27 enero, 2011

Rebelde... ¿sin causa?

Cuando era pequeña en mi familia me llamaban “el espíritu de la contradicción” porque siempre que no estaba de acuerdo con algo, lo discutía –y eso ocurría con cierta asiduidad-. Como siempre mis opiniones han sido muy personales, llegando con bastante frecuencia a ser atípicas, me gané la fama de querer discutir por discutir. Sin embargo, eso nunca ha sido cierto. No suelo discutir por discutir, de verdad que no –salvo en muy contadas ocasiones que discuto por diversión… pero discutir por diversión no es discutir por discutir, que quede claro-.

Puede parecer chocante que, ante algo que no me gusta, salte. Y salto de forma violenta, airada, pasional y mordaz. Siempre intento llevar a la razón de mi mano, pero independientemente de eso, mis discursos suelen ser enérgicos. El hecho de que lo sean, no sé por qué, hace que las personas lo interpreten como que me dejo llevar por una furia divina, desatada e incontrolable y que no hay argumentos detrás de esos arranques. Y si se me lee o se me escucha con atención, cualquiera se da cuenta de que toda mi opinión se fundamenta en argumentos bien razonados –a veces con más o con menos acierto, eso lo reconozco-.

Odio con todas mis ganas a quienes identifican la pasión con la ingenuidad juvenil. Esas frases de: “ya cambiarás… la vida le acaba dando la vuelta a uno”, “ yo antes pensaba A, pero fíjate cómo es la vida, que ahora me he ido al extremo y pienso Z”, “ahora tienes mucha fuerza, pero cuando tengas mi edad verás las cosas de forma distinta” o la peor, la que empieza: “yo pensaba igual que tú a tu edad, pero…”.

Ante ésta última me entran ganas de responder varias cosas:

1. 1. Lo siento, señor, pero lo dudo mucho.

2. 2. Que tuviéramos en su momento opiniones similares no significa que las motivaciones que nos llevaran a pensar así sean iguales. Que usted se hiciera el “progre” en su momento para destacar en su pandilla de amigotes pseudorrojeras no significa que yo tenga su misma determinación, y si he llegado a pensar de una forma concreta no ha sido sin una profunda reflexión previa.

3. 3. Eso es una gran prueba de una de estas dos cosas, e incluso de ambas dos: O que usted en su juventud tenía la capacidad reflexiva de un babuino, probablemente embebido en una gran ensalada de hormonas que le impedían pensar con objetividad; y esa capacidad no ha mejorado a pesar del tiempo, por lo que usted no ha recapacitado con seriedad qué es lo que realmente apoya; o quizá es que usted es un chaquetero pseudointelectual que se raja a la primera de cambio, cuando sus ideas no se corresponden con la realidad que usted imaginaba. O tal vez es usted simplemente un capullo inseguro, adicto a las relaciones disfuncionales, que apuesta al mejor postor, aunque ni siquiera sepa qué es lo que significa tener una ideal y en qué consiste éste.

No soy una persona que hable por hablar. Yo no grito para hacerme oír, me basta con un susurro certero. Puedo tener muy mala idea a veces en la forma en la que digo las cosas, pero detrás de todo eso siempre se encuentra una motivación apoyada en fuertes argumentos. No me da la gana de dejarme llevar por el pensamiento de la mayoría si considero que ésta se equivoca, como por otro lado no dejo de participar en esa mayoría si creo que lo que opina es correcto, pues no tengo ningún ánimo de llevar la contraria por llamar la atención.

No confundan pasional con irreflexivo, por favor. Yo no voy quemando contenedores en un arranque de valentía infundada o fundada en la moda o en cualquier otro movimiento pasajero.

Así que si alguien me dice: “Yo, a tu edad…” probablemente le responda: Pues si es así, lo más probable es que si yo me convierto en lo que usted es en la actualidad, me pegue un tiro, porque significa que habrá muerto todo lo que soy. Como probablemente no me ocurrirá lo que usted dice, a pesar de lo que usted haya hecho con su vida y de sus ganas de hacerme partícipe de su frustración vital, sólo puedo desearle que eche un polvo, así quizá le vuelvan a entrar ganas de vivir y de no conformarse con la primera mierda que le den en la vida”.

1 comentario:

Guillermo Loaysa dijo...

La vida es una mierda, sí. Y da vueltas.
Imagino que el truco está en no atragantarse con el vómito que uno mismo se genera de tanto girar y girar y girar.

De todos modos eres una mosca cojonera. Y te gusta serlo.

No me habré echado yo risas contigo por el mero hecho de dar por saco mientras afilamos los colmillos...

Es mejor ser un cabrón y decirlo en voz alta que pecar de cierta beatería.

Sin ánimo de molestar (o si).