27 marzo, 2012

La mujer, el velo islámico, el feminismo y la dignidad humana

Es un tema que va a estar presente, tanto ahora como en el futuro, porque el islam es una realidad cada vez más tangible en Europa.

Cuando saltaron los “escándalos” porque mujeres y niñas en distintos puntos del continente lo llevaban, como en Francia y en España yo no sabía exactamente qué pensar.

Escuché opiniones de varios bandos: que si el pañuelo islámico era como llevar un crucifijo al cuello en el caso cristiano, que si el velo islámico era una forma de someter a la mujer, otros decían que era motivo de orgullo para una mujer llevarlo...

En fin, un batiburrillo de opiniones vertidas por los medios y por la gente más variopinta.


No hace mucho asistí a unas jornadas de cine árabe con ponentes de excelente calidad humana y profesional, cuyo objetivo era “arrinconar prejuicios”. He de decir que me encantó y que me ayudó a ver otras realidades humanas, concretamente del mundo árabe (por cierto, si algún amante del cine se anima a verlas, los títulos son: Caramel, Los limoneros, Mujeres del Cairo y Días de gloria).

Es cierto, el cine es un magnífico medio para hacernos ver otras formas de entender el mundo y he de decir que tras su visionado y la participación en la tertulia sobre todo de una mujer marroquí nacionalizada española, muy valenciana, que dedica su vida a tratar de hacer que convivan tanto inmigrantes como españoles en paz, me abrió los ojos en algunos aspectos.

Sí, claro que la mujer árabe es tan mujer como tú y como yo (si eres lector masculino, considéralo un halago). Y claro que tiene su carácter, claro que hay mujeres luchadoras árabes, claro que es mentira muchas de las imágenes que nos venden los medios sobre el mundo árabe. Y cierto es que a mí el mundo árabe me parece sencillamente fascinante, y lo es.

Pero, aquí viene el gran pero, pienso que las mujeres árabes realmente luchadoras no llevan velo, ni pañuelo, ni nada que las esconda de la vista de los demás. Y que quede claro, las hay y muchas. Se me viene a la mente por ejemplo Nawal al-Sa'dawi, un verdadero icono femenino (curiosamente ateo).


He visto también un documental en la 2 (qué gran cadena) en el que quienes hablan directamente son ellas, las mujeres musulmanas españolas. Y ahí es donde se ve claramente donde fallan sus argumentos.

Vi el documental con los ojos abiertos, sin enjuiciar, con todos los sentidos puestos en él para tratar de entender su realidad, para ver como ellas, para ver cómo se sienten y saber cuáles son sus razones para llevar un pañuelo en la cabeza. Puse en entredicho mis prejuicios y me lo tragué entero y, en un principio, sin rechistar. Hubo un momento en el que no pude callarme más, a pesar de mis buenas intenciones y de la neutralidad que tenía, porque sus explicaciones no hacían más que provocar mi repulsión hacia el pañuelito en cuestión. No al pañuelito en sí, sino a lo que significa.

Intenté ver que el pañuelo era un objeto de dignificación, que a lo mejor sí que había una buena razón para llevarlo, que había un sentido secreto que se me escapaba por ser yo occidental y estar contaminada de periodismo basura y superficial. Y aunque en principio algo me convencieron aquellas chicas hablándome del pañuelito, para cuando acabó el documental yo me moría de pena por ellas.

Empezaron dándole cierto sentido feminista al hecho de llevarlo, diciendo que la cultura occidental había puesto el culto al cuerpo en un pedestal, siendo la imagen lo único que importaba. Hasta aquí, casi que estoy de acuerdo. Decían, que el hecho de taparse, más que como sumisión, debería entenderse como rebeldía, ya que ellas elegían libremente taparse frente a un mundo que babeaba por ver un trozo de carne femenino.

Si la cosa la hubieran dejado aquí, pues yo a lo mejor las aplaudía. Podría decirles: ole vuestros ovarios, estáis protestando por la conversión del icono femenino en un mero objeto sexual de consumo.

Peeeeeero, la cosa no queda ahí. Las chicas siguieron hablando y me resaltaron una obviedad infranqueable: ellas llevaban el pañuelo por ser musulmanas, no por ser feministas. Dijeron que eso agradaba a Alá, que en el Corán había especificado que quería que las mujeres sólo dejaran al descubierto las manos y la cara en público. Decían que el Corán era un libro que las ayudaba a vivir, que les daba las instrucciones necesarias para entender su existencia y poder seguir unas pautas. Alegaron también que no tenían que soportar los comentarios libidinosos de los hombres gracias a llevar pañuelo.

Ya, llegados a este punto, me empezó a hervir la sangre.

En occidente, las mujeres decidimos destaparnos en lugar de tapar nuestro cuerpo como protesta por una simple razón: llevábamos muchos siglos ocultándolos. Y esto tenía un por qué religioso, igual que las chicas musulmanas del documental lo tienen a día de hoy.

Para empezar, hay una clara falta de reflexión por parte de estas chicas. ¿Por qué alguien va a necesitar un libro escrito hace muchos siglos atrás para vivir ahora? Además de que los libros religiosos no están para nada actualizados y se han quedado a años luz de la sociedad que vive hoy en día ¿dónde deja eso a tu razón? Es decir, ¿basas toda tu vida y todo lo que eres en un solo libro? Qué personalidad tan pobre. ¿Dónde queda la reflexión, el plantearte el por qué algunas cosas están mal y otras no? No necesitas un libro que te lo diga, si sabes pensar lo suficientemente bien. Y si tienes una familia que sepa impulsar tu pensamiento crítico, ya que estas chicas provenían en su mayoría de férreas familias musulmanas. La tradición se erige una vez más como una cadena de la que es muy difícil escapar. Es cierto que estas chicas estaban más espabiladas que sus madres, pero siguen siendo presas, esclavas, de un patriarcado.

Podríamos preguntarnos: si Alá creó a hombres y mujeres, ¿por qué los hizo tan libidinosos, obligando a las mujeres a tener que taparse? ¿No hubiera sido mejor hacer que los hombres no tuvieran ojos? Así cada uno podría ser uno mismo, sin tensiones de ningún tipo. Pero no, claro. Porque en el mundo de la religión, las mujeres somos las grandes agraviadas. Nos dicen: tápate, despiertas los comentarios, la líbido de los hombres. En otras palabras: eres mala, pecadora, tentadora. Tápate, contrólate, no seas tú misma. Niega tu cuerpo, escóndelo lejos de los hombres.

En cuanto al hecho de los comentarios libidinosos de los hombres... no es que los hombres occidentales sean más libidinosos, sino que tienen mayor libertad para expresarlo. Por supuesto, algunos comentarios que he llegado a sufrir como mujer no me han gustado en absoluto y he preferido que el tío se callara en lugar de soltarme una burrada digna de la horca. Claro, que ahí también tengo yo libertad para llamarlo al orden y decirle de todo, por maleducado. Pero una mujer musulmana raramente replica a un hombre, de modo que esa defensa que yo sí tengo, ellas no la tienen. Ellas se tienen que aguantar. Y digo yo, entonces la solución no es taparse, la solución es la educación. Educar a los hombres y a las mujeres en libertad, ética y buenos modales.

Tapar a una mujer es poner un parche: el problema sigue ahí. Porque los hombres no son más especiales que los machos de otras especies. Los hombres no han sido creados por un dios (masculino en todas las religiones prácticamente, dicho sea de paso), sino que son el resultado al igual que el gato, el conejo o el avestruz, de una selección natural que simplemente lo ha hecho tal cual es. Con su líbido y su imperiosa necesidad de procrear. Con su maravillosa “imperfección”.Y a la mujer también.

¿Por qué negar nuestra naturaleza? Ahí está el quid de la cuestión. Porque la religión lo pide, está claro, pero no hay motivo natural alguno.

Una mujer no debería sentir vergüenza por enseñar su cuerpo, debería resultarnos natural, pero como el machismo también sigue vigente en occidente continúa siendo un problema. Y se comercia con el cuerpo de la mujer. Lo han convertido en un arma para despojarnos de nuestra dignidad humana y convertirlo en un producto de consumo. Se han aprovechado de la reivindicación feminista para poner el cuerpo de la mujer al servicio, una vez más, del hombre. Y por eso habría que luchar más que nunca, para poder desnudarnos sin pudor, sin avergonzarnos de nuestro cuerpo de mujer, sin tener que ser acosadas por ello, y castigar a todo aquel y aquella que intente comerciar con algo tan valioso, ya sea de forma directa mediante la prostitución o de forma indirecta mediante el márketing y los productos audiovisuales. Porque del alma no tenemos prueba, pero del cuerpo tenemos constancia cada día. Tenemos que lavarlo, perfumarlo, abrigarlo, sacarlo a la calle, hacerlo escalar una montaña, abrazar a una persona, poner su atención en un blog.

Nuestro cuerpo es nuestro y debería estar libre de la religión, del sexismo, de las modas pasajeras que lo hacen sufrir, de todas las cadenas mentales que tenemos que aguantar y que lo convierten en algo que no es. No debería ser objeto de explotación, sino de cuidado y dignidad. La religión ha enfatizado mediante el morbo su importancia en el peor de los sentidos. ¿Si el cuerpo humano fuera algo realmente natural en nuestra sociedad, nos daría tanto morbo verlo sin ropa? Me inclino a pensar que no. Igual que a nadie escandaliza ver a un mono desnudo, lo mismo ocurriría con nosotros.


Recapitulando, el pañuelo islámico no es más que otra arma machista que, disfrazando de supuesta dignidad y orgullo a quien lo lleva puesto, lo que hace es ejercer control sobre la población. Así de claro. ¿Que las mujeres musulmanas tienen la falsa ilusión de ser realmente libres para llevarlo y reivindican llevarlo? Que lo hagan. Aunque como en el propio documental le dijo una profesora a una de las chicas: “las mujeres españolas no llevamos años reivindicando ponernos pantalones para que vengas tú aquí ahora y te pongas un velo”. Pero ya que tenemos que convivir, no hay que obligarlas a no llevarlo. Sin embargo, qué tristeza. Qué tristeza que todavía estemos encadenadas al qué dirán, a tratar de gustar a los demás sin importar el precio -ya sea tapando o enseñando nuestro cuerpo- en lugar de respetarnos a nosotras mismas tal y como somos. Tener que aguantar presiones sociales que nos incitan a llevar siempre lo más incómodo, sin pensar nunca en el cuerpo femenino en sí, sino en el efecto que éste produce en los otros.

Yo antes soy ciudadano que mujer, como dijo Clara Campoamor, y creo que es de buen ciudadano el no pasarnos la dignidad humana por el forro según las conveniencias de cada cual.

Explotar un cuerpo por el placer de otro, está mal, sea de quien sea el cuerpo, sea quien sea el explotador. Religión, prostitución, márketing sexual, ningunear el cuerpo humano en todos los casos no debería estar permitido. Porque quienes lo defiende, lo hacen por los preceptos equivocados. Se creen más libres por enseñar o por tapar, y no se dan cuenta de que simplemente son instrumentos en manos de otros.

El cuerpo sólo es un cuerpo: con toda la responsabilidad y dignidad que conlleva. El cuerpo y la persona son lo mismo. Por el respeto que le tengas a una persona, así utilizarás su cuerpo. Y viceversa.

No nos creamos más libres por agitar cuando nos dé la gana las cadenas que otros, por moda o tradición, nos han impuesto desde nuestra ignorancia, carácter acrítico y desinformación.


7 comentarios:

Dario Castañé dijo...

Excelente entrada :) Por desgracia, no sólo las religiones aplican estas tácticas, cómo ya apuntas.

Me ocurre algo similar con aquellos que comulgan con una ideología (cualquiera, no hay diferencia salvo que en unas son más dañinas que otras) y para ellos son verdades universales.

En ocasiones me pregunto cómo lo hacen estas personas, sin libros ni guías, para vivir creyendo en lo creen. Cuando uno llega a este punto se da cuenta de todos los prejuicios que acumula, involuntariamente, y te da pavor pensar en qué más te manipulan. Da más miedo porque eres consciente.

Dario Castañé dijo...

Por cierto, lo he enlazado en Menéame ;) http://www.meneame.net/story/mujer-velo-islamico-feminismo-dignidad-humana Para la hora que es, está suscitando buenos comentarios.

Anónimo dijo...

Un artículo muy bueno, gracias por compartirlo.Patricia

harazem dijo...

Muy de acuerdo en todos los puntos del texto. Para ampliar perspectivas te recomiendo el libro "El islam sin velo" de Nazanín Amirian y Martha Zein. Una película muy divertida y que muestra un mundo de convivencia y libertad en un país musulmán ya perdido es "Un verano en la Goulette". Por otra parte para mí el problema de los símbolos religiosos no es tanto un problema de (falsa) libertad individual como de esencia mala educación. Sus símbolos son como perdigones de comida masticada que te lanzan a la cara quienes no saben comer con la boca cerrada. Eso sin contar con que el problema de la existencia o no de los distintos dioses no es tanto la necesidad que los creyentes tenga de ellos como el uso como arma agresiva (cuando no de destrucción masiva) para lo que históricamente han servido.

Elvira dijo...

Gracias por subirlo, David. Siempre viene bien que haya sangre joven que conozca este lugar ;) Y gracias por participar, ¿es la primera vez, no?

Y gracias por comentar, Patricia, me alegra que te visibilices.

Harazem, quizá podría haber hecho un análisis más profundo, pero escribí este post más por cabreo que por otra cosa y en esos momentos siempre me dejo cosas en el tintero. De todos modos quería ser más o menos escueta y tratar lo más concretamente posible el tema del velo, aunque traiga mucha cola, como suele pasar con estos temas. Me apunto la infografía ;) Me ha gustado la analogía de los perdigones :)

Collejero dijo...

No he querido insinuar que fuera superficial. Pienso todo lo contrario: en ese vuela pluma tocas todas las claves fundamentales del asunto en el formato de un post. Lo de recomendar el libro fue solo por aportar pensamiento de dos ineludibles expertas en el mismo sentido de lo que desgranas esquemáticamente. La peli estoy seguro que te gustará. No te la pierdas.

Josefo el Apóstata dijo...

Muy buena entrada Elvira. A mí también me estuvo "engañando" durante algún tiempo la reivindicación del velo como símbolo de rebeldía cultural e incluso feminista. Un espejismo. Realmente no hay otra cosa detrás del velo que sumisión machista disfrazada de fe religiosa, tradicionalismo cultural, expresión de identidad nacional, etc.