28 abril, 2012

No quiero ser normal


El primer pecado que cometí

fue nacer en minoría

sola en un hospital

sin amigos, ni familia.


Mi madre siempre me decía

“fíjate bien, tienes que ser

como las demás niñas:

mirar únicamente hacia el suelo

vestir de rosa,

peinarte todos los días".


Completé todo el programa,

saqué las mejores notas

iba camino de convertirme

en una cáscara vacía.

Perfectamente normal.


Un día el camino se truncó

no sé cuándo ni dónde,

sólo escuchaba una voz en mi interior

que me decía algo no va bien en ti,

no eres como las demás.


Fingí ser una señorita,

tomaba el té con una sonrisa

y miraba a los demás con simpatía.

Mientras, dentro de mí,

sólo escuchaba a la voz

pidiéndome a gritos

que escapara de allí.


Las losas de la costumbre

caían sobre mí.

Decidí no sonreír,

vestir camiseta corta y pantalón,

buscar en los mapas mi lugar

dar lumbre a mis sueños,

pensar que no había nada malo

en que algo fuera imperfecto.


Mamá, le dije,

lo he intentado todo,

pero no puedo ser normal.

Ella me miró con decepción

y nada dijo.


Algo se encendió dentro de mí,

ya no volví a ser la misma.

A base de romper mis alas contra una pared

descubrí que las tenía.


No sé cuánto vagué

en busca de una respuesta.

Todos esos años

siempre equivoqué la pregunta.


Los arañazos, las piedras,

la sangre manchando

mis ya de por sí rojos labios.

Viajé montada en una estrella

con destino de cometa,

que perdía su cola helada por momentos.


Aterricé en mil planetas.

Comí, bebí, me asusté.

Navegué por el cielo

y tropecé con Ulises,

pero él me confundió con una sirena.


Me encerré en un palacio,

en lo más alto de la torre

a la espera de que nada pudiera hacerme daño.

Me sentí protegida.

Dentro de mí, la voz gritaba

corre, te has refugiado

en el laberinto equivocado.


Me levanté una vez más,

desnuda y ahíta,

sacudiéndome los escombros,

llena de frío, de hambre, de sed.

La libertad ondeaba ante mí.

Sólo tenía que alargar la mano y cogerla.


Al volver a casa

victoriosamente fracasada

me miré al espejo

y me reconocí.


Mamá, le dije a mi reflejo,

ya no quiero intentar nada.

Mi voluntad se expresa firme

ante quién soy, y ahora te digo

que no quiero ser normal.

La mujer del espejo me miró largamente

y, sabia como era, me dijo:

Hacer siempre lo incorrecto

es una forma de acertar.


23 abril, 2012

A-salto de planta

Al ser hija de quién soy, visitar la planta de psiquiatría de un ambulatorio es una mera anécdota que se viene repitiendo en mi vida desde los once años. Sin embargo, el que anualmente esto ocurra en dos, tres ocasiones, me sigue llamando la atención. De hecho, ahora más, debido a lo que estoy estudiando.

Entrar en la planta de psiquiatría como Pedro por su casa no es moco de pavo. Al principio me daba miedo. Yo iba a ver a mi madre por cualquier motivo y la planta de psiquiatría suelen ponerla siempre en el piso más alto. Esto a mí siempre me ha hecho mucha gracia, porque suelo pensar que a un loco se le puede ir la cabeza, coger el hacha de incendios, e ir cómodamente asesinando personas planta por planta desde la quinta hasta el sótano. Sin despeinarse.
Y es que a los pacientes de psiquiatría se los quiere bien lejos, donde no molesten, para que no alteren al resto de pacientes no psiquiátricos y se líe la mundial. Y claro, como no es ético meterlos a todos en un sótano para que no los vea nadie, los ponen allí arriba, en lo más alto para poder contenerlos mejor. Además suelen ponerlos con los pacientes de neurología, la mayoría de ellos personas ancianas, que están tan hechos polvo que poco les importa que cualquier colgado se ponga a pegar gritos o se altere.

Cuando era más joven, desfilaba por el pasillo con mucha atención, mirando las caras de los pacientes y tratando de averiguar si había alguno peligroso al que no debía de acercarme. La mayoría de sus miradas eran tristes o estaban como perdidas. También he visto miradas coléricas, miradas cargadas de dudas y miradas llenas de electricidad. Yo me sentaba en la primera silla que veía más apartada y allí me hacía un ovillo, siempre soportando sus miradas llenas de curiosidad. Me imagino que chocaba ver a una chica tan joven allí metida que a los pocos minutos desaparecía escaleras abajo con la psiquiatra.

Luego mi experiencia cambió con el tiempo. Ya no me daban miedo, si acaso me inspiraban tanta curiosidad como yo a ellos. Seguía quedándome apartada, pero esta vez los miraba con atención, tratando de averiguar qué podrían tener: ése tiene pinta de haberle dado a las drogas, ésa de ahí sufre un transtorno nervioso de algún tipo, ese pobre tiene una depresión de caballo, ésa es una maníaca... Hasta el punto de que, a día de hoy, me reto a mí misma para ver qué puedo identificar. Me doy cuenta de que después de cuatro años entre libros de carrera me he academizado demasiado y ahora tengo idealizado al paciente esquizofrénico, al que sufre alzheimer, al enfermo crónico de insomnio... De modo que el visitar una planta de psiquiatría hoy me ha ayudado a darme cuenta de que tengo que volver a tomar terreno. La psicología está ahí fuera, no en los libros.

Para empezar, esta mañana me senté apartada apartadísima de los demás, junto a un cartel que ponía "sin salida" (me gusta ser protagonista de estas pequeñas escenas excéntricas que aparecen de pronto, en mitad de la normalidad).
Identifiqué un claro caso de autismo, que es con el transtorno con el que más experiencia tengo a día de hoy, de un chico que bajó en el ascensor y a los pocos minutos volvió a subir en el mismo. Un autista al que le gustan los ascensores. Los autistas tienen un sentido del humor muy particular. También vi llegar a dos mujeres monísimas de la muerte, de esas que votan al PP, que me preguntaron que qué planta era aquella, así que puse mi mejor cara de loca (decir que yo tenía una pinta horrible, con ojeras, despeinada y sin café) y les dije con un deje ansioso: Es la planta de psiquiatría, con lo cual dieron media vuelta y bajaron las escaleras sin darme las gracias, haciendo resonar sus tacones con cierta prisa. Me reí interiormente. Después una señora que venía con la hermana y la sobrina se puso a gritar como una posesa que a ella el psiquiatra le tenía que dar el tratamiento, que estaba muy alterada y que iba a hablar con no sé quién. La hermana trataba de contenerla y la mujer cada vez gritaba más. Estuve a punto de intervenir, pero afortunadamente terminó tranquilizándose.
Luego, una mujer con su hijo también autista, bajando las escaleras. Y pacientes de neurología a montones, esta vez no tan mayores como otros que he visto, que estaban un poco escandalizados por el numerito de la mujer, la hermana y la sobrina.

Finalmente salió mi madre y yo la seguí muy discretamente, porque no me gusta que sepan que soy su hija.

Mis pruebas clínicas siempre tienen escrito lo de Dpto. de salud mental -por aquello de que las pruebas me las hacen más mis padres que mi médico de cabecera- lo que me hace pensar que si eso se queda registrado en mi historial de alguna forma, cuando tenga que ir alguna vez a un hospital a lo mejor se extrañan al ver que soy una paciente crónica de salud mental desde bien pequeña.

Si es que ser hija de quien soy, a veces es un lastre. Ya me pasaba en el patio del colegio:

-¿En qué trabajan tus padres?
-Pues mi madre es enfermera y mi padre cocinero.

-¿Y los tuyos, Andrés?
-Mi madre es profesora y mi padre taxista.
-Taxista, hala qué guay.

-Pues mis padres son los dos arquitectos.
-¡Anda, como mi tía!

Y me llegaba el temido turno...

-¿Y tus padres?
(Voz casi inaudible)
-Pss... Psiquiatras.
-¿Psiquiatras? ¿Eso qué es?
-Esos... ¿esos no son los que encierran a los locos?
-Mmm...
-¡Como en La Bella y la Bestia, que el loquero quiere encerrar al padre de Bella!
-¡Qué miedo! A mí esa escena me hacía llorar de pequeña... Tenía unas pesadillas por las noches...

Y aquí se hacía un silencio sepulcral, y luego se cambiaba de tema.


...mis padres me deben muchos amigos.


22 abril, 2012

Caracol


Bebo una copa,

bebo otra copa;

miro en el fondo

de la botella

y no hay un genio

en su interior.


En mi sonrisa,

un caracol.


Las margaritas,

los margaritas,

de antiguo invierno

se han marchitado,

no me han dejado

ni un solo adiós.


En tu sonrisa,

un caracol.


Seco mi capa,

mojo tu boca

bajo al infierno,

no rezo a dios.


Casi sin prisas,

un caracol.


Dejo una mueca

toco una tecla

de un piano helado

de la pared.


En mi sonrisa

de caracol.


Si duermes solo

deja una muesca

entre tus labios

de celofán.


En tu sonrisa

de caracol.


Recojo un beso,

quito el perfume,

chupo la savia,

no sé qué hacer.


Son las aristas

de un caracol.


Digo te quiero,

vivo en un coco,

bebo tu ausencia,

abrazo el aire,

dónde estarás.


Son tus sonrisas

de caracol.


15 abril, 2012

Largo domingo de hartazgo


Acabar con todo.

Esa sensación que comienza

en las costillas

y sube hasta la garganta

para inundar los lacrimales

secos y ardientes

de rabia, asco, náusea.

La bilis espumosa

burbujeando en mis entrañas,

a punto de estallar

por cualquier lado,

clavándome las uñas en las manos,

en mis dedos húmedos,

suplicantes de un cigarro encendido.

Sangro, me alimento, lloro,

renazco

en una suerte aciaga

pegada a mis talones

y bolsillos.

Esa rabia que me ahoga dulce

y dolorosamente...

y no me deja respirar.


13 abril, 2012

Cinco pequeñas reflexiones cotidianas

1. Para mi gato, el mayor, mi nombre es Mau. Cuando me llama, su maullido es muy distinto al que utiliza para pedirme de comer o para que le cambie el agua o la arena. Es un maullido diferente al que usa para saludarme por las mañanas o para llamar mi atención sobre cualquier cosa que se la llame a él. A veces me llama por el pasillo. En un intento de vocalizar al modo español las vocales, las pronuncia claramente, haciendo un esfuerzo para ello, consiguiendo que su voz parezca humana. Mau, Mau, me dice, y yo sé inmediatamente que me está pidiendo pasar un rato conmigo, sentarse en mi regazo o acostarse sobre mi escritorio para que lo acaricie mientras leo. ¿Que quiere abrir una puerta? Me llama para que se la abra: Mau, Mauu... y mira la puerta ansiosamente y a mí, de forma alternante. Pero cuando me llama, suele hacerlo para estar conmigo, para pedirme que lo acaricie y pase tiempo con él. Igual que para mí él es Edgar, y cuando lo llamo él aparece por la puerta, él sabe que si me llama Mau, rápidamente aparezco para cogerlo en brazos y dejarle pasar la tarde conmigo.

Los humanos solemos felicitarnos por la exclusiva capacidad de nombrar los objetos; qué poca sagacidad, pues está claro que no es así.

2. Me gusta probar cosas nuevas. El otro día le tocó al tofu. Tofu, tofu, ¿qué narices es el tofu? No tenía ni idea hasta que lo compré. Pues resulta que es leche de soja condensada a la manera del queso, capaz de adaptarse al sabor de aquellas especias o alimentos que lo rodean y con una textura muy peculiar. En Asia es relativamente frecuente; en Europa lo han popularizado los vegetarianos, haciendo que ocupe el lugar de la carne en su dieta. A mí simplemente me gusta, sin ser yo nada de eso.

3. Hubo un tiempo en el que yo era bailarina. Bailarina de verdad, de esas que van al conservatorio y tienen que sufrir durante años cuatro o cinco horas diarias de ejercicios terribles, cinco días a la semana. Tenía una coordinación sorprendente, era capaz de hacer diez cosas a la vez con mi cuerpo, incluso pensar. El otro día, sin embargo, al agacharme para coger en brazos a mi gata me golpeé la frente con la esquina de una encimera. Eso da una idea de la pobre coordinación que tengo ahora, que ni siquiera soy capaz de medir bien las distancias visuales. Quizá por eso me dedico ahora a las peripecias mentales; deben de dárseme mejor, porque no necesito tanto ejercicio. Ahora no soy capaz de hacer diez cosas a la vez, pero al menos sé pensar, sobre todo cuando me dedico a ello en exclusiva; más de lo que muchos hacen.

4. Tengo una agenda en la que apunto cosas que tengo que hacer. No las cosas rutinarias, sólo lo verdaderamente importante. Ahí escribo listas de aquellos libros que tengo que leer, aquellas películas que me quedan por ver, aquellas cosas que debo escribir. Trazo objetivos para estar en contacto conmigo, para que no me pierda en la costumbre diaria. No lo miro con frecuencia, ni significa nada el que no cumpla objetivos dentro de un marco temporal, porque no lo hay. Simplemente está ahí, como un mapa que guía mis pasos. Un espejo en el que mirarme para recordarme quién soy cuando se me olvida.

5. Ha salido un estudio que dice que dos cañas de cerveza o dos copas de vino nos hacen más inteligentes de forma temporal. Si bien la capacidad analítica se ve reducida, la intuitiva se incrementa. Es el mejor momento para resolver acertijos, entonces. Esto lo tenía muy claro, pero ahora los datos lo confirman. De modo que ya saben, señores empresarios, en lugar de máquinas de café, pongan máquinas de cerveza. Nada más insinuante que eso y un cartel que diga: ¿Hoy cómo la prefieres, rubia o morena? Y que el vino tinto y el vino blanco pasen a llamarse vino moreno y vino rubio respectivamente, con su máquina vinatera también. Así no habrá discriminación sexista. Vendrán a quejarse pelirrojos, pelirrojas, castañas y castaños; pero ya sabemos que en genética, el pelirrojo y el castaño son sólo mutaciones del rubio y del moreno. O, como mucho, un árbol de frutos secos femeninos. Y lo que tienen en común la vida basada en el carbono con el alcohol es que ambos arden muy bien.

08 abril, 2012

La doctrina del shock

Creo que en los tiempos en los que vivimos es muy importante no permanecer desinformados, como nos quieren tener, es muy importante ser conscientes de la magnitud de las cosas que nos rodean, de los cambios que existen y de las consecuencias que de ellos se derivan.

Os traigo un documental cuyo visionado me parece fundamental para comprender lo que está ocurriendo con nuestro país, ya que es sólo un síntoma más del efecto dominó que ya ha tenido y sigue teniendo lugar a escala global.

Dura una hora y dieciocho minutos. Abrir los ojos a la realidad bien merece un poco de nuestro tiempo para no deambular después perdidos, perdiéndolo.

27 marzo, 2012

La mujer, el velo islámico, el feminismo y la dignidad humana

Es un tema que va a estar presente, tanto ahora como en el futuro, porque el islam es una realidad cada vez más tangible en Europa.

Cuando saltaron los “escándalos” porque mujeres y niñas en distintos puntos del continente lo llevaban, como en Francia y en España yo no sabía exactamente qué pensar.

Escuché opiniones de varios bandos: que si el pañuelo islámico era como llevar un crucifijo al cuello en el caso cristiano, que si el velo islámico era una forma de someter a la mujer, otros decían que era motivo de orgullo para una mujer llevarlo...

En fin, un batiburrillo de opiniones vertidas por los medios y por la gente más variopinta.


No hace mucho asistí a unas jornadas de cine árabe con ponentes de excelente calidad humana y profesional, cuyo objetivo era “arrinconar prejuicios”. He de decir que me encantó y que me ayudó a ver otras realidades humanas, concretamente del mundo árabe (por cierto, si algún amante del cine se anima a verlas, los títulos son: Caramel, Los limoneros, Mujeres del Cairo y Días de gloria).

Es cierto, el cine es un magnífico medio para hacernos ver otras formas de entender el mundo y he de decir que tras su visionado y la participación en la tertulia sobre todo de una mujer marroquí nacionalizada española, muy valenciana, que dedica su vida a tratar de hacer que convivan tanto inmigrantes como españoles en paz, me abrió los ojos en algunos aspectos.

Sí, claro que la mujer árabe es tan mujer como tú y como yo (si eres lector masculino, considéralo un halago). Y claro que tiene su carácter, claro que hay mujeres luchadoras árabes, claro que es mentira muchas de las imágenes que nos venden los medios sobre el mundo árabe. Y cierto es que a mí el mundo árabe me parece sencillamente fascinante, y lo es.

Pero, aquí viene el gran pero, pienso que las mujeres árabes realmente luchadoras no llevan velo, ni pañuelo, ni nada que las esconda de la vista de los demás. Y que quede claro, las hay y muchas. Se me viene a la mente por ejemplo Nawal al-Sa'dawi, un verdadero icono femenino (curiosamente ateo).


He visto también un documental en la 2 (qué gran cadena) en el que quienes hablan directamente son ellas, las mujeres musulmanas españolas. Y ahí es donde se ve claramente donde fallan sus argumentos.

Vi el documental con los ojos abiertos, sin enjuiciar, con todos los sentidos puestos en él para tratar de entender su realidad, para ver como ellas, para ver cómo se sienten y saber cuáles son sus razones para llevar un pañuelo en la cabeza. Puse en entredicho mis prejuicios y me lo tragué entero y, en un principio, sin rechistar. Hubo un momento en el que no pude callarme más, a pesar de mis buenas intenciones y de la neutralidad que tenía, porque sus explicaciones no hacían más que provocar mi repulsión hacia el pañuelito en cuestión. No al pañuelito en sí, sino a lo que significa.

Intenté ver que el pañuelo era un objeto de dignificación, que a lo mejor sí que había una buena razón para llevarlo, que había un sentido secreto que se me escapaba por ser yo occidental y estar contaminada de periodismo basura y superficial. Y aunque en principio algo me convencieron aquellas chicas hablándome del pañuelito, para cuando acabó el documental yo me moría de pena por ellas.

Empezaron dándole cierto sentido feminista al hecho de llevarlo, diciendo que la cultura occidental había puesto el culto al cuerpo en un pedestal, siendo la imagen lo único que importaba. Hasta aquí, casi que estoy de acuerdo. Decían, que el hecho de taparse, más que como sumisión, debería entenderse como rebeldía, ya que ellas elegían libremente taparse frente a un mundo que babeaba por ver un trozo de carne femenino.

Si la cosa la hubieran dejado aquí, pues yo a lo mejor las aplaudía. Podría decirles: ole vuestros ovarios, estáis protestando por la conversión del icono femenino en un mero objeto sexual de consumo.

Peeeeeero, la cosa no queda ahí. Las chicas siguieron hablando y me resaltaron una obviedad infranqueable: ellas llevaban el pañuelo por ser musulmanas, no por ser feministas. Dijeron que eso agradaba a Alá, que en el Corán había especificado que quería que las mujeres sólo dejaran al descubierto las manos y la cara en público. Decían que el Corán era un libro que las ayudaba a vivir, que les daba las instrucciones necesarias para entender su existencia y poder seguir unas pautas. Alegaron también que no tenían que soportar los comentarios libidinosos de los hombres gracias a llevar pañuelo.

Ya, llegados a este punto, me empezó a hervir la sangre.

En occidente, las mujeres decidimos destaparnos en lugar de tapar nuestro cuerpo como protesta por una simple razón: llevábamos muchos siglos ocultándolos. Y esto tenía un por qué religioso, igual que las chicas musulmanas del documental lo tienen a día de hoy.

Para empezar, hay una clara falta de reflexión por parte de estas chicas. ¿Por qué alguien va a necesitar un libro escrito hace muchos siglos atrás para vivir ahora? Además de que los libros religiosos no están para nada actualizados y se han quedado a años luz de la sociedad que vive hoy en día ¿dónde deja eso a tu razón? Es decir, ¿basas toda tu vida y todo lo que eres en un solo libro? Qué personalidad tan pobre. ¿Dónde queda la reflexión, el plantearte el por qué algunas cosas están mal y otras no? No necesitas un libro que te lo diga, si sabes pensar lo suficientemente bien. Y si tienes una familia que sepa impulsar tu pensamiento crítico, ya que estas chicas provenían en su mayoría de férreas familias musulmanas. La tradición se erige una vez más como una cadena de la que es muy difícil escapar. Es cierto que estas chicas estaban más espabiladas que sus madres, pero siguen siendo presas, esclavas, de un patriarcado.

Podríamos preguntarnos: si Alá creó a hombres y mujeres, ¿por qué los hizo tan libidinosos, obligando a las mujeres a tener que taparse? ¿No hubiera sido mejor hacer que los hombres no tuvieran ojos? Así cada uno podría ser uno mismo, sin tensiones de ningún tipo. Pero no, claro. Porque en el mundo de la religión, las mujeres somos las grandes agraviadas. Nos dicen: tápate, despiertas los comentarios, la líbido de los hombres. En otras palabras: eres mala, pecadora, tentadora. Tápate, contrólate, no seas tú misma. Niega tu cuerpo, escóndelo lejos de los hombres.

En cuanto al hecho de los comentarios libidinosos de los hombres... no es que los hombres occidentales sean más libidinosos, sino que tienen mayor libertad para expresarlo. Por supuesto, algunos comentarios que he llegado a sufrir como mujer no me han gustado en absoluto y he preferido que el tío se callara en lugar de soltarme una burrada digna de la horca. Claro, que ahí también tengo yo libertad para llamarlo al orden y decirle de todo, por maleducado. Pero una mujer musulmana raramente replica a un hombre, de modo que esa defensa que yo sí tengo, ellas no la tienen. Ellas se tienen que aguantar. Y digo yo, entonces la solución no es taparse, la solución es la educación. Educar a los hombres y a las mujeres en libertad, ética y buenos modales.

Tapar a una mujer es poner un parche: el problema sigue ahí. Porque los hombres no son más especiales que los machos de otras especies. Los hombres no han sido creados por un dios (masculino en todas las religiones prácticamente, dicho sea de paso), sino que son el resultado al igual que el gato, el conejo o el avestruz, de una selección natural que simplemente lo ha hecho tal cual es. Con su líbido y su imperiosa necesidad de procrear. Con su maravillosa “imperfección”.Y a la mujer también.

¿Por qué negar nuestra naturaleza? Ahí está el quid de la cuestión. Porque la religión lo pide, está claro, pero no hay motivo natural alguno.

Una mujer no debería sentir vergüenza por enseñar su cuerpo, debería resultarnos natural, pero como el machismo también sigue vigente en occidente continúa siendo un problema. Y se comercia con el cuerpo de la mujer. Lo han convertido en un arma para despojarnos de nuestra dignidad humana y convertirlo en un producto de consumo. Se han aprovechado de la reivindicación feminista para poner el cuerpo de la mujer al servicio, una vez más, del hombre. Y por eso habría que luchar más que nunca, para poder desnudarnos sin pudor, sin avergonzarnos de nuestro cuerpo de mujer, sin tener que ser acosadas por ello, y castigar a todo aquel y aquella que intente comerciar con algo tan valioso, ya sea de forma directa mediante la prostitución o de forma indirecta mediante el márketing y los productos audiovisuales. Porque del alma no tenemos prueba, pero del cuerpo tenemos constancia cada día. Tenemos que lavarlo, perfumarlo, abrigarlo, sacarlo a la calle, hacerlo escalar una montaña, abrazar a una persona, poner su atención en un blog.

Nuestro cuerpo es nuestro y debería estar libre de la religión, del sexismo, de las modas pasajeras que lo hacen sufrir, de todas las cadenas mentales que tenemos que aguantar y que lo convierten en algo que no es. No debería ser objeto de explotación, sino de cuidado y dignidad. La religión ha enfatizado mediante el morbo su importancia en el peor de los sentidos. ¿Si el cuerpo humano fuera algo realmente natural en nuestra sociedad, nos daría tanto morbo verlo sin ropa? Me inclino a pensar que no. Igual que a nadie escandaliza ver a un mono desnudo, lo mismo ocurriría con nosotros.


Recapitulando, el pañuelo islámico no es más que otra arma machista que, disfrazando de supuesta dignidad y orgullo a quien lo lleva puesto, lo que hace es ejercer control sobre la población. Así de claro. ¿Que las mujeres musulmanas tienen la falsa ilusión de ser realmente libres para llevarlo y reivindican llevarlo? Que lo hagan. Aunque como en el propio documental le dijo una profesora a una de las chicas: “las mujeres españolas no llevamos años reivindicando ponernos pantalones para que vengas tú aquí ahora y te pongas un velo”. Pero ya que tenemos que convivir, no hay que obligarlas a no llevarlo. Sin embargo, qué tristeza. Qué tristeza que todavía estemos encadenadas al qué dirán, a tratar de gustar a los demás sin importar el precio -ya sea tapando o enseñando nuestro cuerpo- en lugar de respetarnos a nosotras mismas tal y como somos. Tener que aguantar presiones sociales que nos incitan a llevar siempre lo más incómodo, sin pensar nunca en el cuerpo femenino en sí, sino en el efecto que éste produce en los otros.

Yo antes soy ciudadano que mujer, como dijo Clara Campoamor, y creo que es de buen ciudadano el no pasarnos la dignidad humana por el forro según las conveniencias de cada cual.

Explotar un cuerpo por el placer de otro, está mal, sea de quien sea el cuerpo, sea quien sea el explotador. Religión, prostitución, márketing sexual, ningunear el cuerpo humano en todos los casos no debería estar permitido. Porque quienes lo defiende, lo hacen por los preceptos equivocados. Se creen más libres por enseñar o por tapar, y no se dan cuenta de que simplemente son instrumentos en manos de otros.

El cuerpo sólo es un cuerpo: con toda la responsabilidad y dignidad que conlleva. El cuerpo y la persona son lo mismo. Por el respeto que le tengas a una persona, así utilizarás su cuerpo. Y viceversa.

No nos creamos más libres por agitar cuando nos dé la gana las cadenas que otros, por moda o tradición, nos han impuesto desde nuestra ignorancia, carácter acrítico y desinformación.


26 marzo, 2012

Alivio...

Al final no voté a mi partido minoritario, voté a un partido más minoritario (todavía) con el que también estoy de acuerdo.

Ayer, siguiendo la evolución de las elecciones, cuando empezaron a subir los escaños del PP a eso de las diez y algo de la noche pensé que los pronósticos se iban a cumplir. Creo que lo que más coraje me daba era pensar, no ya en la sonrisa triunfal de Arenas al ganar por descontento ciudadano, sino en la prepotencia de Rajoy, ese comemierdas lameculos pachorro y casposo, desde el balcón madrileño dishpueshto a jodernos vivos. Pero no (bueno sí, puede jodernos vivos, pero ya sólo por venganza).

No me gusta que el PSOE vaya a seguir mandando cuatro años más, pero joder, si al menos ha servido para cortarle la leche del café a Marianín esta mañana, bienvenido sea.

A pesar de seguir estas elecciones con desinterés, con pies de plomo, he descubierto que después de todo me queda una sensación de alivio. Porque es mejor que nos gobiernen una pandilla de cobardes oligofrénicos del PSOE que unos cabronazos neoliberales vivalavirgen. Sí, es mejor.

Aunque como perlita, me llevo la que ha dicho una de las personas que más quiero:

"Lo más positivo de las elecciones de hoy
es que no han sacado mayoría absoluta ni PP ni PSOE"

Más razón que un científico.

Y mencionar que esperemos que IU esta vez sepa hacerse valer. Por favor.

17 marzo, 2012

09 marzo, 2012

¿Copiar a esas? Ni de coña.

Acabo de ver un artículo en El País y se me antoja tan estúpido que me ha apetecido hacerle una pequeña crítica, de esas de andar por casa.

El artículo, reportaje o lo que sea, se supone que va dirigido a mujeres y se titula: "Lo que has copiado a las famosas (incluso sin querer)".
Nada más el añadido entre paréntesis ya es una gilipollez supina, pues como sabemos para copiar hay que imitar un original que ya conoces de forma intencional. Si encima mezclamos a mujeres desconocidas (muchas lo son para mí) y con un gusto pésimo, mal vamos. El País quiere hacerte ver lo poco original que eres tú, pobre mujer de mercadillo barato que se cree fashion, y una periodista atroz ha elegido diecinueve atuendos que llevan diecinueve famosas famosísimas.

A saber:

1. Kate Moss y sus botas "Hunter". Vamos a ver, ¿a qué mujer sana se le ocurriría ponerse unas botas de pescar como complemento a unos pantalones de serpiente azul con chaqueta de cuero? Muy vacío tiene que estar el armario o muy lleno el biombo de la ropa sucia, creo yo, para que una mujer tolere encasquetarse semejante Frankenstein. Kate Moss sí lo hace, es el efecto de tomar drogas durante un período prolongado. Deja la coca, Katie.

2. Sienna Miller y su look boho. ¿Look boho? ¿Qué es eso? Internet me dice que es el arte de coger un montón de ropa de tu armario, tirarlo hacia arriba y coger lo que puedas al vuelo para ponértelo mientras cruzas los dedos para que combine. O ir vestida de cortina con unas gafas grandes para que no se te vea la cara. O algo así. Viendo a Sienna se despejan las dudas, ha matado un oso y se lo ha puesto con un sombrero y una camiseta a rayas. Eso es salir del armario. Eso de salir de casa sin mirarse al espejo debe ser comodísimo.

3. Agyness Deyn y sus Dr. Martens. No sé quién es ella ni qué son las Martens, me imagino que las botas, si descarto la capucha de rapero chungo, la camisa de leñador y los pitillos. Las botas son estupendas, pero parece que la ha vestido su peor enemigo. Oye, Agyness, ¿quieres aparecer en una película de Eminem?

4. Zooey Deschanel y lo naïf. La cosa es que la cara me suena, pero no sé quién es la Deschanel ésta. ¿Naïf? Yo sólo veo un vestido blanco con rayas negras en zig-zag. ¿Eso es naïf? Espero que lleve plataformas amarillas a juego con el bolso. ¿Eso sería naïf?

5. Amy Winehouse, muy pin-up, ella. Adoro a Winehouse, su voz y su estilo. Pero la verdadera pin-up es Dita Von Teese, que ya estaba en el ruedo de lo pinup mucho antes que Amy. Claro, que al contrario que Winehouse, Von Teese no es tan fácil de enseñar en los medios por la provocación pervertida y eso. Además, esos tirantes espantosos con el polo rojo no son nada pinup, por muchos pañuelos que se ponga Amy en la cabeza.

6. Kate Bosworth y sus botas camperas. Directamente de los pies de los duendecillos de Santa Claus explotados en las fábricas, a los tuyos. Porque si llevas un vestido medianamente mono, un toque de campo de concentración es indispensable.

7. Gisele Bündchen y sus chancletas. De modo que esta fue la inculta que llevó las chanclas de la playa a la ciudad. No hay nada más poco higiénico y peor para la columna. Ojalá alguien le clave un tacón de aguja en el pie y le quite esa cara de "no, no me han pagado una millonada para hacerle publicidad a los kioskos de playa" (¿está también consume estupefacientes?).

8. Claudia chifer y los elefantes. No quiero saber qué es eso de la pata de elefante. Bastante tengo ya con no encontrar nada más que pantalones de pitillo en las tiendas.

9. Longoria que no sabe ya qué inventar. ¡Poligoneras del mundo! Ir en chándal a todas partes ya no se considera una falta completa de gusto, porque Longoria trae para todas el chándal de terciopelo. Ahora podrás seguir yendo a comprar con la misma ropa que a la discoteca, sólo que ya no se te considerará una hortera soez, sino ¡una súper hortera a la moda!

10. Sara Carbonero y las pulseras a lo pobre. Sarita, con cara de "tengo tanto dinero desde que me tiro a Casillas, que necesito volver a mis orígenes humildes". Y oye, lo consigue. Va con esas pulseras de mercadillo y nadie pensaría que cuando llegue a casa tiene todo un jacuzzi para ella. A eso se le llama reactivar la economía sumergida.

11. Parker y las raíces pachuchas. ¡Viva la heroína! Ahora las vagas, las pobres y las vagas pobres podremos ir con la cabeza bien alta, con cara de: sí, me tiño el pelo, ¿tienes algún problema? Conformista, que eres una conformista natural.

12. Kruger y la ecología. Aquí es donde ya, hartos de tonterías cogemos a la redactora y le damos de hostias. Como si la bicicleta fuera cosa exclusiva de las famosas, como si no se usaran a diario en miles de lugares. Ahora se ve que ir en bici es sinónimo de copiar a la mujer de Freddy. Sé ecológica, sé fashionista, sé moerna.

13. La mujer del príncipe. Un premio, porque descubrió que las medias transparentes, aunque parece que no están ahí, abrigan. Premio Nobel de Física para la señorita. Y para la maniquea que ha metido esto en el periódico.

14. Victoria ajo Beckham. Menudo desastre cromático. ¿Plataformas beige? Y encima con complejos de bajita. Gafas enormes para ocultar su extraño parecido a Michael Jackson. Esta mujer siempre ha sido un despropósito.

15. Chung y lo macho guacho. Llevaba obligada unos zapatos varoniles espantosos como esos cuando iba al colegio y a Dios pongo por testigo de que nunca volveré a subirme a unos (a menos que el PP me destine a ser esclava en un colegio del Opus). Eso sí, la chica es original y va hasta elegante. Se le puede perdonar.

16. Las gafas de aviador y Elle. Tengo unas como esas. Mangadas. Sin embargo no la he copiado porque no la conozco. Entiendo que ella las use para taparse la cara, eso sí.

17. Kate Moss de nuevo, ahora sí, con pitillos. Cómo se nota que a la redactora se le estaban acabando las ideas. Pensó: bueno, como esto va dirigido a mujeres descerebradas, no creo que se note que repito famosa. Odio los pitillos. Los odio. Yo siempre fui de pantalones de campana, pero como no están de moda hace años que no veo unos. Si la pata de elefante los va a sustituir, tendré que empezar a apostar por la falda... Por cierto, Kate, me gusta tu bufanda/pañuelo.

18. Lohan y las mallas. Una mujer que ya no puede caer más bajo. Ahora con el pelo blanco y más silicona en su cara que sangre. No viste mal, pero por gott, ¿qué tiene en contra de la melanina?

19. Jeniffer y el pelo. Jenny es simpática y guapa, y tiene un pelo precioso. ¿A santo de qué pensáis, mujeres del mundo, que si os cortan así el pelo os sentará bien a vosotras? Espero por vuestro bien que no tengáis la cara redonda, si no, vais a parecer unas asesinas de pastelitos compulsivas.

Y hasta aquí el rollo fashion éste de El País. Por favor, que contraten a una redactora menos anormal y con mejor gusto, que hay muchas personas en paro en España.