10 septiembre, 2009

Despropósito



Póngase que en una calle cualquiera va caminando un señor con bigote. Cuando se habla de un señor con bigote, todo el mundo sabe a qué tipo de persona me refiero: un hombre con bigote de los de antes, de esos que llevan esmoquin, bastón, monóculo y sombrero de copa y son calvos por toda la cabeza. Y sin embargo, lleva bigote. Bien, pues este señor va caminando por la calle y de pronto se encuentra con una señora mayor con la que se tropieza. La vieja lleva una toquilla feísima, de esas blancas con lunares y por eso se precipita al suelo sin remedio. La señora, que ya es mayor, se rompe la cadera y sangra por la barbilla debido al impacto. Su sangre no le es indiferente a un batallón de hormigas que pasa por allí, de modo que recogen algunas gotitas y se las llevan al hormiguero. El hormiguero sin querer es destruido por uno de esos niños maleducados que no miran por donde pisan y que comen piruletas sin cesar. De pronto, el niño pisa un charco y se llena de agua todo el pantalón. Le da rabia al niño el haber pisado el charco, por lo que llora, patalea y maldice, en esto que la piruleta que tiene en la mano sale volando por los aires a causa de la rabieta, y termina estancada en la melena de una rubia que se acaba de casar. La rubia no lleva alianza en el dedo, dice que eso son tradiciones absurdas. Va conduciendo un auto rojo con la ventanilla bajada y como el tráfico es espeso, tose y traga humo y se enfada y escupe por la ventana, con tal mala suerte que el salivazo le cae en el esmoquin al señor con bigote.


Ante esto, una no puede evitar hacerse una pregunta muy importante:


¿Por qué saltan las ranas?




(A propósito, el otro día conseguí el reto que me propuso hará más de un año el chico del nombre azul)

1 comentario:

Mirthas dijo...

Porque Dios es un mejillón.