07 septiembre, 2009

Suomen Tasavalta

Son las nueve de la mañana y afuera está nevando. Suomi nunca amaneció tan bella, cubierta de hielo y de escarcha, congelando los árboles que ahora se asemejan al cristal.


Son las nueve de la mañana y acabamos de hacer el amor.



Yo estoy desnuda en una cama inmaculada, con las sábanas todavía tibias del calor de nuestros cuerpos, mirándote.



Tú estás de pie, también desnudo, mirando por la ventana con la mano apoyada en el marco y la cabeza apoyada en la muñeca, dándome la espalda.



Hace un bonito día, comentas.



Sí, hace un bonito día y tú ya no me amas.



Sé que te has levantado tan raudo de la cama al terminar para no tener que enfrentarte a mis ojos. Para no tener que leer el reproche en mis ojos. Para que yo no tenga que leer la decepción en los tuyos.



¿Cómo hemos llegado a esto?



Hace todavía dos meses que nos amábamos y nos reíamos de los lirios, de las sombras, de los atardeceres que están por llegar.



¿Cómo hemos llegado a esto?



Aún recuerdo los besos de medianoche, los susurros en la mañana, los abrazos de París, las cerezas con miel en tus labios.



Nos hemos convertido en dos desconocidos que ya no se hablan, que ya no se miran, que se les hace insoportable la compañía del otro.



Si ahora me levantara y me vistiera, si tuviera valor para abrir la puerta y marcharme, tú no me detendrías. No tendría nada que explicarte. Abriría la puerta y me marcharía, echando nuestra relación por tierra para siempre, y no volvería a poner un pie en tu vida. Y yo sé que tú no me detendrías.



Pero no tengo valor ni de quedarme contigo, ni de partir para siempre, así que me quedo en la cama, esperando a que digas algo.



Tú murmuras, aún mirando a la ventana: ¿Dónde he puesto la ropa?



Y yo, que apenas puedo hablar, espero a que te des la vuelta y me mires al encontrar el silencio por respuesta, y guío a tus ojos, al encontrarse con los míos hacia los trapos que se acumulan en el sofá.



Es lo único que puedo darte ahora, y ni siquiera te lo puedo dar.



Sin mirarme te acercas a él y te vistes muy despacio.



Y yo, que ya no tengo paciencia ni siquiera para mirarte, clavo mis ojos en el vacío y espero a que la muerte me llegue, porque hemos caído en el peor pecado que dos amantes pueden cometer.



Acabamos de echar el polvo más triste del mundo.