13 agosto, 2010

Buenos días, doctor


Buenos días, doctor. Como ya hablamos en anteriores consultas, usted sabe que padezco de una serie de desórdenes mentales. Usted sabe que mi matrimonio es un fracaso, que mi marido me engaña y que yo no dejo de fantasear con otros hombres. Usted dice que a raíz de toda esa situación, he desarrollado una ninfomanía sagaz y destructiva. Ha descartado la paranoia en mí, cosa que no sé hasta qué punto ha sido un acierto, pues me reconozco paranoide además de pensar que mis ideas son a veces extrañas. Claro, que me imagino que muchos paranoicos no dudan de sí mismos. Puede que ahí esté la diferencia. Yo no lo sé, no soy psiquiatra como usted, doctor.

Últimamente fumo mucho. Fumo mucho y a escondidas. Mi marido odia el tabaco, y lo peor es que yo también. Pero fumar me relaja. Soy especialmente vulnerable por la noche. Pero no al tabaco, doctor, sino al vodka. Me lo sirvo con cualquier bebida: café, agua, zumo, refresco… tengo que camuflarlo, porque si mi marido me ve con la botella, en seguida me la quita. Este gesto suyo me parece bastante desacertado, ya que ha sido él el que me ha arrojado a los brazos del alcohol. Flirtea con todas las mujeres, ¿sabe? Con todas. Ya sean guapas o feas, listas o tontas, maduras o jóvenes. Incluso se insinuó a la mujer de su mejor amigo. Y encima, delante de mí. Yo finjo no darme cuenta, doctor. No sé qué pretende haciendo eso. Yo lo entiendo como una falta de respeto, pero eso a él parece darle igual. Si le llamo la atención, dice que estoy loca. He llegado incluso a verle comerse a otra con los ojos y yo era plenamente consciente de que sentía algo por ella. Es enfermizo, y por eso fui a verle, doctor.

He de confesarle que estoy enamorada de un hombre que nunca he visto. Es un escultor al que solo conozco a través de páginas de Internet y un foro. Esto solo agrava mi situación y, a la vez, me ayuda a evadirme. Muchas veces cierro los ojos y pienso en él, en dónde estará en esos instantes. Sé que todo esto es una tontería, pero si usted supiera, doctor, lo mucho que me ayuda a no sentirme sola y asqueada con mi existencia… A veces quiero morirme, doctor, y otras, irme muy lejos, donde nada ni nadie pueda encontrarme.

Muchas noches me entran ganas de llorar. Tengo frecuentes y recurrentes pesadillas que no cesan de atormentarme cuando me duermo. Vivo en un infierno, doctor, y ni usted ni todas sus pastillas pueden ayudarme.

Le escribo todo esto porque siento afecto por usted. Sé que me encuentra atractiva y que, de habernos conocido en otras circunstancias, tal vez me hubiera invitado a una copa. Pero usted no puede hacer nada por mí, doctor. Yo solo soy su paciente y usted, mi psiquiatra.

Siento que no pueda curarme, pero no le culpo por ello. Estoy segura de que nadie, en realidad, podría. Solo soy una pobre loca enferma, que vive en un mundo enfermo. Y hay tanta enfermedad, que llega un momento en el que no sabes quién va a ser el próximo que va a infectarte con sus bacterias.

Gracias por todo.

Le envío un beso, que espero que recoja de mis labios antes de que cierren la tapa de mi ataúd.

Con cariño,

L. J. Lange


2 comentarios:

Guillermo Loaysa dijo...

Curiosamente, L.J. Lange es un hombre.

Uno no puede fiarse de nadie.

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Claro. Esta es su nueva identidad como mujer.