18 enero, 2011

Los vulnerables. Parte primera.

Soy enfermera en el hospital general Sadocén desde hace casi cuatro años. Me llamo Inda. A pesar de permanecer en este hospital tan largo tiempo, aún no he conseguido afianzarme en ningún lugar. Me ocupo un poco de todo. Tengo un auxiliar de clínica a mi cargo. Se llama Iván. Tiene veinticuatro años. Tenemos conocimiento el uno del otro desde hace dos meses, pero a mí me parece casi una vida. Para mí es como un hermano pequeño. Discutimos a menudo, pero eso no es lo importante. Lo importante es que es la única persona que consigue que el infierno que estamos viviendo no me incite a quitarme la vida. Puede sonar duro, pero es que así es. Empezaré la historia desde el principio:


Hace tres meses comenzó una epidemia parecida a una gripe. Tos recurrente, fiebre, malestar general, dolor de cabeza, dolor de garganta, dolor muscular, apatía, cansancio. Un maremágnum de sensaciones que llevó a más de la mitad de la población a recurrir a los servicios sanitarios. Gran parte del trabajo se centró en un primer momento en los ambulatorios. He de decir que no sé si eso fue un alivio o no. Las personas que asistían a los centros de salud por otras razones ajenas a la epidemia general, comenzaron también a padecer los síntomas. Al hospital llegaban sólo los casos más graves. Y aún así, estábamos desbordados.


En un primer momento recetamos los medicamentos pertinentes para tratar la sintomatología de forma general: paracetamol, ibuprofeno, carbocisteína, codeína…


Durante un par de semanas parecía que la enfermedad se replegaba y la población experimentó una mejoría general. Nos confiamos. En los periódicos locales se hablaba de una gripe más. La ola de frío que había entrado por el norte era seguramente la causante del descenso de linfocitos que había afectado a toda la ciudad, ya que ésta se ubicaba en la parte más fría del país.


El balance de muertos en esta primera embestida fue ciertamente esperanzador. Era más bajo que en los cincuenta años anteriores. Ahora sólo había que esperar a que remitiera.


Sólo que no remitió. Empeoró.


Y cómo empeoró.



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