04 julio, 2010

Ojos de Esfinge


-¡Mírame! ¡Mírame cuando te lo digo! –grita.

Yo sigo con la mirada fija en otra parte. Odio que me griten.

Me levanto sin mirarle de la silla y me siento en el sofá. Recojo un libro del suelo y lo abro por la mitad. No tiene título, porque es mi libro. Un montón de páginas en blanco. Tal y como me gustaría que fuera mi vida. Él sigue empecinado en que lo mire, pero yo ya he aprendido a ignorarlo. Dentro de unos segundos se marchará airado y yo por fin podré disfrutar de algo de paz.

-¿Vas a seguir así? ¿Obstinada en tu obstinación? ¡Eso no te lleva a nada! ¿No te das cuenta?

Yo sigo con la mirada clavada en mis páginas en blanco, sin hacerle el menor caso. Sí que consigo algo con mi obstinación: enfadarle, molestarle, desesperarle. A veces, para hacer daño, solo hace falta levantar un silencio impenetrable para que todo aquel que se choque contra él no sepa cómo reaccionar.

De pronto, él se levanta. He acabado con su paciencia. Lo último que sé de él es un portazo y la certeza de que ha salido de casa.

Dejo el libro a un lado. Ya me dedicaré a llenarlo de palabras para luego ir borrándolas poco a poco. Antes tenía inspiración pero, hace dos años, la perdí. Cuanto más convivo con Daniel, más me doy cuenta de lo mucho que echo de menos la soledad. Y más me percato del daño que me hace con su sola presencia.

Llevamos cuatro meses de disputas acaloradas. Todo comenzó con el nuevo trabajo de su hermana Isabel. Había conseguido un puesto en una oficina de administración, pero no se entendía con los ordenadores. Yo tampoco es que haya sido nunca una gran entendida, pero al menos puedo teclear a una velocidad media. Pero claro, ella no. Esto se tradujo en que Daniel me pidiera encarecidamente que ayudara a su hermana, porque él no tenía tiempo. Solo al principio, me dijo. Yo por aquel entonces estaba en paro y, claro, no tenía cosas mucho mejores que hacer; o eso debía de pensar él. Accedí a ayudarla solo porque le tenía un gran cariño. Si hubiera sido por la habilidad de Daniel para convencerme, se hubiera llevado una gran decepción.

Total, que día a día, pasaba decenas de informes a bases de datos, decenas de bases de datos a informes que ella había mal redactado en papel. Insistí a Isabel en que fuera practicando mientras tanto, pues a mí pronto me saldría un puesto de trabajo –o eso esperaba-, y no siempre podría ayudarla.

Pasadas dos semanas, me negué a seguir haciendo informes. Daniel, por supuesto, me lo reprochó de una forma tan desproporcionada, teniendo en cuenta mi sana y asertiva argumentación, que rayaba en lo rocambolesco. A Isabel le expliqué lo mejor que pude que no podía seguir encargándome de los informes y le recomendé una escuela de taquigrafía para que mejorara su tecleo a ordenador. Eso para Daniel fue otro colmo. Se pasó una semana entera sin hablarme.

Yo nunca he entendido demasiado a los hombres. O más bien, nunca he compartido su forma de pensar. Porque en cuanto a temperamento, son muy semejantes a los niños. Y lo peor de todo, es que de entre el amasijo de personalidades infantiles y masculinas que me rodeaban cuando decidí emparejarme, yo había escogido a Daniel, que bien podría haber sido en su tiempo la mascota de la clase.

Después de aquello, hubo muchas trifulcas. La mayoría, sin un verdadero motivo de peso. Él quería controlar mi vida y yo, simplemente, no le dejaba. Eso le ponía de los nervios.

Y ahora, la verdad es que no nos llevamos mal. Más que nada, porque no nos llevamos. Todo termina con silencios y portazos. Con miradas esquivas a la hora de la cena. Con un hueco entre ambos cuando nos acostamos en la misma cama por la noche.

Yo ya no le amo. Me he acostumbrado a él como me he acostumbrado a las tazas blancas e insípidas de la alacena, o al suelo de parquet que hay que encerar dos veces al día, o a beber dos botellas de vino mientras él no está en casa. No es que me vea con otros hombres. Es simplemente que tener pareja no me interesa. Se suponía que ésta era la experiencia más cercana al amor que he vivido. Y Daniel y yo ni siquiera podemos mirarnos a la cara sin que uno de los dos empiece a gritarle al otro. Y ya no por maldad, sino por pura costumbre.

Cuando vuelve de la calle, yo estoy en la cocina preparando el almuerzo. ¿Qué hay de comer?, pregunta. Yo no le respondo. Él suelta un bufido de fastidio y se acerca a la olla a la que ahora añado sal. ¿Pasta otra vez?, se indigna, ¿No hemos comido ya suficiente pasta para los próximos doce años?

Claro que sí, Daniel, le respondo con toda naturalidad, pero sé cuánto la odias y por eso he decidido cocinar pasta una vez más. Esto a él le desconcierta de sobremanera, por lo que se echa agotado en el sofá y se queda contemplando las musarañas. Siempre me ha hecho gracia el cómo se queda después de una respuesta así. Me imagino que será porque las mujeres casi nunca somos sinceras con los hombres.

Por la noche Daniel se retuerce en la cama inquieto y, de pronto, noto una mano en mi pierna. Verónica, susurra. Yo me dejo hacer hasta que él se derrumba sobre el colchón con la respiración entrecortada. Cierro los ojos y me abrazo a la almohada. No hay nada más cálido que el algodón en una noche fría. Ni siquiera el amor.

Por la mañana, Daniel ya se ha marchado. Se ha llevado todas sus cosas, por lo menos las imprescindibles. Me imagino que no tiene intenciones de volver. No siento ningún tipo de tristeza. Más bien, lo veo natural. Yo no le quería, él me odiaba, y este apartamento no era lo suficientemente grande para los dos.

Me siento en una silla y marco el número de mi amiga Violeta. La invito a comer y así, de paso, hablamos. Violeta siempre estuvo loca por Daniel. Cuando yo dejé de quererle, me imagino que fui lo bastante sádica para no dejarle marchar y que, por ejemplo, comenzaran una nueva vida juntos. Los humanos tenemos ciertos problemas con la territorialidad.

-¿Pero cómo te ha podido dejar?- pregunta ella con los ojos como platos-. Si hacíais una pareja perfecta…

Noto que esto lo dice sin rencor, sin odio, sin dolor. Violeta es una chica magnífica. Y es mi amiga antes que la amante de ese saco de huesos llamado Daniel.

-Él a mí no me estimulaba. Yo a él le estimulaba demasiado y lo obnubilaba –explico tranquilamente- tanto es así que espero que haya revisado el coche antes de irse. He agujereado el depósito de gasolina.

-¿Sabías que se marcharía? –me pregunta Violeta algo nerviosa.

-Claro que sí. Los hombres son tan previsibles. Además, sé a dónde ha ido. Lo que me extraña, Violeta, es que siendo tan magnífica amiga como eres, no me hayas dicho que ahora mismo está durmiendo en tu cama.

El rostro de Violeta es todo un poema. Las mujeres somos a veces tan estúpidas.

-¿Qué? ¿Qué has dicho? –exclama temblorosa y agitada.

Yo sonrío y fijo la mirada en mi plato. Enrollo los espaguetis con delicadeza, los desenrollo y dejo el tenedor en el plato. Tomo la copa de vino que descansa en la mesa y bebo un pequeño sorbo.

-Verónica… ¿cómo…? ¿cómo no me lo habías dicho? ¿has permitido que viniera hasta aquí mientras tú sabías todo eso?

Me levanto y abro la ventana del comedor. Entra un aire limpio, fresco. Observo detenidamente cómo un pájaro se apoya en una de las ramas del sauce del parque.

-¡Mírame! ¡Mírame cuando te lo digo! –grita.

Yo sigo con la mirada fija en otra parte.

Odio que me griten.

4 comentarios:

Guillermo Loaysa dijo...

El texto es la hostia de bueno, en serio. Ahora, me hubiera gustado que la tal Verónica saltara por la ventana.

Tiene una chulería encima de niña mimada y autosuficiente que es para darle esa hostia tan grande que es este texto :P

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Pues sí, lo es.

Por una vez, veo que has captado al personaje.

Artemisa Valverde dijo...

Hola, Cisne, te llevo leyendo tiempo, pero por h o por b nunca había comentado por aquí.

En cuanto a este relato, chica, no puedo decirte nada porque estoy sin palabras. En serio, vete al edificio de la editorial Planeta, quémalo y construye tu imperio allí, va a ser lo mejor para todos.

Sigue escribiendo! =)

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Me alegra mucho tenerte como lectora.

No sé si me querrían en la editorial Planeta, pero desde luego estoy intentando poder publicar en cualquier otra editorial.

Gracias por tus ánimos y seas siempre bienvenida por aquí.

¡Un saludo!