta que entremos con un vestido que se asemeja a una bolsa de basura…
¿Jodido, verdad? Eso es normal.
Poco más pude llevarme de la ciudad.
El asedio de los vendedores ambulantes. Que eso es digno de comentar.
Resulta que, claro, al ser tan turística la torre inclinada pues es un lugar perfecto para la venta ambulante. Había cerca de 40 vendedores, todos dispuestos a avasallarte con juguetes, relojes, bolsos, pulseras… eso sí, pasaba la policía y se esfumaban en 0,2. Y en cuanto la poli desaparecía, volvían de nuevo a sus puestos con mucha rapidez, como si tuvieran refugios subterráneos bajo la tierra o tuvieran la capacidad de hacerse invisibles…
Y poco más puedo contar, me quedé poco en esa ciudad.
FLORENCIA
Fui a ella en tren. Esta es la ciudad que peor va a salir parada de toda esta crónica, porque estuve tan sólo unas horas. Vi muchos de los mercados que se encuentran en ella, algunas obras de arte y di largos paseos. Como anécdota puedo contar que entré en un supermercado y allí había todas las clases de refresco Powerade que la mente humana pueda crear: Transparente de sabor exótico, verde de mango, rojo de naranja sangrienta (así se llamaba, lo juro), rosa de cereza… Mientras bicheaba por las estanterías me crucé con un italiano de mi edad que me lanzó unas miradas y unas sonrisas tan descaradas y pícaras que hizo que me sonrojara… hasta me guiñó un ojo.
Si es que los italianos…
Además a partir de ese día, no sé por qué, todo el mundo me empezó a decir por la calle eso de “Ciao, bella”. Vamos, que los italianos son conmigo como los españoles, sólo que los italianos son más elegantes y tienen bastante más encanto a la hora de decir piropos.
Otro tren… y me largué a Roma.
ROMA
La ciudad eterna. La gran ciudad de la que han llegado a decir que es inabarcable incluso en una vida humana. Al llegar, fuimos a coger un taxi, situación en el que los italianos hicieron gala de su astucia para hacer dinero. El hombre en cuestión que nos ofrecía el servicio nos pedía 40 euros por el traslado. Y como dice Zoidberg, “la caja dice que tararí”. Así que fuimos a coger otro. El muchacho nos llevó al hotel por 12 euros, precio bastante más razonable. Sin embargo, nos equivocamos de hotel. Mis padres tenían en mente ir a uno llamado “Hotel Nazionale” (o como se escriba) situado en la plaza Monte Citorio. Sin embargo, el hotel que había contratado mi padre se llamaba “Montecitorio”, así que tuvimos que redirigirnos hacia él. Cuando llegamos, vimos que era el hotel más raro que habíamos pisado hasta ahora. Estaba situado en un palacete, y la mitad estaba dedicado a la vivienda privada y la otra mitad se la repartían entre dos hoteles, uno de los cuales era Montecitorio.
El personal del hotel no me gustó nada, pero la habitación era nueva y estaba muy bien decorada (a excepción del cuadro de dos mujeres que tenía pinta siniestra a pesar de ser una escena jovial). Tras dejar las maletas fuimos a visitar la Fontana di Trevi, que es completamente alucinante. También estaba saturada de vendedores ambulantes, mucho peores que los de Pisa.
En Roma hay aún más policía que en Pisa, cada dos calles te encuentras un coche patrulla o agentes paseando por las calles, como los carabineri.
Al día siguiente fuimos al Coliseo, que me decepcionó un poco porque me lo esperaba más impresionante. Los turistas se contaban por miles y el calor apretaba bastante. Después del Coliseo vimos el Foro que estaba lleno de fuentes, al igual que toda la península itálica. Parece que los romanos, como los árabes, también tienen al agua como un bien muy preciado (muy inteligente por su parte, por cierto).
También visitamos el Moisés y el David, aunque no logro acertar qué día fue ese.
El tercer día fuimos al Vaticano. En un pequeño puesto me compré una botella de Fanta Negra. Sí, como lo lees. Fanta negra con sabor a mezcla de bitter kas con coca cola. Puaj. Tras visitar la Basílica de San Pedro (oro, mucho oro y arte y frescos y estatuas por todas partes) y ver la Piedad de Miguel Ángel, nos adentramos en los museos vaticanos, no sin antes ver la supuesta tumba de San Pedro, la del Papa Juan Pablo II y otros Papas. Es terrible que tanto imbécil, misógino, casanova hipócrita y/o pederasta esté allí enterrado con el mayor de los lujos, como si fueran héroes.
Lo dicho, que fuimos a los museos vaticanos. En ellos entré en una pequeña tienda en la que todo el mundo compraba estampitas del Papa, rosarios, calendarios de la ciudad… y voy yo y me compro una pulsera: un talismán egipcio de un escarabajo grabado en turquesa. Los demás turistas me miraron como a un bicho raro (más exactamente como si fuera un coleóptero cretácico furioso), como diciendo que qué rayos hacía yendo al Vaticano para comprarme una pulsera sacrílega de ese estilo. Pero yo iba contenta, así que sin problema.
Tras recorrer varios museos, llegamos al que más vale la pena: La capilla Sextina. Me encantó a pesar de ser incómoda para verla desde el suelo. Miguel Ángel la pintó tumbado sobre un andamio y trató de hacerla colosal para que uno de sus rivales lo envidiara. Cosas de artistas.
Fue una pena no ver al señor Benedicto XVI, me he quedado con las ganas de ver si parece un gremling al natural o sólo es un efecto de las fotos. Según creo estaba de tour por el mundo, evangelizando a los canguros de Australia preferiblemente.
Y ya tocó otro día de viaje. Para ir a Venecia. Y es Venecia, que no París, la verdadera ciudad del amor.
VENECIA
Llegué a ella tras pasar por avión, autobús y vaporetto. Venecia, la ciudad del mar, la ciudad del agua. Construida en una isla, posee 450 puentes que conectan las distintas callejuelas laberínticas. Encantadoramente íntima, cuya flora son las algas que cubren los escalones de las orillas para acceder a los canales y su fauna: palomas, gaviotas y por supuesto, ratas. Unas ratas enormes, como conejos, de cara simpática y mirada desafiante, transmisoras de terribles enfermedades. Jugueteaban en las basuras que estaban cerca de los canales. Y es que los venecianos no tienen taxis porque no pueden pasar por los puentes (están llenos de escaleras) ni tampoco camiones de recogida de basura. De modo que tiran las bolsas llenas a la calle y a eso de las 2 de la mañana pasan los limpiadores con una carretilla para recogerlas. Una porquería, sí. Otra cosa a destacar son las góndolas, esas embarcaciones alargadas elegantes conducidas por los gondoleros, cuyo humor es parecido al de los albañiles españoles: simpáticos entre ellos, a veces chulescos y muy muy salidos.
En Venecia, si hay algo famoso es el carnaval, de modo que hay miles de tiendas repletas de máscaras a muy distintos precios. Me he comprado unas cuantas. Una de ellas me la regaló un muchacho de una tienda, muy majo él y bastante apuesto (me detengo para confirmar el mito: los italianos son excelentes seductores y el 80% son bastante guapos).
Visité el palacio ducal, que era una obra maestra arquitectónica, en el que se hallaban los tribunales de justicia y el puente de los suspiros (se dice que por él los presos que eran conducidos a la cárcel suspiraban al pasar porque no verían nunca más Venecia), y di un paseo en góndola, cómo no.
Para finalizar fuimos a la plaza de San Marcos, que está llena de palomas que se te suben a las manos y los hombros en cuanto les echas comida… son geniales.
Y salvando unos cuantos incidentes, poco más hay que contar.
CONCLUSIONES DEL VIAJE
Italia en definitiva es un buen sitio para veranear, eso sí, es bastante caro (sobretodo Roma y Venecia), la gente es muy agradable y los paisajes tanto urbanos como naturales son dignos de ver. Eso sí, el alcantarillado no funciona muy bien porque hay mal olor en muchos puntos, hay demasiados turistas y hay que tener cuidado con los timadores que andan sueltos. Especial cautela también en los restaurantes en los que cobran el servicio prestado y el cubierto (una gilipollez para sacarte más dinero, vamos) y en las tiendas, porque hay precios que varían mucho según donde compres.
La comida es buena, en algunos lugares excelente y el agua sale fresca y deliciosa por la mayoría de las fuentes de las distintas ciudades.
Si deseas beber algo, mejor comprar en los supermercados, porque en los restaurantes te cobran el agua a 5 euros y las cervezas a 7,50.
Sin lugar a dudas, Venecia es el lugar idóneo para pasar un fin de semana romántico. Para los viajes turísticos, Roma. Y para vivir, donde esté Pisa...
Pero eso sí, no hay nada como llegar a casa, descansar y comerse una buena tortilla de patatas ^^.
VUELTA A CASA
Y volvimos, sí. De nuevo a coger vaporetto, avión y taxi. Llegué a casa a eso de las 3 y pico de la tarde algo cansada. Y bueno, ya que estoy en casa estoy deseando de volver a la normalidad veraniega que llevo aquí: salir mucho y descansar.
La hija pródiga ha vuelto, para bien o para mal.
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