29 marzo, 2010

Sábanas ardientes


-Jane, ¡¡es un pirado!!

-¡Pues yo también!

Y siempre estaremos pirados

y no seremos como los demás.

Y tú nunca estarás pirada porque eres...

Doña Perfecta.

-American Beauty-


Desde el viajero más vehemente

hasta el oficinista menos independiente,

tiene un lugar al que llamar hogar.


Yo soy una mujer aún dependiente

de la caída de las hojas de los árboles,

de la lluvia al golpear el cristal.


No pienses que no te quiero,

que te abandono a la intemperie

y si te he visto, no me acuerdo.


Si abro las alas y despego

es solo para reafirmarme en la creencia

de que este mundo es una mierda

y tú eres todo lo que tengo.

(Y me alegro de tenerte).


Me voy, pero siempre vuelvo.

Al joven llamado Cuervo

le he arrancado las plumas una a una

y el resultado es una serpiente gris marengo.

Y en lugar de cascabel, tiene una aceituna.


¿Tienes las sábanas frías?

Pues yo te las caliento.

No hay nada que se me dé mejor

que hacer que sonrías

e invitarte a cafés sin aliento.


¿Duermes en una cama enmohecida?

La desinfectaré con lejía

y la pintaré del color que tú elijas.


Bésame y te enseñaré

que aún puedo tu pasión encender

con tan solo unas caricias.


He sido una estúpida, perdóname.

Si fuera perfecta,

estaría en Milán, en una pasarela

o haciendo anuncios para El Corte Inglés.


Pero como ese no es el caso,

pido amparo entre tus brazos;

un lugar entre tus sábanas

donde poderme esconder.


Si tú no me aceptas,

estaré condenada a vagar por el mundo

como la hija pródiga que nadie quiere tener.

Soy solo una vagabunda sin rumbo,

una desgraciada más.

Tal es así, que soy rubia.

Y aunque tenemos fama de tontas

te aseguro que la canción no se equivoca:

“La rubia es sensacional

y la morena tampoco está mal.”

Lo que ocurre es que soy

una rubia más complicada de lo normal.

Pero qué quieres que te diga,

prefiero ser una rubia grillada

a que me recuerden por “no estar mal”

y tener los cabellos del color de las cucarachas.

Quiero ser una zumbada sensacional,

y creo que lo consigo.

(Así que las morenas, al río).


Déjame tu piel de abrigo,

convertir tus labios en fuego

El frío en calor; el hielo, en estío.


Si tus sábanas tienen frío

y por estar solo te vuelves demente,

permíteme convertirlas en sábanas ardientes:

Donde la pasión y el vino tengan destino,

donde el calor y el amor tengan lugar.


Y si algo he aprendido

en mis vuelos de desatino

es que no quiero irme

a un lugar donde no esté contigo.


Porque donde tú estés,

sea una playa,

un maldito barco pirata,

un piso lleno de ruido,

una ciudad bajo mando cofrade,

una iglesia sin portal,

una casa llena de cafres,

la cima de una montaña

un castillo lleno de ¡¡arañas!!…

El lugar donde tú estés,

aunque se encuentren las sábanas

frías, templadas o calientes,

o estén sucias y por limpiar…

el lugar donde tú estés

ese y solo ese, será mi hogar.


(Voy a clasificar esto como "Literatura" en las etiquetas, pero no le hagáis mucho caso...)


28 marzo, 2010

¡¡Felicidades, gilipollas!!


En este día tan especial, damos el pistoletazo de salida al comienzo de la Semana de la Estulticia, también conocida como Semana (de la) Santa (estupidez) -solo que ya somos tan humanistas que hemos suprimido esos paréntesis para abreviar-.

En esta semana, hordas de cofrades, fans cofrades, tontos de capirote y gentuza varia se reúnen para participar de las más variopintas formas en la procesión de fulanas cubiertas de oro (llamadas Vírgenes por no sabemos qué tío cachondo que puso el mote de moda) y cadáveres que representan a ese pobre incomprendido que fue Jesús de Nazaret.

Invaden nuestras calles dejando goterones de cera incrustados en el pavimento (por parte de los tontos de capirote) y cáscaras de pipas desperdigadas por todos lados (por parte de los fans cofrades y de los tontos de capirote sin capirote), amén de botellas vacías, envoltorios de chicles y caramelos… vamos, pura basura. No se puede pasar por las calles –ni las inmediaciones- que forman parte del recorrido de pasos y más pasos de Semana Santa que bien deberían quedarse guardaditos en su puta iglesia, como hacen el resto del año.

Es este un espectáculo grimoso y patético que se sucede cada año para el sufrimiento de miles de personas que, como yo, aún tienen un mínimo de sentido común, sean o no sean católicos (si fueran verdaderamente católicos estarían protestando por usar imaginería con su adorado Jesusito de su vida de una forma tan grotesca) . Porque todo esto tiene, y no tiene, que ver con la religión.

El Catolicismo, como bien se sabe, se ha valido de las antiguas fiestas paganas para instaurar sobre ellas sus festividades. ¿Qué había antes de toda esta mierda cofrade? La celebración de la llegada de la primavera. ¿Cómo hemos transformado una época de expansión, donde las hormonas están desatadas, el clima favorece las actividades al aire libre, donde la tendencia natural del organismo es al bienestar y a la actividad; cómo hemos convertido esto en un período de recogimiento y sufrimiento, por la muerte de un tío que vivió hace 2000 años? Qué lista ha sido la Iglesia Católica. Cómo nos tiene cogidos por los huevos – en todo el amplio sentido de la expresión-.

Y como ni la Iglesia con su inmenso poder ha podido imponerse sobre la naturaleza humana, que en esta época está revolucionada, ha transformado a sus ídolos (al Chechu y la Mari) en motivo por el cual festejar un penoso espectáculo donde lo escabroso y lo macabro tienen cabida… y se le llama arte. Así el pueblo está contento... y ya se nos cobrará nuestra falta de sufrimiento en niños para el convento. ¿Luego salen los escándalos de pederastia por parte de los curas?, la gente solo puede decir lo mismo que Groucho Marx en "Un día en las carreras": Ya lo sabíiiiia, ya lo sabíiiiia. Y miramos para otro lado, se follan a nuestros hijos y en paz. Si total, en esta era de la desinformación y el pecado, el niño que a los 7 años no empieza a follar con su novia, deja a su hermana de 6 embarazada. Así que mejor que a nuestra hija se la folle un Santo Varón en lugar del desgraciao del barrio, que al menos tiene la decencia de santificarse la polla antes de proceder con el magreo.

Ea, y todo el mundo feliz.

Por eso, como no quiero seguir despotricando más, simplemente os digo: Felicidades, gilipollas. Porque en España existe un número tan grande de gilipollas, que hasta se os dedica una semana, y esto no lo hacen en cualquier país.

Y mientras la crisis económica nos sigue azotando, así como los problemas de Educación, Igualdad, Ciencia, Cultura… de siempre, el pueblo sigue hipnotizado entre el fútbol y los playmobil que procesionan en nuestras calles.

Si es que más gilipollas no se puede ser. Lo habéis conseguido: ¡Enhorabuena!

27 marzo, 2010

Podría ser


Contando monedas para comprar cigarros,
regreso a mi casa, sumando derrotas.
Vuelvo sin excusas, sin paz ni trabajo,
y a nuestro futuro le arrancan las horas.
Y en casa me espera
mi razón de vida, el calor de hogar.

Llevo la vergüenza, las manos vacías,
la precariedad.

Ella sonreirá, “saldremos adelante”.
A pesar del tiempo sigue siendo bella.
La miro y recuerdo. No siempre los planes
salen como sueñas, eternas promesas.

Estoy cansado
de tropezar siempre, del “ya le llamaremos”.

Quizá mañana
cambien nuestra suerte
y acabe este invierno.

Podría ser jardinero en Marte,
médico de flores, poeta ambulante
deshollinador volando en tejados,
probador de espejos, o pirata honrado.

Quisiera ser hombre al fin al cabo.
Podría ser quizá delineante
de columpios rojos, un gran nigromante,
un cantor de nanas, quizás buhonero,
y vender palomas, pócimas y ungüentos.

Pensándolo bien, me conformo con menos.
Enchufo la radio, no habla de nosotros.
La luz de la aurora se vierte en la acera.
Ella me da un beso, yo me hundo en sus ojos.

“Suerte” me susurra y cruzo la puerta.
Quizá fuera encuentre
por fin la respuesta
o mi exculpación.

Llueve mientras sueño,
quizá cuando vuelva
haya salido el sol

Podría ser cartero de Neruda,
pescador de estrellas, navegando en la luna,
piloto de cometas, explorador de abismos,
quizá recolector de gotas de rocío.

Quisiera ser un hombre, es poco lo que pido.
Podría ser quizá delineante
de columpios rojos, un gran nigromante,
un cantor de nanas, quizás buhonero,
y vender palomas, pócimas y ungüentos.

Pensándolo bien, me conformo con menos.

Podría ser jardinero en Marte,
médico de flores, poeta ambulante
deshollinador volando en tejados,
probador de espejos, o pirata honrado.
Quisiera ser hombre al fin al cabo.

Ismael Serrano

Navaja de Ockham


La respuesta más sencilla es la correcta.












... Una pena que esto para mí signifique una mierda.



25 marzo, 2010

El fin del mundo


El aire está cargado de electricidad.

Nos miramos a tres metros de distancia. Siento la descarga de tu mirada y estoy segura de que tú sientes la corriente que emana de la mía. Vuelve a haber hojas caídas como en otoño, pero no son doradas sino verdes, y bailan en torno a nosotros. Siento tu calor, aunque mi piel no esté en contacto con la tuya, porque el viento lo arrastra hasta mí; y tus infrarrojos me inundan y me abrasan, como un trago de absenta deslizándose por mi garganta.

El aire eléctrico gira alrededor de nuestras figuras impertérritas. La corriente alterna que hay desde tus ojos almendrados hasta los míos de color miel adquiere una velocidad que rompe las barreras del sonido. No sé si es el campo magnético que hemos creado con solo un contacto visual, pero estoy segura de que ahora tan solo se encuentran tus manos a dos metros de las mías.

Me recorres con tus retinas, imprimiendo todo lo que ves para poder saborearlo más tarde en la soledad de tu cuarto, en la frialdad de tu almohada. Intento no hacer ningún movimiento, ser tu escultura perfecta carente de expresión, para que puedas dibujar aquella que más desees cuando me recuerdes. El viento sigue silbando, pero yo ya no lo escucho. El movimiento de mis aurículas se ha acompasado con el de tus ventrículos, y creo que la aorta me va a estallar.

De pronto tu olor me sacude las entrañas. Solo estamos a un metro de distancia. Los electrones continúan rugiendo airados a nuestro lado, y ahora se ensañan con mis cabellos que a intervalos enseñan y ocultan mi rostro. ¿Cómo has conseguido invadir mi espacio vital sin que me haya dado cuenta? ¿Dónde está tu tarjeta de permiso? Mis sinapsis conectan con las tuyas y nuestros impulsos nerviosos hace cinco segundos que han dejado atrás la velocidad de la luz.

Nos convertimos en imanes en el centro del huracán. Nuestros polos positivo y negativo se han fundido. Brotan chispas cuando tus brazos rodean mi cintura y me atraes hacia ti. Solo quedan diez milímetros entre nuestros labios y yo ya siento el deseo de que dejes de electrocutarme con tus ojos inescrutables y me beses para que cese todo de una vez. Pero no me concedes la gracia y me torturas teniéndome solo a un centímetro de distancia de la promesa de tus comisuras. Tengo un pie en el abismo y anhelo saltar dentro de él con todas mis fuerzas.

Déjame saltar.

No sé en qué medida de tiempo infinitesimal lo consigues, pero nuestras bocas se encuentran y se produce un cortocircuito.

El mundo se derrumba a nuestro alrededor. Ya nada importa, salvo nuestras lenguas que se enzarzan en una lucha por ver quién consigue envolver por completo a su compañera, o nuestros labios que sangran a cada mordisco pasional que nos dedicamos y que se superponen hasta el dolor, o nuestra saliva que mejora la conductividad de los miles de electrones que liberamos en cada roce de piel.

Tus manos dibujan fotones en torno a mi cuerpo, mis uñas arañan tu espalda hasta hacerte sangrar. No recuerdo donde comienzan tus poros y terminan los míos cuando unimos nuestros electrolitos.

Somos una catástrofe natural. Somos un cataclismo. Somos la electrónica del mundo que nos rodea, la electroforesis de la vida en el planeta. Somos la Química del carbono conspirando para destruir toda la materia y antimateria existente en el Universo. El perfecto acelerador de partículas que creará un agujero negro en la galaxia.

Tú y yo.


24 marzo, 2010

Tres estaciones


Era el último día que te besaba en la vida,
y tú no lo sabías.

El otoño había llegado
y, casi sin notarlo, habíamos decorado
el salón de suspiros dorados.
La caída de tus cabellos sobre la frente
arrojó mis ojos a una época de tormentas,
de rayos plateados,
en la que cada mañana te oía llover.
Dijiste que no te pasaba nada;
yo jamás te llegué a creer.
Te regalé a modo de disculpa
unas hojas amarillas y una nuez,
últimos testigos del amor
que habíamos compartido en el cuarto de pila.

El invierno te heló las heridas
y azul se te volvió el corazón.
-¿Duermes, pequeña mía? -
me preguntabas por las noches.
Y yo me hacía la dormida
y fingía no sentir la forma
en que acariciabas mi pantalón.
Más tarde te diste a la bebida
y yo miré hacia otro lado.
En un rapto de inspiración
o de genialidad,
me introduje en una de tus botellas de ron
por si aún podía cumplir tus deseos,
o daba la casualidad de que te la terminabas
esa misma tarde.
Así podrías encontrarte en el fondo
dos ojos rojos, redondos,
mirándote fijamente,
alarmantes, como platos.

Amanecí con iris de gato,
naranjas y avellanos, demasiado blanca
como para que me tocaras con tus manos.
El verano había llegado
y se te había vuelto corto el pantalón.
-¿No se acortarán también tus abrazos?-
pregunté asustada.
Y esta vez fuiste tú el que miró para otro lado,
y me advertiste que no te buscara
en el fondo de ninguna botella gastada.
Si no lloré desconsolada,
fue de puro milagro.

Y el último día de verano
bajé al portal donde me esperaba,
motor rugiente, en la puerta,
un coche con la luz verde apagada.
Pagué al taxista diez euros por adelantado
y le pedí que me llevara a la estación.
-No ha habido primavera este año-
comentó el conductor.
Y yo recordé, afligida, la nota
que te había dejado debajo del colchón,
donde reposaba un beso sellado con pintalabios
y unas letras que rezaban:
"Este es el último beso que te dejo en la vida".
Cuando dejé la habitación aún dormías,
sin inmutarte.
Y me marché para siempre.

Era el último día que te besaba en la vida,
y tú no lo sabías.

23 marzo, 2010

¿Me permites?



Déjame, ahora que estás en el tejado, dedicarte un poema.

Llorarte, como lloran los sauces a los muertos,

desmembrar tu mirada y abrasarte con un beso.


Déjame impresionarme por ti, apartarte del mundo,

arrancarte los suspiros y enmendar cada resto de vacío

que quede en el fondo de tu alma.


Eres una máquina ¿sientes mis latidos?

Ven, niño perdido, esta noche quiero follarte

y deshacer tu abandono ante tus ojos

que estupefactos me observarán

cuando sepas que te amo por venganza,

que te recuerdo con odio y, muy a mi pesar,

con nostalgia.


¡Llévame! ¡Llévame muy lejos de aquí!

allí hacia donde te has ido

y no puedo alcanzarte si no es con el pensamiento,

o con sueños furtivos.


Una sonrisita para la cámara...


“Odio la hipocresía y la mentira”, “Lo que menos me gustan son los hipócritas”, “Es que vamos, con la hipocresía que hay…”

Vaya, vaya. La hipocresía no tiene muy buena fama, ¿verdad? Todo el mundo la vilipendia y la condena…

Curiosamente, los que más la atacan, son los más hipócritas que hay.

Pero independientemente de eso, hoy quiero pronunciarme a favor de ella.

Pienso que es uno de los mejores mecanismos de supervivencia que tenemos. Si no fuera por ella, creo que ahora mismo tendría las manos manchadas de sangre. Así que preguntaos si el único motivo por el cual seguís vivos es que alguien tuvo la deferencia para con vosotros de ser hipócrita en lugar de arrancaros los ojos, como bien le hubiera gustado, para servírselos con el Martini.

La doble moral del ser humano. No queremos que nos mientan ni que nos oculten nada, pero si te plantas delante de alguien y le sueltas absolutamente todo lo que piensas de ella hasta hacerla llorar, te acusan de no tener tacto. Si no fuera por la hipocresía, el número de homicidios y suicidios alcanzaría cotas nunca vistas.

Dad gracias a que personas ácidas como yo nos mordemos de vez en cuando la lengua, si no más de uno saldría escaldado. (Tan escaldado que no hace mucho querían llevarme a los tribunales por cierta entrada... así que tengo la tranquilidad de saber que no exagero).

Por otro lado, adoro fingir que sé mucho menos de lo que sé. Te permite maniobras increíbles.

Me figuro que habrá mucha gente que está leyendo esto que adoraría buscarme las cosquillas. Es más, el único motivo por el que me lee es para buscármelas. Bueno. Esperemos que consiga ser lo suficientemente hipócrita como para no ir a por nadie a su casa (o a su habitación) y cogerlas por los pelos. Da igual cuántas sonrisas me pongáis. Veo más allá de eso.

Estoy deseando que alguien se pase de la raya…


(No me pasa nada, me he levantado con ganas de repartir...)


22 marzo, 2010

Rojo y gris


(Poema dedicado a Sharif)

Esta noche ha recogido

ciento doce miradas lascivas

resbalándose por su escote.

“Bastardos malditos; benditos hombres”,

piensa Caperucita.


Sin embargo, a diferencia de todos, su acompañante

-por quien ella muestra indiferencia fingida-

desde la hora y media que hace que se conocen

no ha apartado los ojos de sus pupilas.


La ha invitado con galante cortesía

a un cigarro y a un tequila bien cargado,

antes de que el dueño del bar echara el cierre.

"Admirable gallardía", concede Caperucita.


-¿Podré verte mañana sobre las nueve?-

pregunta él con tono afectado.

-Lo siento. Para ti es demasiado tarde.

Ya he quedado a tomar un café en Montmartre, señor.

(Montmartre pronunciado en español).


Y ella se aleja orgullosa,

haciendo resonar sus tacones por las calles

con la elegancia de una estudiante de la Sorbona.


A la mañana siguiente,

renueva su carnet de residente

del país de Nunca Jamás.

“Adoro ser la eterna adolescente

que hace a los hombres suspirar”,

piensa ya sentada en el sofá

tras una jornada ajetreada;

de modo que se sumerge en el último ensayo de Jung

que ha conseguido.


Una vez han dado las cinco,

se encuentra saboreando un café a orillas del Sena.

“Soy buena mentirosa, como toda mujer”, piensa,

cuando sin previo aviso “Lobo gris”

en la pantalla de su móvil parpadea.

Y ella fija su mirada ausente

en los recuerdos que conserva de su único amor.

“Siempre nos quedará París”,

resuena la voz del Lobo entre pícara y siniestra

en su contestador. Y ella se echa a reír.


Ya en el hotel, junto al Lobo Gris,

tan solo cubierta por sus dorados cabellos ante la bestia feroz,

aún tiene el desparpajo de tacharlo de temerario.

-Llevas toda la razón- responde apresurado-

Soy yo quien se ha enamorado de un mito literario.

Y ella lo besa, lo abraza y lo acuna

hasta hacer el amor.


El reloj marca la una

y el lobo ha desaparecido de la habitación.

Caperucita, también.

Testigos de su romance solo quedan

las sábanas manchadas de leche y miel.

En la chimenea, ya solo resta consumido carbón

y la canasta de la abuela salpicada de bizcocho.

(Esto es rebelión y no lo de mayo del 68).


A través de la ventana de la doscientos veintitrés,

se distingue un navío surcando el río.

Lobo y niña, dentro de él,

comparten besos, bolígrafo y papel;

amén de una copita de vino tinto.

-¡A la salud de nuestro amigo!- exclaman antes de,

tras la línea del horizonte, desaparecer.


20 marzo, 2010

19 de Marzo


Miró el calendario, donde un enorme número 19 relucía un viernes, destacando en aquel lluvioso, gris y catastrófico mes de Marzo lleno de borrones, de tachones, de cancelaciones de citas.

La mujer se anudó el cinturón de la bata y se sentó con su hijo en la cocina.

- ¿Sabes qué día es hoy?

El niño permaneció callado unos instantes, con la mirada clavada en la taza humeante de cacao que constituía su único desayuno.

- Hoy es día de San José –le contestó sin mucha convicción mientras tomaba con las dos manos la taza de cacao y se la llevaba a los labios.

- Exacto. El día de San José es el Día del Padre. ¿Qué le vas a regalar a tu padre?

El niño dejó la taza en la mesa y se secó los labios con una servilleta de papel. Levantó sus ojos grises de Marzo hacia su madre, vetusta treintañera estropeada por el tiempo a pesar de su juventud, de bata y carmín rosa, rulos verdes y pendientes de oro en las orejas.

- Mi regalo está en mi habitación, esperándole.

- ¿Puedo echarle un vistazo, Iván? Sabes que me encanta ver los regalos de otros por anticipado. Me hace ilusión.

El niño no replicó nada y fue a su habitación. Tomó una bolsa de terciopelo azul, tan grande como su caja torácica, y la llevó a la cocina.

- Aquí está mi regalo –dijo el niño entregándole a su madre la bolsa mientras recogía la taza de la mesa de la cocina.

La madre se abalanzó hacia la bolsa de terciopelo y la abrió. Miró en su interior y no vio nada, de forma que introdujo la mano para buscar el contenido.

Sin embargo, ni aún así consiguió encontrar nada.

- Iván, ¿seguro que el regalo no lo has puesto en otro sitio?

El niño negó con la cabeza.

- Pues aquí no veo ni noto nada…

- Eso es porque es un regalo personal. Solo yo puedo darle sentido a esa bolsa.

- No te entiendo…

Entonces Iván cogió la bolsa e introdujo una de sus manos en ella. Cuando la sacó le dijo a su madre:

- ¿Ves? No está vacía. Aquí están todos los besos que como padre debió darme y nunca me dio. Aquí están los abrazos de los momentos difíciles. Aquí están sus silencios cuando vio que lo estaba pasando mal y no hizo nada por ello. Aquí están mis lágrimas por cada mala contestación suya, por cada arrebato de ira suyo, por cada vez que me insultó o me pegó.

Se lo devuelvo todo. A mí ya no me sirve. Ya me he hecho fuerte con todo ello.