10 mayo, 2012

El mito de las dos Españas*

*Se me pidió una entrada acerca de que los jóvenes de ahora no nos sentimos identificados con el tema de las dos Españas, que eso es algo del pasado que nada tiene que ver con nosotros. He aquí la entrada que he hecho sobre ello. Además, así aprovecho y lo entrego en las jornadas marxistas, ya que se nos ha pedido que hagamos un ensayo de tema político.


Nací en 1990 en Asturias, en el seno de la mal llamada democracia. Crecí sin que me faltara de nada, en un ambiente que, sin ser opulento, califico de abundante.

Recuerdo conversaciones que tenía con mis amigos, con mis compañeros de clase, en plena adolescencia. Estábamos descubriendo el mundo y por supuesto, la política formaba parte de él. Sin embargo, ninguno de nosotros tenía otra cosa clara de la política aparte del hecho de que era un rollo. Por aquel entonces no comprendíamos el alcance de lo que esta esfera significaba en nuestra vida cotidiana. Había cosas mucho más interesantes que hacer en esos días: ir al cine, salir de marcha, conseguir el número de móvil de aquella persona que nos gustaba...

A pesar de ello, como nuestras charlas eran muchas, no pudimos evitar que saliera a colación en más de una ocasión el tema de las dos Españas algo que, debido a nuestras paupérrimas clases de Historia en cuestión de información y a que en nuestras casas no se hablaba sobre ello, no sólo nos chocaba, sino que veíamos como algo muy lejano.

Para nosotros las dos Españas era un mero tema político que el patético bipartidismo español se lanzaba a la cara a la mínima de cambio. ¿Dos Españas? ¿Qué era eso? ¿No se había olvidado todo con la Transición? ¿A qué venía? Nosotros éramos hijos de la democracia y remover cosas que no entendíamos nos hacía sentir inseguros, por lo tanto, preferíamos no hablar de ello.

Era una opinión prácticamente unánime el pensar que nosotros habíamos superado esa etapa y que ahora tocaba centrarnos en el Estado de Bienestar, el lugar donde llevábamos viviendo toda nuestra vida.

Por afán de aprender, servidora se empezó a informar sobre el tema en cuestión porque en parte sentía curiosidad y porque en parte tenía familia de una de esas dos Españas que tenía mucho que decir. Yo sólo tenía una vaga idea de que la dictadura había sido horrible, pero no entendía ni cómo ni por qué se había desarrollado todo aquello. Hay una cita por ahí cargada de razón que dice que si no conoces tu Historia, estás condenado a repetirla. Creo que parte de lo que está ocurriendo en nuestro país, a día de hoy, es debido a ello.

Formo parte de una generación que sabe muchas cosas, pero que no entiende nada. Vivimos en la era de la información, somos los españoles más preparados de la Historia... pero vamos a repetir, error por error -si no somos inteligentes, claro- lo que pasó en los años treinta. En mi opinión hay una ruptura clara entre nosotros y aquellas personas que vivieron las dos Españas en su propia piel. Debido a que no es un tema agradable, debido a que hay muchas heridas que siguen sangrando y es doloroso hablar de ello, debido a que aún hay personas que tienen miedo de hablar de todo aquello por la fuerte represión, debido a que nuestros mayores han confiado en que fueran los libros y no ellos quienes nos contaran lo ocurrido, mi generación ha perdido el conocimiento que la tradición oral podría haberle otorgado. Y nos hemos quedado, de alguna forma, huérfanos de Historia -y, por lo tanto, de héroes como modelo a seguir-.

Sin embargo, a pesar de todo, hay quien no olvida y no sólo eso, sino que además ha transmitido su ideología paso por paso a su descendencia. ¿Y quién tendría tanto interés en que la tradición perviva, en que un sistema injusto como es el actual se siga manteniendo? Ésa es la burguesía española.

La derecha, que debe a la ignorancia del pueblo su continuidad, se ha asegurado muy bien de transmitir a sus vástagos las formas de opresión necesarias para pervivir y el sentimiento de odio hacia aquellos que no son sus semejantes.

La izquierda se ha visto abandonada no sólo porque quienes creían en ella han mantenido su silencio, sino porque además, en el símil de democracia actual no hay cabida para un verdadero partido mayoritario de izquierda. Los que se declaraban marxistas ya no lo son tanto y donde dije digo, digo Diego. La población que deseaba una sociedad más justa, donde el pueblo gobernara para el pueblo, se ha visto profundamente decepcionada por algunos partidos que no han sido fieles a la supuesta ideología que defendían. Empero, la derecha se ha mantenido cual garrapata anclada a su ideal.

De este modo, a día de hoy, tenemos una burguesía que sigue siendo tan fuerte como lo era hace ochenta años, con el agravante de que quienes pueden pararle los pies están tan imbuidos en la ignorancia que el propio sistema educativo ha mantenido sobre sus conciencias, que muchos congéneres míos siguen dormidos. Ahora mismo están deseando que la crisis pase, como si fuera una tormenta incontrolable y no hubiera unos claros responsables de la situación de desamparo y pobreza en la que la ciudadanía se va hundiendo poco a poco.

Necesitamos despertar. Necesitamos que el pueblo proclame no sólo las injusticias que el sistema perpetra contra la ciudadanía en la actualidad, sino aquellas que ya padeció en su momento y que tienen un claro riesgo de volver a repetirse.

El supuesto mito de las dos Españas, no sólo no es un mito, sino que es una realidad tangible aquí, ahora. A mí no me gusta definirlo como “de las dos Españas”, porque parecería que simplemente nos dividen dos visiones de la vida éticamente aceptables por igual, como si el rojo y el azul fueran meros colores aleatorios sin ser ninguno mejor o peor, como si ambos tuvieran el mismo sentido de justicia.

La nuestra es una Historia de opresores y oprimidos, de burgueses que se nutren de la sangre del pueblo de forma literal y a cualquier precio. Es una Historia de reyes, de Grandes de España, de caciques y señoritos que parasitan a millones de personas. Es una Historia de matar al que tienes en frente si hace falta con tal de perpetuar el sistema, de aplastar de un golpe -de Estado, militar, cuya consecuencia fue una dictadura criminal- la voluntad de todo un país en defensa de los intereses de unos pocos.

A veces, ser imparcial o indiferente significa ser cómplice aunque sea de forma inconsciente.

Si quieren mi opinión, España sólo hay una y será lo que los trabajadores queramos que sea a base de sacrificio, lucha y esfuerzo... o no será.


07 mayo, 2012

Reflexiones personales, provocadas por la puesta de sol y las jornadas marxistas

Soy anarquista, ese es mi problema. Soy una anarquista que sabe que el anarquismo no funciona ni lo hará en este mundo a escala global. Soy una anarquista que quiere profundamente que la dejen en paz, el Gobierno, las empresas, la sociedad. Soy una anarquista que se apasiona profundamente con la política porque quiere carecer de ella y desde mi posición trato de asirla con las manos y darle vueltas para ver qué puedo hacer con ella, sin resultado.

Soy una anarquista convertida al socialismo, al socialismo marxista. Porque ya que somos siete mil millones de personas en el planeta y no podemos caminar sin tropezarnos las unas con las otras, tendremos que funcionar de alguna manera. Y es que somos una plaga.

Me cabrea pensar que muchos queremos lo mismo, pero somos incapaces de ponernos de acuerdo. Me cabrean los listos, los que quieren pasar por encima del resto aunque tengan que dejar cadáveres tirados a su paso.

Si somos unos salvajes, comportémonos como tal. Anarquismo, y aquí paz y después gloria.
Si no lo somos, comportémonos como seres racionales. Democracia y socialismo.
Y si somos medio salvajes, medio racionales, aprendamos a lidiar con ello.
Pero no vale acogerse a reglas racionales para después comportarse como un salvaje.
Si vamos a jugar, juguemos todos a lo mismo.

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Hay que ver la cantidad de gente con discurso de derechas que ha ido a las jornadas, muchas no pasan de los 25. No me extraña que en Grecia el partido nazi tenga 21 diputados. Vamos hacia atrás. Espero que quede sitio para mí en Argentina.

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A veces a las personas se nos olvida que somos personas. El odio nos ciega y cometemos actos terribles. Ante este hecho podemos optar por responder con la misma moneda o por el contrario, hacer un ejercicio de sabiduría infinita y no convertirnos nosotros en verdugos del verdugo. El equilibrio moral a menudo es frágil y lo que apoyamos, nos desacredita.

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El arte de vivir es saber rodearte de belleza. La belleza es cambiante y efímera. El arte de vivir consiste en conseguir que aquellas cosas que no son hermosas, consigan ser bellas, y que aquellas cosas que son bellas, se mantengan así. Por lo tanto, el arte de vivir es un tira y afloja constante, es decir, un despropósito. Pero como buen despropósito he de decir que es realmente bello.

Mi pasión por las fieras

Decía Anatole France eso de "hasta que no hayas amado un animal, parte de tu alma permanece dormida".

A mí me costó despertar porque en casa de mis padres un animal tiene una consideración parecida a la de cualquier objeto y a pesar de mi curiosidad innata hacia los animales y, en general, hacia todo tipo de forma de vida, siempre se me puso límites a la hora de incorporar cualquier compañero a mi casa. Tanto es así, que la mayor frustración de mi infancia fue no tener jamás un animal longevo como un gato o un perro, ya que a mis padres eso les parecía una carga. Tuve muchos pequeños animalitos, de los que recuerdo todo: sus nombres, sus peculiaridades, lo que me hacían sentir... y lo mucho que me fueron entristeciendo, una a una, cada una de sus muertes. Hasta la de mis peces, que tienen fama de no hacernos llorar cuando se van.

Yo desperté cuando me fui de casa de mis padres, gracias a un gato que a día de hoy sigue conmigo. Creo que llegar a comprender a un animal tan sensible como un gato me ha llevado a mí también a sensibilizarme. No puedo mirar a un gato callejero sin tener el impulso irrefrenable de detenerme a ver cómo está, si puedo hacer algo por él, porque comprendo mucho mejor su sufrimiento. Pero no me ocurre sólo con los gatos, sino también con otros animales -personas incluídas-.

Eso me ha llevado a tener un total de cuatro gatos, un agapornis y ahora también, una coneja enana. Todos ellos, salvo el agapornis, con historias de abandono detrás -sí, incluso la coneja, a la gente le da igual la especie a la hora de dejarlos en la calle-. Como los tengo, en mi familia soy una especie de excéntrica -que ya lo era, sólo que parece que esto lo ha acentuado más si cabe-. A algunos les divierte, a otros les escandaliza y otros opinan que sencillamente se me ha ido la cabeza. La etiqueta típica de loca de los gatos ya la tengo puesta. Mis padres confían en que un día de estos me dé un ataque de "sentido común" y les busque a todos una casa, como debe ser, y yo me dedique a algo más convencional como hacer un máster en el extranjero, conseguir un trabajo bien remunerado y aceptado socialmente, y terminar con un par de críos que crezcan lejos de la influencia de los animales. El horror.

Pero yo no puedo abandonarlos, ni buscarles otra casa. Han crecido juntos y el día que tengan que morir, lo harán en mi casa. Y sí, yo me pondré muy triste porque habremos compartido muchos años y muchas cosas, ¿pero acaso no habrá valido la pena? ¿Qué pensarían de mí ellos si cuando los encontré hubiera pasado de largo, como todo el mundo? ¿O si de repente los dejara en una casa extraña y no volviera nunca más? Para ellos yo marqué la diferencia un día, ellos marcan la diferencia conmigo todos los días. El quid pro quo me parece justo, aunque tenga que llorar su muerte y enterrarlos cuando llegue el momento. Vivir con fieras hace que no pase ni un solo día sin que sonría con sus ocurrencias. Y sí, me dan trabajo, pero dicen que sarna con gusto no pica. No los cambiaría por nada.

Ojalá todas las personas tuvieran la oportunidad de crecer junto a un gato o un perro. Son los mejores maestros, te ayudan a entender todo lo demás. Probablemente las personas nos entenderíamos mucho mejor entre nosotras porque habríamos aprendido de ellos.

Tal vez un día un gato o un perro perdido os llame en la calle y será vuestra oportunidad para deteneros, ayudarle y tal vez incluso darle un hogar que otro le ha negado. Ese día cambiaréis irremediablemente y no volveréis a ver las cosas del mismo modo. Seréis necesariamente más sabios, más despiertos. Las protectoras de animales están llenas de pequeños ángeles con pelo esperando una oportunidad... y deseando de daros la vuestra.

Es un compromiso para toda la vida, años de esfuerzo y dedicación, de entendimiento mutuo. Nadie sabe a ciencia cierta qué significa todo esto hasta que convive con un animal y entonces, sucede.

Mi pasión por las fieras está aquí para quedarse, le pese a quien le pese. Tal vez algún día mi excentricidad se vuelva normalidad porque la sociedad española por fin habrá abierto los ojos, pero para ello tendremos que haber avanzado mucho. A día de hoy todavía mueren en nuestras carreteras miles de animales y tenemos una ley ridícula para castigar los casos de maltrato animal. Sólo hay que ver la fiesta "nacional". Y sin querer detenerme más en esto, porque me toca la fibra sensible, veo bien terminar con otra cita:

La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por el modo en el que se trata a sus animales.
Gandhi.

06 mayo, 2012

Corto-metraje


Cortas.

Cortas.

Me cortas,

me detengo.

Se acortan

tus pasos

por el suelo.

Recortas

mi esperanza

y mis sueños.

Corta,

corta

como la mujer

del peluquero.

Me ato en corto

como el corzo,

como el perro.

Corto,

corto

el presidente.

Fin del film

de la escena

de las letras,

fin del tiempo.

Cortos,

cortos

los cafés

y los minutos

por el frío,

por la sed;

como en tus labios

como en los míos.

Cambio...

y corto.


28 abril, 2012

No quiero ser normal


El primer pecado que cometí

fue nacer en minoría

sola en un hospital

sin amigos, ni familia.


Mi madre siempre me decía

“fíjate bien, tienes que ser

como las demás niñas:

mirar únicamente hacia el suelo

vestir de rosa,

peinarte todos los días".


Completé todo el programa,

saqué las mejores notas

iba camino de convertirme

en una cáscara vacía.

Perfectamente normal.


Un día el camino se truncó

no sé cuándo ni dónde,

sólo escuchaba una voz en mi interior

que me decía algo no va bien en ti,

no eres como las demás.


Fingí ser una señorita,

tomaba el té con una sonrisa

y miraba a los demás con simpatía.

Mientras, dentro de mí,

sólo escuchaba a la voz

pidiéndome a gritos

que escapara de allí.


Las losas de la costumbre

caían sobre mí.

Decidí no sonreír,

vestir camiseta corta y pantalón,

buscar en los mapas mi lugar

dar lumbre a mis sueños,

pensar que no había nada malo

en que algo fuera imperfecto.


Mamá, le dije,

lo he intentado todo,

pero no puedo ser normal.

Ella me miró con decepción

y nada dijo.


Algo se encendió dentro de mí,

ya no volví a ser la misma.

A base de romper mis alas contra una pared

descubrí que las tenía.


No sé cuánto vagué

en busca de una respuesta.

Todos esos años

siempre equivoqué la pregunta.


Los arañazos, las piedras,

la sangre manchando

mis ya de por sí rojos labios.

Viajé montada en una estrella

con destino de cometa,

que perdía su cola helada por momentos.


Aterricé en mil planetas.

Comí, bebí, me asusté.

Navegué por el cielo

y tropecé con Ulises,

pero él me confundió con una sirena.


Me encerré en un palacio,

en lo más alto de la torre

a la espera de que nada pudiera hacerme daño.

Me sentí protegida.

Dentro de mí, la voz gritaba

corre, te has refugiado

en el laberinto equivocado.


Me levanté una vez más,

desnuda y ahíta,

sacudiéndome los escombros,

llena de frío, de hambre, de sed.

La libertad ondeaba ante mí.

Sólo tenía que alargar la mano y cogerla.


Al volver a casa

victoriosamente fracasada

me miré al espejo

y me reconocí.


Mamá, le dije a mi reflejo,

ya no quiero intentar nada.

Mi voluntad se expresa firme

ante quién soy, y ahora te digo

que no quiero ser normal.

La mujer del espejo me miró largamente

y, sabia como era, me dijo:

Hacer siempre lo incorrecto

es una forma de acertar.


23 abril, 2012

A-salto de planta

Al ser hija de quién soy, visitar la planta de psiquiatría de un ambulatorio es una mera anécdota que se viene repitiendo en mi vida desde los once años. Sin embargo, el que anualmente esto ocurra en dos, tres ocasiones, me sigue llamando la atención. De hecho, ahora más, debido a lo que estoy estudiando.

Entrar en la planta de psiquiatría como Pedro por su casa no es moco de pavo. Al principio me daba miedo. Yo iba a ver a mi madre por cualquier motivo y la planta de psiquiatría suelen ponerla siempre en el piso más alto. Esto a mí siempre me ha hecho mucha gracia, porque suelo pensar que a un loco se le puede ir la cabeza, coger el hacha de incendios, e ir cómodamente asesinando personas planta por planta desde la quinta hasta el sótano. Sin despeinarse.
Y es que a los pacientes de psiquiatría se los quiere bien lejos, donde no molesten, para que no alteren al resto de pacientes no psiquiátricos y se líe la mundial. Y claro, como no es ético meterlos a todos en un sótano para que no los vea nadie, los ponen allí arriba, en lo más alto para poder contenerlos mejor. Además suelen ponerlos con los pacientes de neurología, la mayoría de ellos personas ancianas, que están tan hechos polvo que poco les importa que cualquier colgado se ponga a pegar gritos o se altere.

Cuando era más joven, desfilaba por el pasillo con mucha atención, mirando las caras de los pacientes y tratando de averiguar si había alguno peligroso al que no debía de acercarme. La mayoría de sus miradas eran tristes o estaban como perdidas. También he visto miradas coléricas, miradas cargadas de dudas y miradas llenas de electricidad. Yo me sentaba en la primera silla que veía más apartada y allí me hacía un ovillo, siempre soportando sus miradas llenas de curiosidad. Me imagino que chocaba ver a una chica tan joven allí metida que a los pocos minutos desaparecía escaleras abajo con la psiquiatra.

Luego mi experiencia cambió con el tiempo. Ya no me daban miedo, si acaso me inspiraban tanta curiosidad como yo a ellos. Seguía quedándome apartada, pero esta vez los miraba con atención, tratando de averiguar qué podrían tener: ése tiene pinta de haberle dado a las drogas, ésa de ahí sufre un transtorno nervioso de algún tipo, ese pobre tiene una depresión de caballo, ésa es una maníaca... Hasta el punto de que, a día de hoy, me reto a mí misma para ver qué puedo identificar. Me doy cuenta de que después de cuatro años entre libros de carrera me he academizado demasiado y ahora tengo idealizado al paciente esquizofrénico, al que sufre alzheimer, al enfermo crónico de insomnio... De modo que el visitar una planta de psiquiatría hoy me ha ayudado a darme cuenta de que tengo que volver a tomar terreno. La psicología está ahí fuera, no en los libros.

Para empezar, esta mañana me senté apartada apartadísima de los demás, junto a un cartel que ponía "sin salida" (me gusta ser protagonista de estas pequeñas escenas excéntricas que aparecen de pronto, en mitad de la normalidad).
Identifiqué un claro caso de autismo, que es con el transtorno con el que más experiencia tengo a día de hoy, de un chico que bajó en el ascensor y a los pocos minutos volvió a subir en el mismo. Un autista al que le gustan los ascensores. Los autistas tienen un sentido del humor muy particular. También vi llegar a dos mujeres monísimas de la muerte, de esas que votan al PP, que me preguntaron que qué planta era aquella, así que puse mi mejor cara de loca (decir que yo tenía una pinta horrible, con ojeras, despeinada y sin café) y les dije con un deje ansioso: Es la planta de psiquiatría, con lo cual dieron media vuelta y bajaron las escaleras sin darme las gracias, haciendo resonar sus tacones con cierta prisa. Me reí interiormente. Después una señora que venía con la hermana y la sobrina se puso a gritar como una posesa que a ella el psiquiatra le tenía que dar el tratamiento, que estaba muy alterada y que iba a hablar con no sé quién. La hermana trataba de contenerla y la mujer cada vez gritaba más. Estuve a punto de intervenir, pero afortunadamente terminó tranquilizándose.
Luego, una mujer con su hijo también autista, bajando las escaleras. Y pacientes de neurología a montones, esta vez no tan mayores como otros que he visto, que estaban un poco escandalizados por el numerito de la mujer, la hermana y la sobrina.

Finalmente salió mi madre y yo la seguí muy discretamente, porque no me gusta que sepan que soy su hija.

Mis pruebas clínicas siempre tienen escrito lo de Dpto. de salud mental -por aquello de que las pruebas me las hacen más mis padres que mi médico de cabecera- lo que me hace pensar que si eso se queda registrado en mi historial de alguna forma, cuando tenga que ir alguna vez a un hospital a lo mejor se extrañan al ver que soy una paciente crónica de salud mental desde bien pequeña.

Si es que ser hija de quien soy, a veces es un lastre. Ya me pasaba en el patio del colegio:

-¿En qué trabajan tus padres?
-Pues mi madre es enfermera y mi padre cocinero.

-¿Y los tuyos, Andrés?
-Mi madre es profesora y mi padre taxista.
-Taxista, hala qué guay.

-Pues mis padres son los dos arquitectos.
-¡Anda, como mi tía!

Y me llegaba el temido turno...

-¿Y tus padres?
(Voz casi inaudible)
-Pss... Psiquiatras.
-¿Psiquiatras? ¿Eso qué es?
-Esos... ¿esos no son los que encierran a los locos?
-Mmm...
-¡Como en La Bella y la Bestia, que el loquero quiere encerrar al padre de Bella!
-¡Qué miedo! A mí esa escena me hacía llorar de pequeña... Tenía unas pesadillas por las noches...

Y aquí se hacía un silencio sepulcral, y luego se cambiaba de tema.


...mis padres me deben muchos amigos.


22 abril, 2012

Caracol


Bebo una copa,

bebo otra copa;

miro en el fondo

de la botella

y no hay un genio

en su interior.


En mi sonrisa,

un caracol.


Las margaritas,

los margaritas,

de antiguo invierno

se han marchitado,

no me han dejado

ni un solo adiós.


En tu sonrisa,

un caracol.


Seco mi capa,

mojo tu boca

bajo al infierno,

no rezo a dios.


Casi sin prisas,

un caracol.


Dejo una mueca

toco una tecla

de un piano helado

de la pared.


En mi sonrisa

de caracol.


Si duermes solo

deja una muesca

entre tus labios

de celofán.


En tu sonrisa

de caracol.


Recojo un beso,

quito el perfume,

chupo la savia,

no sé qué hacer.


Son las aristas

de un caracol.


Digo te quiero,

vivo en un coco,

bebo tu ausencia,

abrazo el aire,

dónde estarás.


Son tus sonrisas

de caracol.


15 abril, 2012

Largo domingo de hartazgo


Acabar con todo.

Esa sensación que comienza

en las costillas

y sube hasta la garganta

para inundar los lacrimales

secos y ardientes

de rabia, asco, náusea.

La bilis espumosa

burbujeando en mis entrañas,

a punto de estallar

por cualquier lado,

clavándome las uñas en las manos,

en mis dedos húmedos,

suplicantes de un cigarro encendido.

Sangro, me alimento, lloro,

renazco

en una suerte aciaga

pegada a mis talones

y bolsillos.

Esa rabia que me ahoga dulce

y dolorosamente...

y no me deja respirar.


13 abril, 2012

Cinco pequeñas reflexiones cotidianas

1. Para mi gato, el mayor, mi nombre es Mau. Cuando me llama, su maullido es muy distinto al que utiliza para pedirme de comer o para que le cambie el agua o la arena. Es un maullido diferente al que usa para saludarme por las mañanas o para llamar mi atención sobre cualquier cosa que se la llame a él. A veces me llama por el pasillo. En un intento de vocalizar al modo español las vocales, las pronuncia claramente, haciendo un esfuerzo para ello, consiguiendo que su voz parezca humana. Mau, Mau, me dice, y yo sé inmediatamente que me está pidiendo pasar un rato conmigo, sentarse en mi regazo o acostarse sobre mi escritorio para que lo acaricie mientras leo. ¿Que quiere abrir una puerta? Me llama para que se la abra: Mau, Mauu... y mira la puerta ansiosamente y a mí, de forma alternante. Pero cuando me llama, suele hacerlo para estar conmigo, para pedirme que lo acaricie y pase tiempo con él. Igual que para mí él es Edgar, y cuando lo llamo él aparece por la puerta, él sabe que si me llama Mau, rápidamente aparezco para cogerlo en brazos y dejarle pasar la tarde conmigo.

Los humanos solemos felicitarnos por la exclusiva capacidad de nombrar los objetos; qué poca sagacidad, pues está claro que no es así.

2. Me gusta probar cosas nuevas. El otro día le tocó al tofu. Tofu, tofu, ¿qué narices es el tofu? No tenía ni idea hasta que lo compré. Pues resulta que es leche de soja condensada a la manera del queso, capaz de adaptarse al sabor de aquellas especias o alimentos que lo rodean y con una textura muy peculiar. En Asia es relativamente frecuente; en Europa lo han popularizado los vegetarianos, haciendo que ocupe el lugar de la carne en su dieta. A mí simplemente me gusta, sin ser yo nada de eso.

3. Hubo un tiempo en el que yo era bailarina. Bailarina de verdad, de esas que van al conservatorio y tienen que sufrir durante años cuatro o cinco horas diarias de ejercicios terribles, cinco días a la semana. Tenía una coordinación sorprendente, era capaz de hacer diez cosas a la vez con mi cuerpo, incluso pensar. El otro día, sin embargo, al agacharme para coger en brazos a mi gata me golpeé la frente con la esquina de una encimera. Eso da una idea de la pobre coordinación que tengo ahora, que ni siquiera soy capaz de medir bien las distancias visuales. Quizá por eso me dedico ahora a las peripecias mentales; deben de dárseme mejor, porque no necesito tanto ejercicio. Ahora no soy capaz de hacer diez cosas a la vez, pero al menos sé pensar, sobre todo cuando me dedico a ello en exclusiva; más de lo que muchos hacen.

4. Tengo una agenda en la que apunto cosas que tengo que hacer. No las cosas rutinarias, sólo lo verdaderamente importante. Ahí escribo listas de aquellos libros que tengo que leer, aquellas películas que me quedan por ver, aquellas cosas que debo escribir. Trazo objetivos para estar en contacto conmigo, para que no me pierda en la costumbre diaria. No lo miro con frecuencia, ni significa nada el que no cumpla objetivos dentro de un marco temporal, porque no lo hay. Simplemente está ahí, como un mapa que guía mis pasos. Un espejo en el que mirarme para recordarme quién soy cuando se me olvida.

5. Ha salido un estudio que dice que dos cañas de cerveza o dos copas de vino nos hacen más inteligentes de forma temporal. Si bien la capacidad analítica se ve reducida, la intuitiva se incrementa. Es el mejor momento para resolver acertijos, entonces. Esto lo tenía muy claro, pero ahora los datos lo confirman. De modo que ya saben, señores empresarios, en lugar de máquinas de café, pongan máquinas de cerveza. Nada más insinuante que eso y un cartel que diga: ¿Hoy cómo la prefieres, rubia o morena? Y que el vino tinto y el vino blanco pasen a llamarse vino moreno y vino rubio respectivamente, con su máquina vinatera también. Así no habrá discriminación sexista. Vendrán a quejarse pelirrojos, pelirrojas, castañas y castaños; pero ya sabemos que en genética, el pelirrojo y el castaño son sólo mutaciones del rubio y del moreno. O, como mucho, un árbol de frutos secos femeninos. Y lo que tienen en común la vida basada en el carbono con el alcohol es que ambos arden muy bien.

08 abril, 2012

La doctrina del shock

Creo que en los tiempos en los que vivimos es muy importante no permanecer desinformados, como nos quieren tener, es muy importante ser conscientes de la magnitud de las cosas que nos rodean, de los cambios que existen y de las consecuencias que de ellos se derivan.

Os traigo un documental cuyo visionado me parece fundamental para comprender lo que está ocurriendo con nuestro país, ya que es sólo un síntoma más del efecto dominó que ya ha tenido y sigue teniendo lugar a escala global.

Dura una hora y dieciocho minutos. Abrir los ojos a la realidad bien merece un poco de nuestro tiempo para no deambular después perdidos, perdiéndolo.