25 enero, 2011

Gatos. Mis gatos.

Los gatos son animales que te dejan sin respiración. Ágiles, inteligentes, cariñosos, simpáticos, orgullosos y humanos. Os aseguro que no es lo mismo tenerlos que no tenerlos en casa.

Yo tengo tres y en teoría no debería tener ninguno. Pero un día llegó el primero, luego el segundo… y después el tercero. Llegaron sin más. Como hijos traídos por la cigüeña. De verdad, yo no lo planeé. Si me hubieran dicho que iba a tener tres gatos, hubiera pensado en mí como en una persona rodeada de animales que destrozan la casa y que son absolutamente ingobernables. Pero no es así, o más bien, no es exactamente así. De modo que espero que se me perdone mi pequeño… bueno, mis tres pequeños deslices zoofílicos, concretamente gatunos.

Y para hablaros de la grandeza de estos animales, me basaré en mi experiencia propia.


Edgar Vladimir London,

(Edgar para los amigos)


Él sí que sabe.


Iba caminando por la calle en dirección a mi facultad, escuchando música, pensando en mis cosas, cuando me pareció ver por el rabillo del ojo una pequeña figura que sobresalía de unos arbustos. Me paré en seco y volví sobre mis pasos.

“Miau”, me dijo un gato negro de ojos verdes desde los arbustos.

Le miré fijamente. “Miau”, me volvió a decir.

No sin cierto temor, alargué una mano hacia su hocico y dejé que me olisqueara. El gato parecía que iba de buenas. Me aventuré a acariciarle la cabeza. No se opuso.

Me agaché y empecé a llamarlo. El gato salió de los arbustos y se puso sobre la acera, a mi lado. Me levanté y empecé a caminar en dirección a mi casa, llamándolo. El gato se venía conmigo. Así que en una de estas lo cogí en brazos y me lo llevé a casa. Tal cual.

Edgar es un gato al que abandonaron con seis meses una familia cuya gata había tenido unas cuantas crías. Lo sé porque al poco de encontrar a Edgar, vi algunos gatos negros más de su edad correteando por las calles, aunque no tan simpáticos como él, a los que intenté acercarme sin éxito.

Edgar me enamoró como ningún otro animal ha conseguido hacerlo jamás. Noble de corazón, atento, muy orgulloso e inteligente, cariñoso, distinguido y calculador. Edgar y yo nos hemos adorado desde el principio. Es un sentimental. Tiene alma de escritor. De ahí sus nombres. Curioso como nadie, es capaz de pasarse horas mirando por la ventana, melancólico, maullándoles a los pájaros. Es capaz de matar a una mosca en dos simples movimientos, bien calculados y medidos. Cazador desde siempre y gran amante de las siestas. De temperamento apacible, jamás me ha levantado una pata para arañarme.

Edgar observando a una mosca antes de saltar sobre ella.


Muchas veces me busca para que le dé mimos. Cuando estoy pensativa, triste o cansada, se sube al sofá de un salto y se pone a mi lado ronroneando. Ha acogido, ayudado a criar y educado a dos gatos, como él, recogidos de la calle. Duerme conmigo. Ahora mismo lo tengo delante de mí, durmiendo encima de la mesa con su collar rojo. Edgar sabe cuando estoy con el ánimo bajo y sabe ir a mí para animarme. Mantenemos largas conversaciones a través de la mirada. Creo que mi relación con él es lo más parecido a tener un romance con un gato. Porque lo tenemos. Y cualquiera que nos vea sabe lo mucho que nos queremos.


Darwin Cobain, (Darwin)


Darwin en la actualidad, recién despertado de la siesta.


A Darwin lo escuché maullar desesperado debajo de un coche una mañana en la que iba a la facultad a hacer un examen. Los maullidos me conmovieron de sobremanera, pero pensé que probablemente era una cría que se había perdido y pensé que su madre iría pronto a recogerla, por lo que seguí mi camino.

El problema fue que a la vuelta seguía maullando. Exactamente igual que la primera vez. De modo que fui a mi casa, recogí comida para gatos (con el permiso de Edgar) e hice lo imposible por tratar de sacarlo de debajo del coche.

Darwin era el típico gato naranja a rayas. Su particularidad era que tenía los ojos dorados, aunque eso lo descubrí más tarde. Su madre era una gata naranja a rayas que había visto semanas antes embarazada y que ahora había tenido seis crías. Darwin era el más pequeño de la camada y el más débil, así que la madre cuando se vio con tanta cría, decidió abandonar a Darwin para que el resto de su camada pudiera sobrevivir.


Así encontré a Darwin. Daba penita, ¿eh?


Y así estaba, sucio y famélico debajo de aquel coche. Terriblemente asustado. Me pasé dos horas, literalmente, al lado del coche intentando sacarlo. No quería, me tenía verdadero miedo. Se ve que lo habían asustado algunas personas y desconfiaba de mí terriblemente. Mientras estaba yo tirada en la acera, pensando en cómo meterme debajo del coche y sacar al gato, un vecino se me acercó y me dijo que ese gato se había pasado tres días debajo del coche maullando, que probablemente lo había abandonado la madre. ¡Tres días! Y eran días nublados, había hecho frío.


Darwin, el día que nos conocimos.


Pasé al plan B: dejar que Edgar se ocupara. Subí a casa, metí a Edgar en su gatera y lo bajé, esperando a que, con sus maullidos, atrajera al pequeñín. Y vaya si lo consiguió. Darwin estaba desesperado, se sentía solo y abandonado y al escuchar a Edgar no dudó en aproximarse a su gatera a pesar de que se lo estaba vigilando desde no muy lejos. Tardó varios minutos en colarse en la gatera por una puertecilla superior más pequeña que la principal, por donde Edgar sacaba la cabeza. Era tan pequeño que consiguió meterse por ahí. ¡Ya lo teníamos!

Al principio pensé que era una hembra (de hecho le tengo dedicado en este mismo blog un poema). Tenía unos tres meses y no dejaba de bufar y de intentar arañar.

Hizo falta mucha paciencia, mucho cuidado, mucho cariño hasta que dejó de bufar, se dejó mínimamente acariciar y dejó de esconderse cada vez que entrabas en la habitación donde él estaba.

Buscaba la compañía de Edgar. Edgar ha sido como un padre para él (le enseñó a usar la cajita de arena entre otras cosas) y se nota que lo quiere mucho por cómo se acerca a él y empieza a darle lametones –que Edgar corresponde-.


Edgar ejerció de padre desde el primer momento.


Darwin intentando seguir los pasos de su papi adoptivo.


Nunca ha sido un gato cariñoso, es cierto, pero sabe darte a entender que te quiere a su manera. Es un gato que vive con miedo, al que los primeros meses de su vida le han dejado una huella imborrable en la mente. Sin embargo, su evolución desde entonces ha sido abismal. No le gusta que lo agobies con cariño, pero acepta que lo cojas en brazos y le acaricies la cabeza. No bufa (solo a las personas extrañas que no conoce y que tratan de acercarse a él), no se esconde y pocas veces se resiste a que lo cojas en brazos o lo acaricies (eso sí, no te pases, que si no te da con la pata –sin uñas- en la mano o se va). Le gusta dormir en la hamaca de su rascador y a veces hasta tolera acercarse un poco a mí mientras duermo.


Darwin en su rascador compartido.


Al principio no maullaba (se quedó mudo y traumado de la experiencia del coche) y ahora lo hace algunas veces. No puede decirse que sea un gato inteligente como Edgar (que averiguó poco después de llegar el mecanismo para abrir una puerta, entre otras cosas), pero sí que es bastante avispado.

Le encanta comer (siempre se acerca a la cocina cuando estoy cocinando, se sienta y me mira con curiosidad… por eso siempre le he dicho que es un gato con inquietudes gastronómicas), pero es tan nervioso que no engorda. Tardó mucho en crecer, ¡pero menudo estirón pegó cuando lo hizo! Sus costumbres callejeras hacen que a veces lo tengas que regañar por acercarse con demasiado interés al cubo de la basura, pero no puede decirse que se porte mal. Nervioso y juguetón, le sobran las energías. Tiene el récord de recorrer mi pasillo en sólo unos segundos. Y hace Matrix. De verdad. Pega grandes saltos, llega a la pared y se impulsa con las patas hacia el suelo del pasillo. Tiene una mirada profunda y penetrante, como la de los niños que han crecido demasiado rápido. Es un gato observador. Si estás haciendo cualquier cosa que le llame la atención, se acerca a ti y se sienta –eso sí, a una distancia que él considere prudencial- y te mira. Se puede pasar horas mirando lo que haces.


Aquí está crecidito ya y ensimismado.


Tiene una personalidad particular e independiente y por eso le quiero. Es un vivo ejemplo de la superación de un gato.


Fiodor Kafka Maquiavelo

(también conocido como Fiodor o Señor Fifi)


Está llamado a dominar el mundo.

Aquí lo vemos sentado en su silla.


A Fiodor lo conocí a través de un compañero de clase. Por lo visto, eran tres gatitos cuya madre los abandonó en un jardín. Les cayó una lluvia enorme y sólo sobrevivieron dos. Fiodor y su hermanita, que murió poco después de haberla recogido. Mi compañero no se podía ocupar del gatito, así que me lo dio a mí.

Fiodor me cabía en la mano cuando lo vi por primera vez. Tenía unas tres semanas y parecía un gato transparente entre el frío y el hambre que había pasado. Fiodor es un gato albino. Blanco y con ojos azules. Afortunadamente no padece sordera como sí tienen otros gatos albinos. A Fiodor le llamamos Señor Fifi porque es tan pequeño que el nombre le viene grande todavía (actualmente tiene cuatro meses). Siempre está buscando fuentes de calor, porque parece ser que los albinos son más sensibles a los cambios de temperatura que el resto de los gatos, así que siempre está al lado de la estufa o encima de mis piernas para estar calentito. De hecho, se viene a dormir a mi cama porque por la noche pasa frío. Precisamente porque no se viene a la cama todas las noches, anda siempre resfriado y se suele saber dónde está gracias a que de vez en cuando se oye un “Achís” por el pasillo. Es un gato de armas tomar a pesar de su tamaño y edad. Tiene un gran corazón, pero no le toques su comida. A Darwin al principio no le cayó demasiado bien y le estuvo bufando durante un par de días. Sorprendentemente, Fiodor no se amedrentó y le plantó cara a un gato que era cuatro veces más grande que él. Nunca han llegado a las manos, aunque a veces se dan una colleja de hermanos. Darwin y él se lo pasan pipa correteando por el pasillo, y es que Edgar a pesar de ser un gran padre no le gustan los juegos demasiado (aunque a veces se anima también). Darwin y Fiodor tienen disputas en la comida, porque Fiodor trata de robarle el pienso a Darwin y Darwin le pega con la pata para defender lo suyo.


Darwin y Fiodor siguen los pasos de su madre.

Muy republicanos ellos.


Fiodor es un poco maleducado en cuanto a costumbres de etiqueta. Intenta siempre coger algo de tu comida y es una manía que está costando corregirle. Gran gourmet, es también un gran ronroneador. Cazador de nacimiento, salta sobre ti mientras duermes y empieza a intentar cogerte los pies. En épocas de frío no se aparta de tu lado. Eso sí, como decía, es orgulloso, y si a él no le da la gana de que lo cojas, pues no lo coges. Así de fácil.


Ésto es amor y lo demás tonterías.


Es un gato que AMA EL AGUA. Es el único de los tres al que le gusta que lo bañen. Pero con agua calentita, ¿eh? Le gusta experimentar con el agua, especialmente el fenómeno de la refracción. Fiodor no entiende cómo al meter la pata en el agua parece que está torcida. Así que él, gran pensador, mete la pata en el bebedero y la mira fijamente varios minutos. Luego la saca y lame el agua que recoge con la pata –además es pragmático, como podéis ver-. También le ha dado por la inmersión de servilletas. Al parecer el otro día cogió una servilleta rosa y la llevó al bebedero para ver lo que pasaba. Así es normal que ande siempre resfriado…

Le gusta sentarse y dormirse en el router del ordenador… porque está calentito. Ahora mismo lo tengo encima de mí, hecho una bola.

Maúlla desde pequeño y sabe decir “esta boquita es mía” cuando tiene hambre. Y cuando quiere que le eches más agua en el bebedero –sobre todo porque el agua que le pusiste en un principio está tirada por el suelo debido a sus experimentos- también. Es muy inteligente ahora, y cuando crezca lo será todavía más.

Así que ya veis, estos son mis tres pequeñines. Cada uno con su personalidad, como si fueran personas. Los mayores destrozos que hacen son jugar con las servilletas y esparcirlas por el suelo (Darwin y Fiodor), jugar con el sofá (arreglable si compras un rascador para el gato y una funda para el sofá) y darte pequeños sustos por la casa porque aparecen donde menos te lo esperas (les gusta entre otras cosas meterse en mi armario). No me siento mal al haberlos recogido porque sé que los he salvado de la dura vida de la calle e, incluso, de la muerte. Me dan mucha compañía, mucho cariño, muchas risas y muchos sustos (el último, Fifi al haber tirado una jarra de agua sobre el sofá… intentando meter las patas dentro de ella). Son muy inteligentes (responden a su nombre, saben perfectamente cuando les estás diciendo que no, te responden a tus preguntas mediante gestos, te llevan al plato de comida mientras maúllan si tienen hambre, se las ingenian para abrir las ventanas con las patas... y los armarios y un laaargo etc.) y grandes compañeros.

Si queréis un buen amigo, tenéis tiempo y paciencia y estáis dispuestos a educar a una pseudopersonita, adoptad a un gato. Nunca lo compréis. Y no los hagáis criar, por favor. Antes de regalar un gatito de una camada piensa en los cientos de gatos estupendos que esperan en las perreras o en las calles a que alguien los salve.


.

¿Y tú qué miras?



¡Ensalada de gatos!


12 comentarios:

Imaginario dijo...

Preciosos

Aunque no creo que se lleven muy bien con mi avatar ni con mi "Hamsti" ;-)

Por cierto, he creado un blog exclusivo para ella. De momento está en construcción, pero pienso subir muchas fotos.

Fotoblog de Hamsti

Me encantan todos los "bichos".

Un saludo

Elvira, el Cisne Negro dijo...

También me gustan los hámsters. En cierta ocasión llegué a juntar 17... Mi trayectoria con los bichos es larga.

Le he echado un vistazo a las fotos de Hamsti y es una monada. Me recuerda a Pepa, mi primera chica hámster... que luego parió 15 más. Una locura.

Estaré encantada de ver ese blog cuando lo crees. La verdad es que los bichos son fascinantes.

¡Un saludo!

Lisístrata dijo...

me sorprende y me encanta tu abundante, diversa y exquisita sensibilidad.

a ver si un día te presento a mi gato Kuper, al q llamo "gato" y a mi perra Navy, a la q llamo "Navy" jeeje

besos

Guillermo Loaysa dijo...

Sé que lo haces con buena intención, pero yo aún estoy por confirmar que decir de un pobre animal que es como una persona es más un insulto que un halago. Entre que lo confirmo y no, puedes soltarlo, pero yo que tú especificaba un poco y añadía el adjetivo buenas antes.

El reportaje es estupendo, ya lo sabes. Y lo mejor son los pies de foto.

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Pues la verdad es que me gustaría conocerlos, Lisis. Otra cosa no, pero los animales... Gracias por comentar :)


Señor Guillermo, qué comentario más amargo. Típico de un Rodríguez :P Menos mal que leo esto, pensaba que ya se te había olvidado cómo dejar comentarios :P

Guillermo Loaysa dijo...

De amargado nada (monada).
Y alguien tendrá que quedarse en casa cuidando de esas tres criaturas que ahora protagonizan la entrada, ¿no? :P

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Si con cuidar te refieres a dormir, eres un gran cuidador :P

Guillermo el Hacendoso.

Nuska dijo...

Genial reportaje, parecen fantásticos los tres gatos (me han gustado las habilidades de Darwin para hacer Matrix xD, los experimentos acuáticos de Fifi y el alma de escritor de Edgar).

Yo no he tenido mucho contacto con los gatos, fundamentalmente porque tengo alergia al pelo de gato y en cuanto entro en una casa donde vive uno o los toco, se me ponen los ojos como pelotas de golf. Solo conozco un gato que no me da alergia. Se trata de Vainillla, la gata de mi profesor de guitarra, que me mira fijamente cuando toco a Bach o cuando mi profesor y yo tocamos algo de heavy metal o blues. Es una gata la mar de maja, ronronea cuando la acaricio y me mira con cara divertida, y se deleita lamiéndome la punta del zapato derecho. Sus actividades favoritas son estampar muñecos contra el suelo del pasillo en un duelo a muerte, observar inquisitivamente la calle desde la ventana y meterse en bolsos, fundas de guitarra y mochilas (antes dejaba que se metiera en la mía, pero ya no porque le dejó un regalito a mi profesor en una de las suyas y no me fío xD).

K4M4R4 dijo...

Wow! Son una monada!

Es curioso como cada gatillo tiene su personalidad. Fifi me ha recordado a mi cuando era pequeño, experimentando con el agua xD.

Un saludo!

iñigo dijo...

Morgen,
Por lo general a la mayoría de gateros les gusta la buena música clásica y el olor a lejía. Curioso es, la verdad.
Ahh!!!! otra cosa, algunos gateros albinos son sordos si, pero también son ciegos. Valla pena, si es que la naturaleza es cruel e injusta muchas veces.

P.d Me ha gustado mucho tu recomendación final, más yo añadiría que un animal doméstico ( que no mascota y/o mascotilla), es muy recomendable, y más aún estos que llaman mil leches o mestizos, los cuales geneteticamente son más sanotes, duros y con menos problemas y enfermedades que los llamados de raza ( si, ya se sabe al estar menos manipulados por la mano del hombre, mejor para su salud)

Saludos y gracias por compartir.

P.d. Por mucho que intentemos no serlo, somos todos especistas y tenemos nuestras preferencias. En fin, en fin...

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Al menos, íñigo, el ser especista se puede controlar hasta cierto punto. Es cierto que ante cierta clase de animales nos comportamos como energúmenos -a mí me pasa con las cucarachas, por ejemplo-, pero se trata de irlo contrarrestando poco a poco.

Sin embargo, lo cierto es que los animales en general no me desagradan y tengo cierta tendencia a protegerlos: perros, gatos, pájaros, reptiles, arañas... y las plantas, por supuesto. Tengo un cactus que iban a tirar a la basura y ahora está poniéndose enorme en mi balcón.

Si sientes amor por la naturaleza, ser menos especista no cuesta tanto.

Los animales de raza la verdad es que son un rollo. Yo los prefiero "comunes", que precisamente son los más variados. Tampoco me importaría tener un gato tuerto o uno con sólo tres patas.

Y no puedo negar que los gatos me han conquistado. Me gustaban desde antes de tenerlos, pero ahora me doy cuenta de lo increíbles que son. Cuando tenga otro animal, probablemente me ocurrirá lo mismo.

Un saludo y gracias por comentar.

Armageddon dijo...

como molan,sobretodo el blanco.