23 octubre, 2009

La tormenta



Inspirado en "La Tormenta" de Javier Krahe,
dedicado a los amores que nacieron bajo una tormenta
y consiguieron sobrevivir.


Una vez, siendo muy niño,
aunque no tan niño como para no recordarlo,
encontré bajo la lluvia a una muchacha
con una falda de cuadros, una camisa blanca
y un jersey a rayas por paraguas.


¿Tienes frío?, le pregunté
con un deje de ilusión impregnándome la voz
esperando recibir una afirmación como respuesta.
Ella me sonrió, como si mi pregunta fuera tan obvia
que una contestación no mereciera,
y anudándose el jersey a la cintura
se guareció bajo mi paraguas.


Teníamos dieciséis años tanto yo como ella,
y dulce, me tomó la mano y me dijo
que así haría más segura el camino,
que los rayos que empezaban a iluminarse en el cielo le daban pavor.
¡Bella criatura! Que para protegerse asió mi mano
y me dejó a mi sin protección.


¿Cómo te llamas?, pregunté tembloroso
y ella me respondió un nombre de sirena
con una voz tan cálida como serena
que no pude sino guardar silencio
y no esperar replicación.


Seguimos caminando y la lluvia arreciaba más,
soplaba el viento, aún lo recuerdo,
y revolvía el pelo dorado de mi pequeña
como queriéndose llevar el otoño de su juventud.


¿Tienes luz?, me preguntó en un momento.
¡Iba tan contento que no me percaté de que empezaba a oscurecer!
Lo siento, lo siento, me disculpé torpemente,
y ella divertida y sonriente me respondió con un beso.
Fue entonces cuando un rayo rasgó el cielo
y mi niña se refugió entre temblorosa y asustada en mis brazos.
Entonces me detuve, me senté en el suelo con ella y le ofrecí mi regazo.


¡Pardiez! ¡Qué tarde es!,
se revolvió cuando miro mi reloj de muñeca y marcaban las diez y media.
La lluvia hacía horas que había cesado,
se puso de pie en un salto y quitándose el polvo de la ropa
me miró por última vez.


Gracias por acompañarme, caballero,
y despidiéndome así de cortés se puso en camino.
¿Te volveré a ver?, inquirí en un ruego,
y ella sin detenerse me sonrió, y lanzándome un beso me dijo:
Cuando vuelva a llover.

Y yo esperé y esperé una próxima lluvia,
¡Pero pasaban los días, y las semanas y los meses
y no volvía a llover!
“El cambio climático” me dijo mi tía
cuando le pregunté el motivo de tan prolongada sequía.
Y me desesperé.



Comencé a montar en bicicleta, a recorrer una y otra vez el camino
donde te vi esa última vez,
llamándote por tu nombre y preguntando puerta por puerta
a los vecinos por tu ausencia.


Se ha mudado, me dijo un muchacho,
la han casado con un vendedor de pararrayos.
¡Qué ironía!, pensé
y una carta de páginas y páginas te redacté,
esperando por respuesta que volvías conmigo.


Pasaron los meses, los años y no tuve respuesta.
Incapaz de casarme, me dediqué a dibujar tu retrato en las paredes
por miedo a no recordar tu carita de ángel.



Y siendo ya muy anciano,
comprendiendo al fin que jamás volverías
me acerqué presuroso a mi escritorio
-cajón derecho superior, como siempre-
y saqué un revólver que evocaba irremediable
al olor de mis años de gloria que tristemente,
no había pasado a tu lado.
Sin pensar en nada, me lo llevé a la boca
y recordé por un instante el sabor de tus labios
rondándome un beso con picardía y desparpajo.


Una lágrima descendió por mi rostro silente,
una vez más pronuncié tu nombre
y resonó en los granados el eco
de mi histérico y doliente desconsuelo.


4 comentarios:

Mirthas dijo...

Te has superado.
A mi parecer, el mejor de todos tus poemas.

Vivan las tormentas los despertares vespertinos atormentada por una resaca si finalmente consigues legar algo así al mundo.

Sharif dijo...

Bravo!

Mashey Shumey dijo...

Me da coraje dejar comentarios en plan "me ha gustado mucho". Pero este poema merecía algún comentario, es increíble.

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Siempre se me dio bien el relato de tragedias. Pero para mi gusto, a este poema -ahora que lo leo en frío- le falta pasión. Y bueno, también gusta más porque es el menos encriptado y simbolista. A pesar de todo, le reconozco el mérito.