Hasta pronto.
El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu.
Si lo intentas, a menudo estarás solo y a veces asustado.
Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.
13 enero, 2013
Nuevo blog
Como os prometí, aquí os dejo la puerta para llegar al nuevo blog:
31 diciembre, 2012
Con el Caos a otra parte. El final de Sapere Aude.
Siento decir que las actualizaciones de este blog han llegado a su fin.
No puedo continuar con él, llevo tiempo sabiendo que sus días en activo en la red estaban terminando. A veces es mejor poner un punto y final, dejar las cosas tal cual están, antes de que toquen fondo.
Por muchas versiones que hiciera de este post, en ninguna podría expresar bien lo mucho que ha significado este blog para mí. Lo empecé con 17 años y me ha acompañado muchos días en los últimos casi cinco años. Comenzó siendo un hobby, un mero pasatiempo donde plasmar mi imperiosa necesidad de comunicarme, sin saber muy bien en qué iba a acabar la cosa, y terminó convirtiéndose en un verdadero salvavidas al que he recurrido en numerosas ocasiones durante todo este tiempo.
Sapere Aude ha sido un catalizador excelente para leer, aprender, escribir, conocer, criticar y equivocarme. Ha sido un gran compañero que ha crecido conmigo, una experiencia de la que me llevo muchos buenos momentos.
No puedo continuar con él porque, a pesar de que sigo reconociendo a esa chica que era hace cinco, cuatro, tres años..., esa chica ya no soy yo. Sapere Aude me ha dado una base importante a la hora de escribir y de re-conocerme. No pretendía mucho más en realidad, este nunca ha sido un blog de grandes aspiraciones.
Mientras escribo todo esto estoy tranquila. Creo que cerrar el blog es la decisión correcta y por eso no tengo ningún reparo en hacerlo, ni siento que me esté equivocando.
Sin embargo, que deje de actualizar este sitio no significa que deje de escribir. Comenzaré otro blog en 2013 -es un año bonito para empezar un nuevo proyecto-, más temprano que tarde espero, y que tendrá que ver y no tendrá que ver con este.
El balance de Sapere Aude es muy positivo. Tengo 39 seguidores confesos, aunque sé que me leéis muchos más. A pesar de que he borrado algunas, termino con 513 entradas -siendo esta la 512- y guardando la última para anunciar el nuevo blog. La media de visitas diarias es de 32, empecé con una media de 6. Este mes de diciembre he tenido el mayor récord de visitas mensuales en toda la historia del blog: 5.950; cuando abrí el blog tenía 1.471, por lo que he quintuplicado las visitas. En resumen: este blog no ha hecho otra cosa que crecer desde que lo abrí.
Espero que muchos de vosotros me acompañéis en la nueva aventura que emprenderé en breve. Me llevo a mis blogs favoritos conmigo y Sapere seguirá siendo una referencia para mí.
Las últimas palabras de este post son para vosotros, mis lectores: gracias por estar ahí. En este camino me habéis acompañado mucho más -y muchos más- de lo que había imaginado en un principio. Gracias a los que corríais a leerme en cuanto os enterábais de que había una nueva publicación esperándoos; gracias a los que os pasábais de vez en cuando por el blog para ver si había algo nuevo y leerme con tranquilidad; gracias por echar de menos que publique cuando he estado más ausente que de costumbre; gracias por vuestros comentarios y vuestras palabras de apoyo y ánimo; gracias por los tirones de oreja, por las rectificaciones que me habéis hecho hacer y por haberme puesto una sonrisa en múltiples ocasiones; gracias por aguantar mis tonterías y cambios de humor, que han sido muchos.
MUCHAS GRACIAS POR COMPARTIR CONMIGO VUESTRO TIEMPO
Mi lucha, así, se convirtió en nuestra.
Hasta siempre.
Sapere Aude
11/04/2008
-
31/12/2012
27 diciembre, 2012
Palpitar
Acabo de encontrar un poema escrito en una libreta de apuntes. Tiene por lo menos dos o tres años de antigüedad. Me ha resultado curioso encontrarlo, así que he decidido que voy a dejar que vea la luz y no termine olvidado en un desván como tantos otros, a pesar de no ser nada del otro mundo.
Decía Wilde que la única forma
de evitar la tentación es cayendo en ella.
Yo me estremezco ansiando hacerlo
para regresar más sabia, más fuerte y completa.
Besar los labios de lo prohibido,
de los sueños,
de las palabras que resuenan en los oídos
para perderse en el recuerdo.
Desear la suavidad y la violencia,
pasión sin freno y besos delicados
deslizándose por mi cuello;
haría titubear a cualquiera.
Hay que ser un loco,
un artista para soportarlo
de pie, sin postrarse humillado
ante la belleza;
más arrodillándose ante ella
con veneración.
Hay que ser todo y nada
en un segundo,
en una leve ráfaga.
Follar con los ojos cerrados
para besar con ellos abiertos.
Disfrutando del momento,
del instante.
Sumergirte en lo profundo
de las turbulentas aguas del deseo
para no regresar jamás.
23 noviembre, 2012
El miedo a pensar
Ayer estuve en un taller analizando un par de mitos griegos. En el taller se nos pedía que los reescribiéramos a nuestro gusto, que le diéramos una vuelta de tuerca a la historia. Mis compañeras más cercanas, en cuanto les dijeron que había que escribir se pusieron a resoplar como colegialas fastidiadas -hablo de mujeres que rondan la treintena, allí yo era la más joven con diferencia-. Como si escribir quince líneas aportando un poco de tu pensamiento costase la vida o algo por el estilo.
-Puff... es que a mí no me apetece pensar -decía una- yo estar aquí escuchando vale, pero pensar como que no.
-Yo es que no sé escribir -decía otra- a mí me sacas del tema de las bodas (¿?) y no sé qué decir.
-Yo es que no tengo imaginación ninguna -decía la tercera- yo te cuento si quieres algo que sé, pero ponerme ahora a inventar una historia...
A mí me entraron un par de arcadas sinápticas cuando escuché esto y me mordí la lengua para no convertir el taller en una batalla campal. Una de las vocecitas malvadas que tengo en la mente me dijo: ¿ves? por eso no te gusta la gente aleatoria, porque dicen burradas como esa, te revuelven la bilis y encima como cuentan con el apoyo del grupo, al final siempre quedas como abogada del diablo -de hecho ya les había discutido algunas cosas antes de haber llegado a este punto en el taller y me habían mirado como si estuviera loca-.
Hoy me encuentro con una entrevista a Julio Anguita donde dice lo siguiente:
"El miedo a pensar, ¡un país que tiene miedo a pensar! Este es un país en el que se pone un hombre delante de un toro, pero póngale un libro y sale huyendo. “Yo no quiero saber nada, yo no quiero saber nada” es la confesión de una parte de la población que tiene miedo a pensar. Eso está ahí, lo veo todos los días. Viene de muy atrás, de la época de Fernando VII. ¿Por qué? Porque ha habido una Iglesia y la historia pesa: tú no pienses, tú te vas a salvar, hijo mío, todo lo que es pensar es nefando. "
Imagino que sí, que en parte la herencia católica pesa bastante y que ha ensalzado el dogma por encima del pensamiento, pero el problema llega desde muchos ámbitos. Comentaba ayer el bajón que han pegado todas las Artes en cuanto a calidad. Cómo se estimula la venta de best-sellers facilones, de películas con guiones precarios y cargadas de edulcorante, de cuadros de Ikea simplones y anodinos... La cultura del envase. Todo muy bonito por fuera, pero carente de contenido. Y eso es lo que se vende y lo que nos intentan hacer comprar.
En el tema que me toca de forma más personal, la literatura, lo veo claramente. Es mejor leerte una bazofia que te ocupa dos tardes o menos porque las estructuras sintácticas son típicas de preescolar, sin giros en el lenguaje, sin tramas complicadas, y luego puedes comentarlo rápidamente con tus amigos más cercanos. Después te lees otro libro en otras dos tardes y vuelta a empezar. Y así se dice que la gente "lee" y va de megaculta por la vida. Pero es que leer "A tres metros sobre el cielo", "Crepúsculo" y "50 sombras de Grey" tiene menos valor que leer las etiquetas del champú en el baño. Mis compañeras de taller se los habían leído todos pero cuando les habían dicho: venga, piensa un poco en lo que acabamos de comentar y escribe quince líneas en un folio, se echaron a temblar. Porque se puede leer libros sin pensar, ver películas sin pensar, votar sin pensar y hablar sin pensar, pero pararse a pensar para hacer lo anteriormente descrito es otro tema.
Se ensalza lo rápido, lo que no te hace pensar y lo que te "entretiene". Que no es que el entretenimiento porque sí no esté bien, no es cuestión de ser nazi tampoco; pero joder, pasarse la vida como un zombie lobotomizado es peligroso. Es peligroso porque vivir en sociedad requiere esfuerzo, y requiere esfuerzo porque echa mano del pensamiento inevitablemente. Y pensar necesita tiempo, necesita probar A y B y C, y luego darte cuenta de que Z es una solución viable. Pensar significa equivocarse, cambiar cada día, pasarte tres meses leyendo un libro que ni siquiera llega a las 400 páginas porque cada capítulo te deja la cabeza llena de cosas sobre las que reflexionar y necesitas tiempo para digerirlo y enfrentarte al siguiente. Y eso no estimula la compra compulsiva en las librerías, el pensamiento adormecido necesario para encontrarte con una bazofia y opinar que es una obra maestra.
¿Cómo se puede vivir así? Imagino que fácilmente, ya que lo raro es lo contrario, vivir en un mundo donde te sientes una marciana todos los días porque entras a discutir un tópico que los demás apoyan y retroalimentan como si fuera una verdad universal, y quedarse callados luego, como si acabaras de tirar un petardo en mitad de la sala. Es más fácil decir que "no tengo imaginación", "no sé escribir", "no me apetece pensar", que cultivar el mayor don que tenemos como especie. Porque una excusa rápida la ponemos todos, pararte a pensar, invertir en eso tu tiempo y comprometerte con tu propio pensamiento es mucho menos frecuente. Y luego la conflictiva soy yo, encima. Conflictiva tú, so zorra, que me estás haciendo dudar acerca de si pegarme un tiro en la frente o pegártelo a ti.
Al contrario de lo que la gente suele pensar, no me gusta discutir a cada tres frases, ni escribir textos largos como este a menudo, con las mejillas encendidas por la rabia y la indignación. Llega un punto en el que hasta a mí me da pereza buscar los cimientos del pensamiento de la persona e ir tirándoselos uno a uno. Primero porque que a una persona le hagan eso no le gusta y segundo porque detenerme a hacer eso con cada puñetera persona que me encuentro no suele servir para nada, ya que a la mínima de cambio pasan a otro tema, borran ese instante en el que les he desarmado el discurso y siguen con su vida. Y si ya son un grupo confabulándose entre ellos y diciendo todos los mismos tópicos, de verdad que me entran ganas de quedarme en casa con mis gatos. Me consta que ellos piensan más que la mayoría de personas que me rodean a diario.
Encontrar a alguien con el suficiente valor para pensar es un tesoro, si encontráis a alguien así no os libraréis de los debates, las discusiones y los puntos de vista radicalmente opuestos, pero joder ¡qué puto placer hablar el mismo idioma!
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21 noviembre, 2012
Reflexiones y preguntas sobre la monogamia y la monoandria
Las preguntas y reflexiones que voy a plantear son fruto de las cosas que leo, vivo y escucho. Sin pretender en ningún momento dogmatizar el asunto, ni tener ni puta idea en qué concluye todo esto, salvo datos antropológicos y psicológicos acerca de cómo viven y resuelven los conflictos en distintas partes del mundo lo seres humanos y de por qué sentimos lo que sentimos, procuraré plantear una serie de preguntas que me hago cuando veo lo que veo.
Nuestra sociedad nos pide que, cuando nos enamoramos, guardemos fidelidad eterna a la persona de la que lo hacemos y esto genera muchos conflictos, según veo. Bien es cierto que cuando dos personas están enamoradas normalmente no tienen ojos para nadie más durante un período del tiempo, pasado el cual, la bestial reacción química desaparece y la relación se transforma en una cálida relación amorosa basada en el respeto y la confianza. Pero, ¿puede haber respeto y confianza en una relación cuando la sociedad nos pide encarecidamente que ocultemos a los demás y a nosotros mismos nuestros deseos?
A día de hoy no he conocido jamás a una persona que, teniendo una relación estable con un alguien, no se haya sentido atraída por otra persona -o incluso haberse enamorado-. Como confidente de algunas personas que soy, no ha faltado en mi vida ver a personas llorando amargamente por ser infieles a su pareja y preguntándose por qué han actuado así, personas reprimidas con sentimientos de culpabilidad por desear a otra persona además de su pareja sin saber qué hacer, personas destrozadas al saber que su pareja les ha sido infiel. Y cuando veo todas estas situaciones llenas de sufrimiento, angustia, ansiedad, estas vidas llenas de mentiras, de represión, de negación para consigo mismas me pregunto ¿realmente es todo esto necesario?
¿Cuándo decidimos privatizar el amor? ¿Cuándo decidimos que había una sola forma de amar, de follar, de formar una familia en detrimento de todo lo demás? ¿Es realmente respetar a tu pareja el hecho de negar nuestros impulsos sexuales, es decir, es respetar una pareja el no serte fiel a ti mismo? ¿Tan mal estaría destrozar de una vez por todas esa imposición, que nadie elige pero que tienes que cumplir a rajatabla, de ser fiel hasta que la muerte os separe sin una previa negociación de las partes? Pensad en cuántas escenas de celos ahorradas, cuántos sufrimiento ahorrado, cuánta ansiedad eliminada si pudiéramos comprender que se puede amar a muchas personas, que se puede terminar con la idea de que el amor y la posesión son la misma cosa. ¿Acaso cuando te acuestas con una persona significa que dejas inmediatamente de amar a otras? No, porque crear nuevas relaciones, nuevos sentimientos, no eliminan mágicamente los que ya hay. Los sentimientos caducan por otros motivos. Igual que quieres a mamá y a papá, porque son personas distintas y cada uno te aporta algo diferente, se podría querer también a Fulanito y Meganita y todas sus variantes, cada uno por lo que son, cada uno por lo que te aportan. Amar sin limitaciones, amar sin celos de por medio, amar sin culpabilidad. Amar sin sufrir, en definitiva.
Leo a la antropóloga Helen Fisher, leo a Marvin Harris, hablando sobre otras culturas. De cómo todos cuidan a los hijos que nacen de una mujer en otros lugares, donde un niño no tiene preferencia sobre otro en la tribu, donde todos son hijos de todos y por eso merecen el mismo cuidado y respeto. Donde no hay lugar para el egoísmo, ni el sentimiento de que una persona sea sólo para el disfrute privado de otra. Lugares donde parecen sin duda más felices sin el concepto de propiedad privada, más allá de una choza o una porción de tierra donde poder vivir.
En nuestra sociedad se nos entrena para consumir. Para tener. Tener casa, tener coche, tener pareja, tener hijos. La perfecta cadena del consumo incontrolado. Por eso se protege el matrimonio, donde tu marido es sólo tuyo, tu mujer es sólo tuya y por lo tanto los hijos tienen unos padres muy claros -casi siempre, claro-. Interesa sacrificarte por tu prole, que tus hijos sean competitivos con los hijos de otros para poder escalar en la jerarquía social y así tener más cosas que nadie. Consumir más que nadie, pagar más que nadie. ¿Esto es lo que queremos en nuestra sociedad, competitividad en lugar de cooperación?
Si todas y cada una de las personas que he encontrado en la vida, entre las que me incluyo, hemos deseado a personas más allá de lo estrictamente normativo, será que la monogamia y la monoandria que nos imponen falla por algún lado, ¿no? Ay, ¿será que no estamos hechos para ser propiedad de alguien y ser felices a la vez? Hay personas que viven en monopareja toda su vida y se declaran felices, ¿lo son realmente? me pregunto. Cuando les preguntas muchas veces cómo han durado tanto tiempo juntas, te suelen responder con una palabra: sacrificio. Sacrificio de deseos personales, imagino. Sacrificio de tu propia individualidad en nombre de la pareja. Dos personas sacrificando aquello que podrían llegar a ser si no tuvieran una pareja que las "castrara". O no, quién sabe. Las parejas que llegan juntas a su lecho de muerte después de cincuenta años de matrimonio feliz son pocas. Es una fórmula a la que se supone que todos aspiramos, pero que funciona sólo en una parte de la población casi residual.
¿De veras deberíamos en nombre de la fidelidad, del "sólo soy tuyo y de nadie más", llevar una vida ya sea de mentiras o de represión? ¿No estaríamos más sanos mentalmente si pudiéramos besar a quien nos diera la gana, acostarnos con quien nos diera la gana, amar a quien nos diera la gana, simplemente siendo sinceros con respecto a nuestros sentimientos y deseos? ¿Mantener el enamoramiento de dos, tres personas a la vez, sin tener que sacrificar un amor por otro con el consiguiente sufrimiento? ¿Entender que los celos no tienen cabida si esa persona afirma que te quiere, pero sin que tenga que renunciar a amar a otra persona si así sucede? Tener libertad, en definitiva, para establecer qué relación queremos tener y no dar nada por sentado, en lugar de poner una etiqueta a una persona y otorgarle así una serie de derechos y responsabilidades que no ha elegido.
Pensar que las parejas llenas de amor que duran para siempre apenas son reales. Que nuestras mentes piden otra cosa, otra manera de vivir. Terminar con conceptos como el adulterio y la infidelidad, con sentimientos negativos como los celos y la inseguridad, dejar de ver bien el llamado sufrimiento por amor. Acabar con la imposición irreal y ficticia de las relaciones monoafectivosexuales. O lo que tendría un valor incalculable: terminar con los asesinatos o maltratos que intentaran justificarse con "la maté porque era mía".
Decía Helen Fisher que el ser humano está en el mundo para reproducirse, no para ser feliz. Y yo me pregunto, ¿podría el ser humano ser feliz si supiera cómo?
(Agradecería vuestros comentarios -aunque sea como anónimos- con todo el debate que pueda surgir de este post, me parece un tema de lo más interesante)
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20 noviembre, 2012
Aquellos días de cine y cerveza
Imagino que estoy igual que muchos de vosotros. A medio camino entre el estrés, la ansiedad, la tristeza y el enfado. Lo que vulgarmente se llama "frustración", vaya. Y a pesar de esto soy consciente de que soy muy privilegiada porque hay bastantes más personas de las que me gustaría que tienen menos que yo -y eso que yo tengo poco- y esto no es más que una pataleta por "tonterías".
El otro día me puse nostálgica. Me puse a recordar aquellos días en los que llegaba el fin de semana y siempre podía salir, a donde fuera. ¿Os acordáis de esos días en los que ir al cine era un plan, aunque cada día estaba más caro, plausible? Incluso al principio, cuando una entrada todavía se situaba entre los 3 y 4,5 € (aunque recuerdo el cine a 300 pesetas), yo me pasaba los fines de semana allí metida -siempre que no hubiera bazofia que ver, claro, si no no me veían el pelo-. Eso era hace unos cinco, seis años. Madre mía. Cinco o seis años. Desde hace por lo menos tres, ir al cine se convirtió en un lujo. De ir tres veces al mes pasé a ir tres veces al año, mirando con lupa qué película ver porque no tenía dinero para acudir tanto como me gustaba. Creo que he llegado a pasar más de un año sin pisar un cine. Cuando me enteré de la subida del IVA me concedí los últimos caprichos, entre el cine de verano -más barato- y mi última entrada al cine convencional (después de llevar meses y meses sin aparecer por una sala). Eso fue en agosto, para despedirme. No sé cuándo volveré a pisar un cine, no veo probable que lo haga en mucho tiempo, ¿tal vez nunca más?. Entre la engañifa del 3D, la basura que proyectan y el precio de la entrada, no tengo posibilidad de ir ni motivación. Salvo la nostalgia. Me gustaba la experiencia de ir al cine. Era un espectáculo, joder. Llegar, sentarte frente a esa pantalla que parecía que te iba a comer, que se hiciera el silencio en la sala y verte envuelta en sonidos e imágenes. Me emocionaba, me asustaba o me sentía eufórica. A menudo salía con el corazón en un puño, destrozada o con ganas de comerme el mundo. Y cuando ibas con amigos o familia era triplemente divertido. Elegir la película, sentarte con ellos y luego comentar lo que a cada uno le había parecido. Y luego pasaba el tiempo y un día decías: ¿Te acuerdas cuando fuimos a ver...? Y te reías con esa persona recordando que a ti te pareció bazofia y le dieron un Oscar después a la película por alguna cosa absurda, o que al de delante se le cayeron las palomitas y cuando se encendieron las luces estaba muerto de vergüenza, o que le tuviste que dar a tu amiga un pañuelo porque se le caían los lagrimones, o porque te sentiste identificada con algún personaje, o porque después tenías un subidón de adrenalina, o porque de la tensión se te saltó una lentilla en mitad de la sala -soy un desastre, lo sé- o porque luego te pasaste una semana con la banda sonora en la cabeza tarareándola a todas horas. Tengo muchos buenos recuerdos ligados al cine y ahora a menos que me pase tres meses ahorrando no voy a tener posibilidad de construir nuevos. Y me jode enormemente. Me jode porque ya no es un plan. Y llega un domingo lluvioso y me pregunto: bueno, ¿yo que hacía en estos días para que no me entrara el bajón? Algo que ya no puedo hacer: ir al cine.
No ya sólo el cine, ir a tomar una cerveza con alguien cada día resulta más difícil. Se ha notado muchísimo el IVA en la compra. Con 9 euros yo hacía maravillas. Ahora nueve euros te dan para comprar 3 productos básicos y da las gracias. No es de extrañar que cierren tantos sitios, ahora la cerveza te la tomas en tu casa y cada día incluso esto es más un lujo, porque con ese dinero puedes comprar macarrones para comer, por ejemplo.
Y luego abres el armario y está lleno de ropa "por si acaso". Jerseys llenos de bolitas, camisetas con agujeros, pantalones con descosidos que no has tirado porque no sabes cuándo vas a poder comprar ropa, de atuendos cochambrosos que normalmente utilizarías para trapo de limpieza pero que ahora guardas con celo "por si acaso" no puedes comprar ropa dentro de un mes o tres. Y como encima la ropa que hacen a día de hoy es una mierda, hecha para que la tires al año en plan obsolescencia programada, cada día te das más cuenta de que te vas quedando en harapos. Y no puedes renovar armario. Y comprar unos malditos calcetines vale casi igual que una entrada al cine, o cuatro cervezas o seis paquetes de pasta. Y haces las cuentas y te compensa más sobrevivir que ir guapa o pasar un rato con los amigos. Nos van arrinconando en nuestras casas, saliendo para lo mínimo imprescindible porque eso es ahorrar en transporte, en cerveza y en vida social. Y si luego te cortan la luz, el agua y al poco te llega una carta del banco echándote de tu casa, normal que la gente se suicide. Primero te vas sintiendo cada vez más solo durante meses a base de recortes, los comedores sociales no dan de sí y de pronto no tienes dinero para no dormir en la calle. Es un drama. Por eso dentro de todo, aún me considero afortunada. Pero ¿hasta cuándo? Unos cuántos recortes más -aunque mi precaria economía no sé hasta qué punto es sostenible en el tiempo tal cual está- y me tendría que replantear seriamente muchas cosas. Como si me compensa vivir en otra ciudad distinta a la de mi familia, o si me compensa seguir estudiando, o si...
Hemos perdido tantas cosas, poco a poco en nuestro día a día, que echas la vista atrás y se te saltan las lágrimas. Mi mente había tenido a bien no echar cuenta de esto y el otro día algunas cosas que he perdido me vinieron de sopetón -he procurado no hacer un buen análisis de la situación por el bien de mi estado anímico-. Y las noticias son un golpe bajo, uno tras otro, varios cada día y así un día y otro y otro... Y con la moral por los suelos sólo puedes tirar hacia delante mirando a quienes te quedan alrededor, lo que te queda alrededor y los buenos recuerdos de aquellos días de cine y cerveza.
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02 noviembre, 2012
Agnósticos y ateos; misma filosofía, distinta percepción de "dios"
Lo que nos separa a ateos
y agnósticos es simplemente un problema en la definición del
contexto muchas veces más que otra cosa.
No creo que ningún ateo
ni agnóstico tuviera problema en aceptar una evidencia clara y
absoluta de una existencia divina si algo que identificamos como
“dios” en nuestras respectivas culturas bajara o subiera o se
apareciera de alguna forma ante la humanidad.
Ahí entra lo peliagudo.
¿Qué es un dios? Por lo que vemos en la mayoría de las religiones,
un dios es un ente sobrenatural, mágico por así decirlo,
responsable de la creación de este universo y de las criaturas que
vivimos en él, algo “antropomorfoseable” con lo que los seres
humanos nos identificamos, un ente con sentimientos que vela por
nosotros de alguna forma, una especie de protector invisible.
No tenemos pruebas de que
algo así exista -lo más parecido que conozco en mi vocabulario se llama atmósfera-, más bien lo contrario. De hecho, tanto es así,
que un dios puede ser lo que nos venga en gana porque no es evidente que sea una sola cosa: un dios puede ser una persona, un
animal, la naturaleza abstracta etc. Es decir, que dios no es un
término absoluto y bien definido, es una palabra baúl con la que
cada uno hace lo que quiere. No es algo universal, no es algo
evidente por definición. Es un término que simplemente responde a las necesidades de protección de algunas personas, que se sienten muy solas en esta vida -¿y quién no?-.
De este término
adaptable para lo que a cada uno le sale de la punta, las religiones
han sabido cómo hacer caja y cada una te lo vende como puede para
conseguir adeptos e influir en las comunidades. A veces para bien, a
veces para mal, pero prácticamente todas tienen un objetivo común:
hacer proselitismo de su filosofía.
Puesto que la definición
de “dios” es algo social, yo me declaro atea dentro de la
sociedad en la que vivo. Es decir, que no me trago las definiciones
de dios que da ninguna religión. Si se demostrara que existe una
fuerza creadora de este universo, no la llamaría “dios”,
probablemente la ciencia -el único camino fiable que conocemos hasta
ahora para conocer la verdad- le diera una terminología apropiada.
Si a día de hoy esa fuerza no se ha manifestado de una forma clara
ante la humanidad, ni se ha preocupado de nosotros, no tengo que
llamarla “dios” puesto que la especie humana le otorga ciertas
cualidades protectoras a ese término y por ahora no me siento
protegida por ningún dios en absoluto. Si no tengo un dios al que
adorar ni que se preocupa por mí, puedo definirme de cara a la
sociedad como “atea” puesto que dios tal y como yo lo entiendo
y/o me lo hacen entender no existe.
¿Eso quita que si de
pronto una mano sale del cielo y nos saluda a todos y se presenta
como nuestro creador, niegue esta evidencia? Sería absurdo. Aunque
desde luego le pediría unas cuantas explicaciones a ese supuesto
dios, a parte de estar muy acojonada en los primeros momentos.
De hecho, normalmente
cuando te defines atea ante la sociedad, los religiosos te suelen
dejar más en paz porque te defines como incrédula ante las patrañas
que te quieren vender. Un agnóstico que parece que está ahí, pichí
pichá, esperando a que alguien le demuestre algo, suele ser más la
comidilla de las sectas que deambulan por el mundo. Y un agnóstico
en el fondo comparte la misma visión del mundo que un ateo, lo que
pasa es que al ser tan generalista en su definición y no contemplar
la parte social de la religión parece que está de acuerdo con ella
en que algo así debe existir y que antes o después se mostrará. Y es tan escéptico como el ateo en
que sin evidencias no puede haber aceptación.
En definitiva, si hay una
fuerza creadora del universo no tiene las propiedades necesarias para
ser llamada “dios” a mi entender. No debe ser venerada ni tenida
en cuenta puesto que a día de hoy no tenemos evidencias de la misma.
Como cada uno se quiera definir esa cosa suya, pero desde luego los
ateos no dejamos la puerta abierta a cuentos para adultos como sí
parecen hacer -de cara a los religiosos- los agnósticos.
A los ateos ya nos dan
por condenados, a los agnósticos esperan convencerlos aportando
supuestas pruebas de la existencia divina que no son tal ni para
ellos, ni para nosotros.
Así que lo que nos
diferencia a ateos y agnósticos es que los ateos nos definimos
escépticos de cara a la sociedad -que es lo que nos afecta en
nuestro día a día, digamos que es una visión más pragmática de
la vida- mientras el agnóstico se define escéptico de cara al
universo -aunque quien le va a dar por saco para que se convierta a
una religión no va a ser el universo, sino el creyente próximo-.
Pero con pruebas suficientes, ateos y agnósticos no tendríamos
problemas en admitir la existencia de una fuerza creadora sólo que a
lo mejor a los agnósticos les da por llamarla “dios”, ya sea un
alienígena con antenas lo que se manifieste así o un torrente
vital, y los ateos como que no vamos a caer en esa trampa , por
definición.
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01 noviembre, 2012
Dolorosas e ingenuas preguntas retóricas
Me llega al correo una
petición de una plataforma de recogida de firmas a la que estoy
inscrita con una dolorosa e ingenua pregunta retórica como supuesto
título atrayente: ¿Qué medidas ha adoptado España para luchar
contra la corrupción? Y la recogida de firmas trata de buscar una
respuesta del Gobierno para que nos dé explicaciones, para eso se promueve esta petición.
Personalmente estoy harta
de estas cosas. No de las recogidas de firmas, que a veces han dado
sus frutos y la unión ciudadana ha conseguido cosas realmente
hermosas para mejorar la vida de una persona o colectivo. Estoy harta
de esas preguntas bienintencionadas, retóricas y aparentemente
ingenuas para atraer al público supuestamente despistado, que leo en
ocasiones como ésta, en titulares de periódicos, en artículos de
blogs etc. Cuando leo ¿Qué medidas ha adoptado España para luchar
contra la corrupción? Lo que me sale del fondo del alma es: Pues
ninguna, gilipollas. Tal cual. Así de brusco. Porque estoy harta de
que haya gente que parece que todavía no se entera y por eso nos
traten a los demás como submentales. Este Gobierno no sólo no toma
medidas anticorrupción, claro está, sino que además promueve leyes
que facilitan la corrupción, los paraísos fiscales y las historias
mil.
Estoy cansada de todas esas benignas preguntas que pretenden informar a los incautos. Quien no se
haya enterado todavía de lo que pasa en este país o es subnormal
profundo o es un cínico de aúpa que hace como que no se entera, no hay más. Lo que pasa es que
cínicos y subnormales hay más de lo que a muchos les gustaría
admitir. Preguntas como: ¿Tienen culpa nuestros políticos del
agravamiento de la crisis en España? ¿Conoces las diez claves de
las medidas del Gobierno? ¿Realmente Europa manda en España? Me
revuelven en el estómago, me hacen tener crisis biliares y que me
den ganas de buscar un fusil. Al principio, cuando a algunos nos
pilló todo esto de despistados, allá por 2008, 2009, incluso 2010,
todavía tenía sentido que se hicieran cosas de este tipo. ¿A
finales de 2012 y con la que está cayendo? Dejen de tomarnos por
imbéciles, por favor.
He dicho, repetido y
discutido hasta la saciedad que eso de que la gente dice de que “es
que el PP lo está haciendo mal” es mentira. El Gobierno a día de
hoy lo está haciendo de puta madre, lo está haciendo
maravillosamente, magníficamente, de hecho si me permiten la
licencia, son casi una obra de arte las medidas que están tomando.
¿Qué pensáis que hacen los partidos de derecha? ¿Luchar por los
trabajadores? ¿Fomentar la igualdad social? ¿Cuidar de lo público?
¿Hacer recortes en la Casa Real y en la Iglesia? El PP no lo está
haciendo mal, está velando eficazmente por sus intereses. Ah, que no
sabíais que al PP no les interesáis vosotros, ni yo, ni la pensión
de vuestra abuela, sino los banqueros, los arzobispos y las grandes
fortunas. Ah. Y los votásteis. Ah. Pues no os quejéis, imbéciles.
Las medidas criminales
del PP no van a hacer sino empeorar, esto lo sabe hasta el tato, y me
parece muy bien que protestéis, pero que recojáis firmas con
preguntas ingenuas para pedir explicaciones al gobierno y que sigáis
diciendo que el gobierno lo está haciendo mal, no tiene cabida a
estas alturas. Otra cosa es pegarles sustos de muerte con huelgas
-muy eficaz y principal arma de la ciudadanía contra la tiranía de
los gobiernos-, rodeos al Congreso, a sus casas y a donde haga falta.
¿Pero recoger firmitas y preguntar al señor Rajoy por la subida del
IVA que dijo que no iba a hacer? ¿Qué edad tenéis, por favor? Yo
tengo sólo 22, la política de Aznar me pilló muy joven, pero mis
dos dedos de frente me dieron para saber ya por aquel entonces que,
por ejemplo, no poner remedio a la subida del precio de los pisos que
hacía que la gente no pudiera tener una vivienda, que no escuchar a
la población en cuanto a prestar apoyo logístico en una guerra tan
criminal como todas, y que mentirnos a todos con que el 11-M lo hizo
ETA, está mal. Está fatal. Mis dos dedos de frente me dieron para
buscar de dónde venía el PP, la Historia que tiene detrás, quién
es Rato, quién era Fraga, quién es Aznar etc. etc. Y me dio para
entender que la Iglesia y el PP es la misma cosa -salvo por unos
cuantos no sé si héroes y/o personas profundamente equivocadas que
aún profesan cierta ética humana para con los demás aunque sea en
nombre de Dios y no del humanismo-, que es un partido que luchará
por la monarquía, por una falsa democracia más recortada, por
privatizar lo que es de todos -cosa que ya hizo Aznar en sus tiempos-
y por velar por unos pocos poquísimos y no por el resto.
Así que pedid antorchas,
rodead sedes de partidos que permiten que se cometan atrocidades
humanas en nombre de la banca -del PSOE también, que de esos también
podría decir otras cuantas cosas-, votad partidos minoritarios y
NUNCA dejéis de ir a votar, organizáos para hacer huelgas, piquetes
o pedir prestadas guillotinas a los franceses, pero no malgastéis
saliva ni tiempo ni esfuerzo en decir con una sonrisa de oprimido
cobarde: Disculpe, señor Rajoy, ¿sería tan amable de explicarnos
por qué su partido nos la mete doblada día sí, día también, nos
escupe en la cara, nos mete fuego y luego se vuelve a follar nuestro
cadáver? Es que hay propuestas ciudadanas muy interesantes para que
usted no haga todo eso que dice que no le gusta hacer.
Al PP esta crisis le ha
venido de puta madre para no dar excusas y para comportarse de la
forma tan prepotente que sabe, para hacer lo que más le gusta hacer:
mancharse las manos con sangre de los trabajadores y llenarse los
bolsillos cueste lo que cueste. La derecha siempre será la derecha, jamás una
alternativa válida aunque os prometan el oro y el moro para todos
aquellos que queremos una sociedad más justa. Las soluciones para el
pueblo siempre vienen por la izquierda, aunque ésta sea más difícil
de encontrar que la piedra filosofal y todos los partidos “obreros”
digan tenerla.
Sangrado sobre
Actualidad,
Estulticia,
Mass Mierda,
Política,
Reflexiones,
Sentido Común
30 octubre, 2012
Esto de escribir y de esta escribiente
Esto de escribir imagino que empezó al vivir casi nueve años de mi vida siendo hija única -aunque luego me lo chafaran mis padres-, en un afán de querer imitar a los autores de cuentos que leía y de dedicar mi tiempo a algo que me parecía productivo. Yo también imaginaba cosas fantásticas, y como no tenía a nadie a quien contárselas, pues las escribía. Desde entonces no me he quitado la costumbre.
Normalmente la gente habla mucho y piensa poco, y me repugnaba terminar así, de modo que antes de abrir la boca pensaba y repensaba mucho lo que iba a decir. Eso me quita espontaneidad en ocasiones, pero me salva de decir un montón de estupideces en otras y hace que mis opiniones, estén equivocadas o no, sean medianamente maduras. También hace que sea más callada de lo habitual.
Escribo más que hablo porque lo que digo me sale mejor. Más puro, más reposado. Lo que se escribe permanece, los sonidos se diluyen. Probablemente, a menos que lleve una cerveza encima, sería incapaz de defender tan extensamente cualquiera de mis opiniones, salvo excepciones, claro está, que también hay ocasiones en las que hablo hasta por los codos porque sí.
También tengo que confesar que tengo otra traba: no me gusta mi voz. Pensaba que al crecer tendría voz de princesa Disney o algo por el estilo y creo que lo que tengo es voz de contralto, menos femenino a mi parecer. Y la odio, aunque para cantar Sweet Dreams versionada por Marilyn Manson quede de puta madre. Esto hace que hable bajo -ya más por costumbre que por otra cosa- y que hablar en ciertas circunstancias sea para mí un fastidio. De hecho cuando hablo por teléfono cambio la voz completamente de forma instantánea, en parte porque odio hablar por esa máquina -ironías de la vida- y en parte porque siento que con mi voz, tono, volumen de habla normal y deje cordobés, me resulta más difícil hacerme entender. Así que prefiero dedicarme a los bolígrafos y a los teclados aunque sea reconocer abiertamente que soy una taimada comunicativamente hablando. Aunque estoy en tratamiento, lo juro.
Puedes escribir prácticamente donde quieras si tienes los instrumentos necesarios y al ser una tarea solitaria no se precisa de mucho más. A veces quieres que te lean y otras no, pero siempre puedes escribir lo que te dé la gana. Es muy liberador tener siempre esa opción abierta.
Tener un blog hace que pueda tener una ventana más de comunicación abierta al mundo, un lugar donde son mis palabras las que reciben al visitante -y no mi imagen, ni mi voz, un estorbo en muchas ocasiones según el ambiente- y a las que tienes opción de contestar, si quieres. Tanto que he hablado del feminismo en otras ocasiones, un blog es una magnífica muestra del pensamiento de muchas mujeres que andamos por ahí perdidas, una carta de presentación donde si te desprestigian o te ensalzan es por tu pensamiento y no por tu imagen, algo que te puede sentar peor, pero da un trato más humano y equitativo. Prefiero mil veces que me digan "perspicaz" a que me digan "guapa". Lo primero me lo he currado yo, lo segundo ha sido azaroso. Lo escrito te permite volver sobre ello, ampliar tus opiniones o cambiarlas radicalmente y seguir la historia de cómo varía tu pensamiento. Por eso no me gusta borrar nada de lo que escribo, en su momento parecía tener sentido, y borrarlo es como padecer de cierto etnocentrismo pero aplicado a tu misma persona. Si eras gilipollas, eras gilipollas, asúmelo y sigue adelante con tu vida procurando no serlo en un futuro, que es lo que realmente tiene valor. Además echarse unas risas nunca viene mal.
Quisiera emprender una viaje donde la escritura sea uno de los ejes de mi vida, pero nunca sé muy bien cómo hacerlo exactamente. Mientras me decido a saltar y no, tengo este lugar y todas mis opiniones vertidas en distintos medios. Tal vez con esto de tener blog ya esté creando algo aunque no pueda encontrarse en ningún libro de ninguna tienda. Por lo pronto me sirve para ordenar mis ideas, para explorarlas y ponerlas en duda, para conocerme y para conoceros a vosotros, los que me leéis, que es una de las cosas más maravillosas de existir en la blogosfera.
Escribir es algo tan genial, que en un momento dado puede salvarte la vida. Como mínimo, del tedio.
Y aunque por ahora no tengo mucho que decir, me apetecía compartir unas palabras con vosotros desde mi siempre sesgado y parcial punto de vista escrito. Y si de lo que está escrito o está por escribir queréis hacer alguna mención siempre podéis dejarme un comentario, escribir a mi correo o, por qué no, invitarme a una cerveza. Siempre contesto, aunque tarde en hacerlo.
26 octubre, 2012
Esos escalofríos
Cuando voy en el metro
muchas veces no puedo controlar esos símiles que hace mi cabeza al
viajar en el vagón. Observo a la gente, cada uno a lo suyo, viajar
en silencio para bajar apresuradamente en su parada o subir con
prisas mientras lanza miradas ansiosas al panel que anuncia las
estaciones por las que el tren va pasando. Unos van a trabajar, otros
vienen de vuelta, pero todos desfilan por los controles del metro con
su respectiva tarjetita. Todos luchando y considerándose afortunados
por tener un trabajo y poder llevar a casa un pedazo de pan. Y mi
mente relaciona metáforas que van desde un matadero hasta
situaciones parecidas en otras épocas. ¿Qué nos diferencia de
ello?
Una mujer abre un
periódico y comienza a leer las noticias que contiene. A esa mujer
le están diciendo qué pensar sobre ésto y aquello, la están
manipulando y ella no sólo lo consiente sino que lo busca
activamente. Dos estudiantes sentadas a mi izquierda visten de forma
tan similar que parecerían gemelas de no ser por el color del
cabello, diferente en cada una. Personas que luchan día a día por
mantener y cuidar este sistema, que se levantan temprano para
trabajar y dar varias horas de su tiempo a cambio de comida, que
vuelven a su casa y ponen el televisor y a eso lo llaman
“desconectar”. Y se me hace inevitable pensar en esas manos
negras que lo dirigen todo, esas manos negras que no conozco y que
están manejando los recursos de todos: sanitarios, educativos,
ambientales. Recuerdo esas voces que dicen en Europa que las personas
vivimos demasiado, que hay que recortar pensiones, recortar en
sanidad y recortar en educación. Que nos están matando y no nos
damos cuenta. Que si esto sigue así, las enfermedades e infecciones
camparán a sus anchas por las calles gracias a esa mano que
sutilmente, pero de forma inexorable, va segando a esas pobres gentes
los pocos derechos que le van quedando, incluído el derecho a vivir.
Sólo hay que pensar en los alimentos que tomamos, sin garantías de
calidad ninguna. Peor que el pienso de otros animales. Me oprime la
garganta el pensamiento de que el sufrimiento no le importa a nadie.
Que sólo somos los engranajes que hacen funcionar un reloj cuyas
manecillas ni siquiera alcanzamos a ver, siendo engranajes
prescindibles al fin y al cabo, y cuando nos rompamos sólo es
cuestión de sustituirnos por otra pieza. Porque somos muchos
inconscientes y por ello pueden hacerlo. Las manos negras pueden
permitirse el lujo de matarnos silenciosamente mientras nos dicen
cómo vestir y qué pensar, teniéndonos entretenidos como
animales en un matadero.
El barrio obrero donde
vivo no mejora mis pensamientos. Yo soy muy afortunada y sólo estoy
aquí de paso, pero para otras personas esto es su vida. Viven en ese
barrio de edificios de ladrillo sin pintar, de ventanas apelotonadas
todas juntas en los mismos lugares de la fachada para poder captar
algo de luz, rodeados de coches agolpados en unas calles de jardines
tan tristes como el futuro que esas personas poseen. Que mis vecinos
se levantan antes de las siete para trabajar, que vuelven a casa
mustios para comer en un hogar donde todos los sillones de la casa
están orientados al televisor siendo éste el máximo
entretenimiento, que cada día hay que limpiar, cocinar y recoger la
casa en la que viven, siendo los objetivos de su vida cada día los
mismos. Y piensan que son felices, que son afortunados porque tienen
unas pocas pertenencias y un trabajo al que dedican su vida y que los
consume cada vez más a cada jornada. Y no aspirarán a más, se
quedarán ahí, porque esa es su vida y ese es su barrio. Porque
trabajar es lo máximo a lo que aspiran, a pasar todos los días por
ese metro y dirigirse a sus puestos de trabajo como corderitos bien
amaestrados. Trabajar, descansar y volver a trabajar para mantener un
sistema que en el fondo ni siquiera les gusta, pero no se lo plantean
y continúan. Y algunos vivirán resignados, otros pensarán que
viven en la cumbre de aquello a lo que pueden aspirar y esto me mata
de impotencia. Me dan ganas de zarandear a un anónimo cualquiera y
decirle ¡despierta! Y saber que la situación no sólo no va a
cambiar, sino que va a ir a peor, aumenta el nudo de mi garganta.
Hacen con nosotros lo que
quieren, nos dicen cómo tenemos que vivir y nosotros obedecemos
sonrientes y nos dejamos convencer de que o esto es lo mejor, o
simplemente es lo que hay. Y me recorren esos escalofríos por la
espalda porque este es el peor de los mundos posibles, donde
escapamos como especie de la violencia del entorno natural para
aplicarnos la violencia social a nosotros mismos. A nuestra propia
especie y a las demás. Donde a falta de morirse de hambre nos
atrapan desde el miedo por la no supervivencia con trabajos absurdos
y objetivos idiotas, cambiando la jungla natural por otra artificial
que falsamente es más benigna.
La ciudad no se para por
la lluvia como durante la Prehistoria, no nos refugiamos todos en
torno al fuego de la cueva para disfrutar del espectáculo natural.
Seguimos trabajando y yendo a donde se supone que tenemos que ir,
porque tenemos una sanidad que nos cuida cuando nos ponemos enfermos
aunque cada vez quede un poco menos de ella. Porque seguiremos yendo
a trabajar bajo la lluvia aunque podamos ponernos enfermos y no tengamos
medicamentos para recobrar la salud. El hollín de las fábricas ya
no lo tenemos impreso en el rostro como hace unos siglos, porque no
hace falta. Basta con doblegar la voluntad de cada uno por la mañana
ante el despertador, con gastar nuestra más preciada posesión -que
es nuestro tiempo- en objetivos que nosotros nunca nos pondríamos,
en descuidar los vínculos afectivos del hogar para dedicarnos en
cuerpo y alma a un sistema donde unos cuantos viven sin
preocupaciones de ningún tipo y nosotros les permitimos que sea así.
Nos desvivimos por una oligarquía que nos escupe a la cara cada día
bajo la falsa ilusión de que somos libres y nos permiten hacer lo
que queremos. Que podemos comer, vestirnos y dormir bajo un techo
-cada día menos-, no como en los países pobres que un día explotó
nuestra nación bajo lemas de patriotismo.
¿Merece la pena una vida
como ésta? Tener un mundo maravilloso, un planeta lleno de belleza y
posibilidades para que el solo hecho de nacer sea una condena para la
mayoría de seres vivos. Aniquilar especies mientras la nuestra se
reproduce sin control destruyéndolo todo a su paso. Somos cada vez
más pero el reparto de riqueza sigue siendo el mismo, por lo que
cada vez tocamos a menos trozo de pastel por cabeza -salvo unos
pocos- y por ello se permiten precarizar nuestras vidas mientras el
nivel de la suya va aumentando.
Esos escalofríos
consiguen que quiera ponerme a gritar porque este sistema me tiene
atrapada. Porque quiero pegar un golpe en la mesa, huir a toda costa,
pero todo será en vano mientras haya millones que ignoran o permiten
que esto continúe así.
Yo no nací para esto.
Sangrado sobre
Democracia,
Golpe de realidad,
Política,
Reflexiones
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