13 abril, 2010

Asteroide


Voy a escribir

las cosas más desagradables

que nunca te hayan escrito,

decirte las palabras

más desagradables

que hayas oído,

de mí para ti.


Voy a poner de relieve

todas tus faltas, como

tus cuencas vacías,

tus manos de esparto,

tus minúsculos besos,

las brújulas frías,

los abrazos que se apagan,

las mañanas descalza,

los fantasmas que vuelven,

tu nombre que, en mi olvido

con el tiempo, se pierde.


Voy a vomitarte cada palabra,

a escupir en tu boca,

a llenarte de grietas la casa

y a quemarte la ropa

que descansa en el alféizar

de la ventana.


Luego me llamarás por teléfono

y me pedirás explicaciones.

Y cuando yazcas desesperado,

de rodillas, con mi voz sonando

por el auricular, y me pidas respuestas

y no te las dé, y en un alarde de valentía

me digas: "¿Nunca te preguntaste…?",

te cortaré desde lo más profundo

de mi lacerante línea con un maullido

que pondrá como escarpias

el vello de tus manos desnudas:

"Sí, mi amor,

pero nunca tuve derecho a las preguntas."


11 abril, 2010

Noches de Abril


Azahar. Blanco y naranja. Te abres a la noche cordobesa y desnudas tu alma, perfumando las calles negras y empedradas. La luna se agita a lo lejos. No llega a conocer tu hermosura, tu candor de flor blanca y azahara. Una mujer morena pasea por las avenidas descalza y yo me enamoro de ella. El silencio es mi escudo y mi espada. Córdoba es una fuente rodeada de naranjos, de piedras que callan; Córdoba es lo que fluye por las venas de nosotros, los apátridas, a la luz de las luciérnagas, rodeados de naranjas y flores blancas.



Leonard


Leonard. Un nombre casi lírico para un hombre tan poético. Un nombre delicado, elegante y contundente como el mismo hombre.

Yo admiro a Leonard.

Leonard es el único hombre valiente que conozco. He conocido a muchos cobardes en mi vida y, a veces, yo me he reconocido como una más entre sus filas. Pero Leonard es diferente. Sé apreciar la valentía cuando la veo, precisamente por haber estado entre tanto pusilánime. Aunque he de añadir que la mediocridad de los demás ha superado siempre y con creces mi propia cobardía. Hasta que no observé el mundo, me tenía a mí misma como una persona demasiado envilecida. Pero luego supe de la oscuridad de los hombres y fue cuando reconocí mi propia luz. Pero si yo soy luminosa, Leonard es brillante. Leonard me hace cuestionarme mi propia valentía y me hace afianzarla cada día más.

Yo admiro a Leonard.

Leonard sabe apreciar el alma femenina. Es hombre de una sola mujer, una mujer muy afortunada. Siempre admiré esta cualidad suya, de entender los gráciles movimientos de unos brazos delicados, de estar horas literales viendo a su mujer leyendo un libro o mirar por la ventana, de maravillarse sabiendo que solo ella es capaz de colmarlo tal y como lo hace. Leonard agradece cada día que pasa a su lado. Es lo que le enamora, lo que le excita, lo que le hace sentirse vivo: saberla a ella la única y merecedora testigo de su vida.

Yo admiro a Leonard.

Leonard canta para los pájaros, toca la flauta para sus plantas y alimenta a su gato con Brahms. Lee libros apoyado en el alféizar de la ventana y escucha la radio mientras bebe una copita de orujo. Sabe disfrutar de las pequeñas cosas de la vida y acumular tonterías lo considera una pérdida de tiempo, esfuerzo y dinero. Leonard, desde luego, no es como los demás.

Leonard, sexagenario de ojos azules y pelo plateado que fuma en pipa y siempre lleva sombrero. Leonard, poeta por afición y músico ocasional que habla con plantas y animales. Leonard, que está tan enamorado de la vida que solo puede compartirla con su mujer. Leonard, que duerme en un colchón en el suelo y hace cocina tailandesa.

Ya no quedan hombres así, por lo que me alegra haber conocido a Leonard. Él es la persona real que hace que el ideal sea tangible por unos instantes en el mundo sensible.


07 abril, 2010

Doppelgänger*




*Doppelgänger: vocablo alemán para el doble fantasmagórico de una persona viva.


Su habitación: paredes blancas, inmaculadas; cama de colcha azul y cojines naranjas; mesilla de noche estilo kitsch donde reposa un radio-despertador electrónico; el espejo junto a la puerta, ovalado y enmarcado en oro, cuidadosamente pulido.

Ella, milagrosamente viva tras un accidente de tráfico dentro de uno de los túneles de la nacional A-1. Un mes de convalecencia en el hospital. Una cicatriz en el hombro izquierdo, pérdida del 1% de visión en el ojo derecho: únicas secuelas de la tragedia. Sigue siendo joven, inteligente y hermosa. ¿Qué más se puede pedir?

Primer día en casa. El reloj ha sonado a las siete y dieciséis minutos de la mañana. Camisón blanco, pelo ligeramente desaliñado, ojos electrizados y brillantes: su imagen en el espejo. Sigue siendo la de siempre. Se rodea con los brazos y acaricia su piel unos instantes.

Escalofrío.

Visualmente todo parece hallarse en su lugar, pero su piel ha perdido suavidad. Tiene la aspereza de la arena del desierto. Su textura incide en el cuarzo, punzante hasta el dolor. Baja los brazos asustada y su respiración se acelera. Tal vez necesite una ducha, crema hidratante, sales de baño. No hay motivo para asustarse. Al fin y al cabo, su cuerpo ha estado muy descuidado en lo que a estética se refiere en el hospital. Solo tiene que recuperar su aura y desembarazarse del olor a anestesia, leche materna, desinfectante y enfermedad que la envuelve desde que le dieron el alta.

Tres días más tarde empieza a inquietarse de nuevo. El olor a hospital ha desaparecido, pero el suyo, su aroma personal, no está. Se ha esfumado. Quienes la conocen le dicen que le falta algo. Nadie se ha dado cuenta todavía. Nadie se ha acercado lo suficiente para descubrirlo, pero la realidad es que ha perdido una de sus señas de identidad. No gusta de usar perfume. Su cuerpo, el sudor resbalando por los ángulos de las articulaciones, la respiración pausada cargada de dióxido de carbono con la proporción de helio exacta, su aliento, mezcolanza de arándano y tabaco agrio, era capaz de excitar hasta la pituitaria más dormida. Eso ha desaparecido. Y su tacto no es el mismo. Da igual cómo trate su piel, porque el tacto inicial no está. ¿Será eso lo que ha favorecido la desaparición de su olor?

A la semana se atreve a coger su bici, una antigualla de 1979 de 20 kilos que había pertenecido a su tío. Baja al centro de la ciudad, recorre rápidamente cinco kilómetros sorteando parejas que pasean tranquilamente, familias que van al cine y niños que practican patinaje en el boulevard. El sol de la tarde incide sobre ella, y es cuando se da cuenta de un hecho que hace que frene la bici en seco y mire al suelo fijamente. ¿Dónde está su sombra? Parece que la bici la llevara un fantasma, un ente invisible. Empieza a gesticular despacio, para ver si logra proyectar alguna sombra en el adoquinado, pero no logra conseguirlo. Se queda inmóvil sobre el sillín, con los dos pies en el suelo mirando fijamente el lugar donde debería estar su figura recortada por los rayos solares. No es capaz de volver a casa hasta que ha anochecido, cuando la luna es demasiado discreta para desvelar la inmaterialidad de los átomos que la componen. Los gatos callejeros le maúllan enfurecidos a su paso y los búhos detienen su quedo ulular.

Al llegar a casa, deja la bicicleta junto al aparador y corre a su habitación a mirarse en el espejo. Su imagen le devuelve la mirada. ¿Por qué el espejo si recoge su figura y el sol la traspasa? Su vecino de pronto pone el tocadiscos y su cuarto se inunda de música. Qué ironía. Suena Strauss. Una ópera. Una ópera de tres actos que a partir de ahora no volverá a significar lo mismo para ella: La mujer sin sombra.

A la mañana siguiente tiene unas ojeras profundas que enmarcan sus ojos. No ha podido dormir en toda la noche. El sol sigue ignorando su figura cuando se detiene frente a la ventana. Y grita de frustración. O lo intenta. Porque de su garganta sale un sonido ronco, estertóreo, apagado. Se ha quedado sin voz. Corre junto al espejo y se examina la garganta, temblando de puro pánico. Pero su reflejo no imita sus movimientos. Su reflejo le sonríe de una forma inquietante, malévola. Ella empieza a tirarse de los pelos y se arranca varios mechones. Es entonces cuando coge el despertador de la mesilla de noche y lo estrella contra el espejo, que salta en mil pedazos. Varios cristales la golpean en la cara y le hacen cortes superficiales. Pero ella no sangra.

Entonces aparece su doppelgänger, liberado del espejo. Él tiene su aroma, su voz… seguramente su tacto y proyecta su sombra, la sombra que a ella le había pertenecido, sobre la cama. Él tiene su sangre, su cuerpo. Y por fin, ahora, su alma. Ella desaparece y el doppelgänger absorbe sus últimos vestigios de vida humana.

Muy lejos de allí, en el hospital, los médicos ceden las posesiones de la joven a una organización de caridad.

-Pobre chica –comenta una enfermera que la atendió de primera mano – lleva cuatro meses muerta y nadie ha sido para recoger sus pertenencias.


04 abril, 2010

Los miedos del escritor


El escritor que llevaba media vida escribiendo estaba decepcionado, ultrajado, humillado por su inspiración. Doce novelas inconclusas, siete antologías incompletas, cien ensayos edulcorados, seis relatos de pésima redacción y tres cartas tiradas al fuego. Se salvaban cinco poemas, uno de los relatos, dos ensayos y algunas ideas sueltas de las novelas. Ya está. Para qué nombrar las cartas.

¡Toda una vida escribiendo para eso! Pero lo peor de todo era que, aunque siempre había deseado ser novelista, se había encontrado con que tenía mucha más facilidad para hacer poemas. Así que había dejado un poco de lado las aspiraciones noveleras y se había decantado por la poesía. Es más, él se presentaba como poeta. Pero, qué terrible. Solo cinco poemas se salvaban para él de sus siete antologías, unos 2093 poemas en total. Inconclusas todas ellas, claro está. Él definía una meta, por ejemplo: Una antología de 350 poemas. Pero después, cuando había escrito 287, descubría errores garrafales en los anteriores y pensaba que se había molestado en escribir pura basura. Y empezaba otra que fracasaba estrepitosamente al cabo de las semanas. Por eso había comenzado con los relatos. Estadísticamente era lo que mejor se le estaba dando. Eso sí que era una tragedia. No solo no conseguía escribir una novela, sino que se había dedicado a la poesía la mayor parte de su vida y a los ensayos, para que ahora, lo que se le diera bien fueran los relatos. ¡Qué ultraje!

El escritor se desesperó cuando recontó y repasó su obra, y cayó en una crisis de identidad. ¿Qué clase de escritor era? Había intentado ser polifacético y solo le habían salido unas cuántas cosas bien. Pero ¿eso le daba derecho a proclamarse poeta? ¿Novelista? ¿Ensayista? ¡No! ¿Qué era un escritor, el que escribe o el que escribe bien; o el que escribe mucho, escribe bien y, además, le publican? ¿O el que aunque no escriba mucho, escriba bien? ¿Publicado o sin publicar? Porque no le cabía en la cabeza la noción de escritor que escribía mucho, mal y encima, era un desconocido.

Casi se echó a llorar cuando cayó en la cuenta de que, si llegaba otro más avispado, más inspirado o vaya usted a saber qué más qué, que escribiera en dos meses lo que él había conseguido en media vida y que lo hiciera mejor que él, era quien debía llamarse escritor. Él solo era un pelele, un personajucho con pretensiones de escritor que había escrito tres cosas bien porque, después de tanta práctica, algo bien le tenía que salir. ¡Qué tragedia! ¡Qué tragedia!

¿Dónde está el límite para un escritor de lo que está bien y lo que está mal? ¿Quién lo marca? ¿Cuáles son las pautas para escribir bien? ¿Es como un baile? ¿Aprendes los pasos y ya está? ¿Es cuestión de cuna? ¿Nace el escritor o se hace? ¿O las dos? ¿Cuál es el misterio de ambas?

Y entonces, el escritor… o el no-escritor, o el que escribía, o el que no escribía, o el escribiente que escribía cosas malas, o buenas, o el tonto que jugaba con el lápiz o vaya usted a saber quién, cayó en una espiral de interrogantes y se volvió completamente loco.


02 abril, 2010

Diario de una relación virtual


Día 1

Fíjate. Estás en mi pantalla, solo eres un montón de unos y ceros. Quién diría que tienes una correspondencia real con tu imagen virtual.

Día 2

Qué guapo estabas ayer. Cuando te acercaste a mí y decidiste compartir tu sangría conmigo casi no me lo creí. Y al guardar mi número en el bolsillo de tu pantalón, estuve segura de que lo nuestro había sido un gran inicio. No hay nada como comenzar una conversación con el que sabes que va a ser el amor de tu vida. Todo zumba a tu alrededor. Y eso que solo eran las 10:24 de la mañana. ¿Me estaré equivocando contigo? Iré a consultarlo con mi terapeuta, ese gigantón tan simpático y megaguay. Al pobre le sobran unos cuantos kilos, pero es una persona realmente “bital”.

Día 3

Mi terapeuta dice que contigo todo va viento en popa. Si no me cierro a nada, podré maximizar los resultados de nuestra primera cita.

Día 4

La noche de ayer fue fantástica. Quiero copiar y pegar tus besos por todo mi cuerpo y no desenchufarme nunca de ti.

Día 8

Nuestra relación es un interrogante constante. A veces quisiera poner en cursiva tus silencios y en negrita tus sonrisas.

Día 9

Quiero beber la sangría de tu boca, tintarme las manos con tus impresiones sobre aquello que te rodea. ¿Qué sientes al teclear mi cuerpo?

Día 13

Siento comer demasiado. No puedo con nuestras discusiones. Fuiste muy duro cuando me dijiste que estaba perdiendo la línea. Eso consigue agriar mi conexión contigo.

Día 14

¿Me perdonas? F5.

Día 16

¿Por qué has reiniciado tu contacto con tu vecina del quinto? ¡¡Si se pasa el día gritando por la Ventana!!

Día 20

Deja de justificar tus acciones. ¿No ves que yo ya te he alineado a la izquierda en mi vida? O te reciclas, o te elimino para siempre de mi agenda.

Día 23

¿Crees que no veo el tamaño de tus errores? Sé que te has cansado de beber de la misma fuente. No quiero volver a tener una sesión contigo. No tienes control. Siempre fuiste demasiado altivo. Quedas suprimido.

Día 24

Relación cancelada.


El Gato Negro *


*Dedicado a Edgar, gato
y a Edgar Allan Poe, escritor

Tengo un gato, un gato negro que espero encontrar en mi tumba algún día.

Mi gato gusta de tumbarse al sol, panza arriba o panza abajo, da igual. El caso es que le gusta tomar el sol, como las lagartijas verdes. Verdes como sus ojos, verdes. Verdes, como sus ojos verdes. Inquieto, mira por la ventana los pájaros pasar y les dedica débiles maullidos desde su cojín y yo me pregunto qué estará pensando.

Mi gato es ágil, silencioso como un gato, sí… y maúlla. Maúlla a todo. A la puerta, al sillón, a las palomas que pasan por el balcón. Me maúlla a mí para que me despierte, para que lo atienda o simplemente para hacerme saber que está ahí. Cuando entro por la puerta, yo también lo saludo para que sepa que estoy ahí. Es lo que hacen los amigos.

Mi gato tiene alma de poeta y a veces se sube a la silla del comedor, mira por la ventana y se pone melancólico. Quieto, parece una estatua, un monumento a la serenidad. Yo admiro a mi gato.

Mi gato quiere ser escritor. A veces se pasea por el teclado de mi ordenador, juguetea con su pantalla. Mi gato quiere comunicarse con el mundo y no sabe cómo hacerlo. Mi gato quiere entender el mundo y no puede hacerlo. Creo que también gusta de libros o simplemente le hará gracia verme concentrada en una cosa concreta mientras él se tumba a mi lado y posa su cola sobre mis piernas, para asegurarse de que estoy ahí. Utiliza sus uñas contra todo, menos contra mí. Tiene nobleza de caballero, aunque tenga personalidad de pícaro.

Mi gato entiende de soledad. A veces se siente solo y a veces me siente sola. Entonces viene y se acerca a mí, implorando que lo acaricie. Otras veces es, como yo, un solitario. Gusta de la gente, pero solo durante unas pocas horas al día. El resto del tiempo no quiere que le molesten. Si me levanto súbitamente del sofá que estamos compartiendo lo entiende y me espera hasta que vuelva.

Mi gato, cuando se sienta conmigo, me da la espalda y a mi espalda se dispone –siempre teniendo un punto de su cuerpo en contacto conmigo- y ronronea. Es como si me dijera: cúbreme las espaldas, que las tuyas ya están cubiertas.

Acerca su nariz a mi rostro y me olisquea. Yo cierro los ojos y lo dejo hacer. Soy consciente de que esos son los momentos más íntimos que compartimos, igual que cuando junta su nariz con la mía. Es su forma de demostrarme que, pese a todo, confía en mí. Y yo, pese a todo, confío en él.

Mi gato grita en silencio, me llama en silencio, llora en silencio, sonríe en silencio. Es asombroso cuánto nos parecemos en algunos aspectos. Ninguno de los dos hablamos en el idioma común de las personas. Quizá por eso nos entendemos.

Espero encontrarme a mi gato un día en mi tumba... O que me encuentre él a mí en la suya.

01 abril, 2010

De futuro y Spleen


Yo era una de esas mujeres que se habían encontrado bajo el maligno influjo de la crisis del 2010. Era hija de una generación desagradecida en los días más caóticos del mundo. No poseía nada más que mi cabeza, mi temple y mi orgullo. Bueno, y unos cuantos cachivaches más, a saber: el recuerdo de una media luna, una camisa roja deshilachada, un sombrero con el ala torcida y un vaso de cristal, que realmente no era de cristal, y tampoco tenía agua.

Me había visto empujada, como muchas personas sin hogar, a mendigar en las calles. Yo antes era músico. O música. Lo éramos todo: la música y yo, su músico. O su música. Vaya usted a saber.

Tenía un violín. No era de los mejores. “De los mejores” en materia de instrumentos musicales significa “de los más caros”. Y no, mi violín no era de los más caros. Tampoco era de los mejores. Pero yo lo quería. Lo tuve que vender. Era o mi violín o yo. Si hubiera tenido que elegir entre la música y yo, hubiera tenido que morirme yo, porque no hubiera podido permitir que se extinguiera la música. Pero era mi violín lo que estaba en juego, no la música; de modo que lo vendí para proteger a la música. O al músico. Siempre odié que los diccionarios limitaran mi creatividad.

Con el dinero compré varias botellas de vodka y un poco de pan para calmar el hambre. Los mendigos suelen hacer esas cosas: comprar pan y vodka. O quizá no compren vodka, pero sí cualquier otro licor. Realmente lo de comprar vodka era uno de los pocos esnobismos que aún conservaba. No es que fuera una viciosa. Los mendigos tampoco lo son. Pero con el vodka podías evadirte y entrar en calor. Ya decía Baudelaire que nos embriagáramos: de vino, de sexo, de poesía… de lo que fuera, pero que nos embriagáramos. Y yo le hacía caso al maestro de la decadencia, por supuesto.

Yo vagabundeaba por las calles, esplínica como cualquier poeta –o poetisa, que las poetisas sí que estamos siempre malditas, que para empezar, ni se nos conoce- maldito del XIX, y me dirigía a mis clientes diciendo: “Señor, ¿quiere volver a enamorar a su esposa? Puedo hacerle unos versos magníficos”. O bien: “Señora, ¿está aburrida de ver “tele-novales” en la televisión? Yo tengo aquí el antídoto perfecto”. Y en ocasiones, cuando pasaba mucha hambre y sed, lloriqueaba a la desesperada: “Por favor, señor. Cómpreme un puñado de palabras. Le daré las que quiera. Como quiera. Cómpreme mis palabras, señor, por favor. Tengo mucha hambre. Tengo palabras poéticas, refinadas, malsonantes, prófugas, ilícitas, apabullantes, rectilíneas, vergonzosas, amargantes, perfumadas, ácidas, defensivas, infundadas, intelectuales, barriobajeras… Tengo todas las palabras que usted quiera. ¿Cómo las quiere?”

Y al final me rendía, porque mis labios despertaban más admiración que mis versos. Y por ello mis besos se cotizaban mejor en el mercado negro. O en el blanco. En cualquier mercado. Lo intenté con la prosa para no caer más bajo. Pero a nadie le interesaban mis historias inventadas. Solo mis besos.

Así que me disfracé de hombre y me autodenominé Fernando Neocaballero* para poder vender mis versos. Qué estupor. Mis versos se vendían en el mercado negro y a mí no me llegaba ni para un chinchón.

¡Y yo que pensé que el Spleen en poesía, en narrativa y en ensayo, por ser cosa de siglos pasados, se cobraba caro! Y claro que caro se cobra, pero a nosotros no se nos paga bien, los maltrechos y cabizbajos autores. El Spleen nos pasa factura a todos, y más ahora en el siglo XXI.

De momento me he hecho amiga de un gato, que aunque no entiende mis versos, los escucha mientras está adormilado. La crisis nos ha hundido a todos. ¡Y los esplínicos siempre seremos los más maltratados!


31 marzo, 2010

Amor minusválido


Aurelio me llama por mi nombre, y me mira fijamente.

-¡Deja de gritar, Aurelio! –exclamo yo a mi vez, – ¡deja de gritar ahora mismo mi nombre!

Aurelio se calla por unos instantes, y me mira fijamente. Aurelio me hace gracia. Tiene nombre y complexión de romano. Hasta se mueve como uno de ellos. Pero Aurelio no es romano, es judío. Es judío y toca el arpa. Aurelio, que parece un romano, pero es judío y toca el arpa, es, en realidad, mudo. Y aún así, grita mi nombre. Claro que lo grita. Lo grita tan alto que veo las letras que lo componen resbalarse por sus ojos, salpicar su saliva y rodearme con dulzura.

Aurelio es mudo, pero yo lo quiero. Lo quiero con un amor silencioso. Nadie más lo sabe, ni siquiera mi novio, pero Aurelio sí lo sabe aunque sea mudo y mi amor por él, sordo. Pero con que él lo sepa, me basta.

Aurelio antes no era mudo. Siempre ha tenido la boca muy grande y, cuando podía hablar, se le llenaba de palabras que masticaba y escupía con fluidez. Ahora sigue teniendo la boca muy grande, y se le sigue llenando de palabras, solo que únicamente yo las llego a entender. Pero antes yo no lo quería, quería a mi novio. Pero mi novio ha perdido el interés en mí y por eso me he enamorado de Aurelio. Hablo con mi novio lo mismo que con Aurelio, pero Aurelio sabe expresarse de verdad, aunque no abra la boca. Mi novio, aunque de vez en cuando abre la boca, dice lo mismo que si estuviera callado. O a lo mejor es que yo me he vuelto sorda y ya no sé hablar con los hombres. No sé qué será.

Aurelio me sigue mirando fijamente y me quita una ramita del pelo mientras se ríe. Intenta cogerme de la mano, pero yo retrocedo y lo miro con seriedad.

-No, Aurelio, no. No me cojas de la mano, que tengo novio.

Y él me mira con ojos de reproche y se acerca a su arpa para tocarla. Acaricia las cuerdas suavemente y la música me envuelve unos momentos. La melodía se va volviendo cada vez más cadenciosa y obsesiva y consigue que mi corazón se dispare. Aurelio me mira mientras toca el arpa y me dirige una mirada intensa. Mi respiración se acompasa con mis latidos. Estoy perdiendo el control.

De pronto me levanto y Aurelio interrumpe su música.

-Lo siento, tengo que irme. En seguida vuelvo.

Y Aurelio fija en mi figura sus ojos tristes mientras me alejo.

El amor no es solo es ciego, sino mudo y sordo. Así que voy a romperme las piernas bajando por las escaleras para que pueda merecer a Aurelio de una maldita vez. Aunque luego tenga que volver a su casa arrastrándome con los brazos, sabré que por fin podemos estar juntos. Al fin y al cabo, Aurelio es el hombre más perfecto que conozco. Y quien diga lo contrario ve, escucha, saborea, habla y siente de la manera equivocada.


30 marzo, 2010

La camisa azul


Tu camisa azul me mira desde la silla. Podrías haberte dejado el pijama, que siempre huele a ti. Podrías haberte dejado tu colonia para rociar con ella cualquiera de mis vestidos. O una de tus muchas fotos que llevabas en la cartera porque “siempre hacen falta cuando rellenas papeleo”. O tu mechero, que me recordaba a las tardes en las que mirábamos el río metidos en aquella cabaña perdida en las montañas mientras se consumía el tabaco poco a poco. O tus discos de The Libertines que conseguí aprenderme palabra por palabra, acorde por acorde, a pesar de que por aquel entonces no tenía ni idea de música, ni de inglés.

Pero solo me has dejado tu camisa azul. Y tu camisa azul no huele a ti. Me imagino que la lavaste no hace mucho y la dejaste encima de la silla para que se secara, y se te ha olvidado. Siempre odiaré tu camisa azul. Te sentaba muy bien, no creas que la detesto por una tontería estética. La voy a odiar eternamente, porque ahora soy yo la que se marcha a un nuevo apartamento desde cuya ventana siempre se ve el mar. Me he prometido estrictamente que no dejaré ninguna huella tuya en mi vida, salvo nuestros recuerdos. Y, aunque voy a quemar tu camisa azul en la chimenea de la sala de estar, sé que cuando mire el mar, tan azul, desde mi nueva ventana, siempre recordaré que te dejaste tu camisa. Y eso me hará recordarte. A ti. A ti y a todo lo que eso implica. Y lo peor de todo es que ni siquiera tendré tu olor para torturarme.

Porque te has dejado la maldita camisa azul.