17 enero, 2010

Santo Domingo



La pereza colándose entre las rendijas de las sábanas, abriéndose paso mano a mano con el frío que creaba un entrecruzado de escarcha en su pelo, así comenzaba el día...

Continuaba con la sensación de tenerlo todo hecho aunque aún quedara todo por hacer, la cabeza embotada como si la noche anterior se hubiera gastado cantidades ingentes de dinero en alcohol para mantener la mente ocupada, el sabor insípido de los alimentos, las canciones llenas de polvo embriagando cada poro de piel; la ropa acumulada en el sofá, en la silla, en la cama, en el suelo, en la mesa y en la alfombra, llamando a su dueña a gritos y ésta mirando hacia otro lado, como si no fuera con ella, como si las cinco de la tarde fueran las ocho de la noche y la medianoche, las tres de la madrugada, hasta conseguir amanecer como las lechuzas. Y ni siquiera.

Había más, claro que había más: estaban los folios vírgenes a los que un solo cajón no bastaba para acallar la conciencia, los coches que pasaban bajo la ventana y hacían que ella siempre se preguntara hacia dónde irían, cómo es que tenían algo que hacer; el agua demasiado caliente de la ducha que invitaba al abandono, las uñas malpintadas que lloraban para que las cuidara y las persianas... las persianas grises se transparentaban a través de los cristales de los balcones, siempre acentuando su sombra con la ofensiva luz naranja de las farolas, que se colaba sin compasión ninguna en la casa y que la empujaba con todas sus fuerzas a huir a algún pub de mala muerte, a sentarse en la barra y tomarse una cerveza mientras miles de ojos curiosos la contemplaban con distintas intenciones, pero ninguna lo suficientemente valiente como para acercarse a ella y preguntarle que cómo estaba y decirle que el día era frío, que el dueño de aquella mirada trabajaba en una cafetería cercana, que se podía tomar un café allí cuando quisiera y que si quería un cigarrillo a lo que ella respondería que no, que no fumaba, que ya no era de ésas. Y entonces, aquel individuo que nunca se acercaría a ella adivinaba por casualidad, sin dejar de jugar con el anillo que se enroscaba en su dedo pulgar de la mano izquierda, no se sabe bien si por la forma que ella tenía de curvar los labios al hablar, de cómo miraba fíjamente la espuma que se acumulaba al final del vaso, debido al perfume dulzón y desesperado que desprendía o por haber rozado sin querer sus manos descubriendo que las tenía heladas a pesar de que sus ojos brillaban ardientes, envolviendo a quien miraba en una ígnea inquietud, que se encontraba ante una joven momentáneamente suicida, pero no una cualquiera, sino una joven suicida dominical.

Entonces ella se levantaría de la silla tras darle las gracias y se dirigiría a la salida para mezclarse con la multitud, la mayoría formada por familias de uno o dos hijos que paseaban por el centro en aquella tarde de domingo; la mitad de ellas despidiendo una quintaesencia de incienso que las señalaba como puntuales en la misa de la mañana. Y todos se iban haciendo a un lado, o más bien fuera ella la que iba creando un ángulo que los dividía. El hecho era que se abría brecha entre ellos, quizá así como la que existía en sus mentes sobre aquel día: los que lo cargaban de sentido y la que lo despojaba de todo sentido. O tal vez no lo despojara, simplemente no lo tuviera. O ella no lo encontraba.


Ciertamente, el domingo era para ella el día más gris de la semana.

3 comentarios:

Mirthas dijo...

¡Oh, pero qué dices!
Para empezar, el domingo es el día del Se... Perdón, es el Séptimo día de la semana (¿o era el primero?) y el que a su vez anticipa el Lunes.

Creo que la clave está en tener un trabajo que no te permita descansar más de un día a la semana y que dicho día sea, además, aleatorio (según el gusto de un chimpancé, por ejemplo). Así se te quitarían tus problemas con el sentido dominical, ya que ningún día tendría sentido :D

Aparte de eso, creo que es de lo mejor que has escrito en estos meses -no sabría precisar cuantos-, seguro que alguna lagaña te ha ayudado (¿o era legaña? :P

Elvira, el Cisne Negro dijo...

¡Hala! "Lo mejor que he escrito en estos meses"... ¿Tampoco lo he hecho tan mal en meses anteriores, no? Seguramente en Diciembre tenga algún escrito decente, como "Impotencia" o "Cartas que nunca se envían" en mi modesta opinión. Que este mola más, vale. Pero por como lo has dicho parece que haya estado vertiendo basura en el blog, joder xD. A lo mejor es que Sapere Aude no está inmerso en una seriedad crítica como los de otros y por eso ya todo es tan terrible y truculento...

Mirthas dijo...

Desde luego es lo mejor de este año, eso no hay quien me lo discuta... Y me refería a la prosa (y si, es mucho mejor que "Impotencia".

Y no, no has estado vertiendo basura. Elvira, querida, hay grises, ¡hay grises!

(¡Qué curioso! La palabra de comprobación es "Miticias" :P)