01 julio, 2010

La mantis


El momento más delicioso del día llega cuando son las diez de la mañana y me dispongo a preparar café en la cocina. El sol entra por la ventana y me recuerda lo bien que se está en casa, sin el calor abrasador que envuelve Andalucía. Limpio con cuidado la cafetera, lleno de agua el depósito, echo el café en el filtro con un toque de canela, uno las dos partes y la dejo a fuego lento unos minutos. Las primeras notas que escucho son las que produce el café ascendiendo por la válvula. Los disfruto y paladeo despacio, igual que haré un poco más tarde con la bebida, cuando el café esté dispuesto en mi taza.

Este pequeño ritual de cada mañana me inunda de nostalgia. Observo detenidamente el marco de la puerta de la cocina, sentada en un taburete que conseguí en las oportunidades de Ikea. Hace tan solo un par de años, Víctor hubiera entrado por esa puerta, atraído por el olor del café, encontrándome totalmente despeinada y con marcas de rímel de la noche anterior.

No puedo dejar de pensar en él cuando dejo la cocina y me siento en la sala de estar. ¿Qué hemos hecho, Víctor? ¿Cómo hemos podido tirar por tierra lo que éramos de ese modo?

Lo peor de todo es que después de dos años, aún me quedan lágrimas por llorar. Me hago un ovillo en el sofá, apuro mi taza y la dejo sobre la mesita de cristal, donde antes desayunábamos juntos.

Trato de insuflar valor a mi alma maltrecha y descuelgo el auricular del teléfono. Los pitidos se me hacen insoportables, se me clavan dentro, muy dentro de mí, como las palabras de abandono de Víctor. Cuelgo el auricular. Me falta coraje. Solo soy una niña asustada que ha perdido a su único amor. Me desespero. Descuelgo otra vez. Cuelgo de nuevo.

El vecino ha puesto la radio. Comienza a sonar un blues que inunda mi sala de estar. Me levanto decidida, tomo impulso y me refugio en la ducha. El agua todo lo purifica, todo lo sana y lo convierte en indoloro. Salvo mi pérdida. El tiempo me ha arrebatado a Víctor. Yo no tengo valor para arrancárselo de las garras al tiempo.

Salgo de la ducha envuelta en una toalla de algodón. Me siento de nuevo en el sofá de la sala de estar. Descuelgo el teléfono. Marco el número de Víctor. Espero.

-¿Dígame?

-…

-¿Diga?

Cuelgo.

Es la voz de una mujer. Qué estúpida eres, Celia. Cómo no iba a encontrar Víctor a una mujer digna de amar. Cómo no iba a encandilar a otra mujer su sonrisa, su forma delicada de hacer el amor, sus manos ascendiendo ardientes por las piernas tras una noche de copas, sus mordiscos en el cuello capaces de hacerte llegar al orgasmo, su pelo negro y liso, riendas de la pasión en la cama. Y su boca. Unos labios especialmente diseñados para fundirse con la boca de una mujer y llevarla al cielo en solo un minuto.

Se me escapan algunas lágrimas. Hace solo dos años, esa mujer a la que quitaba el vestido cada noche era yo. Ahora me he convertido en un ex maldita y frustrada por los recuerdos.


Necesito otra taza de café.


Por la noche voy a un bar de copas. Elijo a un rubio de ojos verdes; cualquiera me vale, con tal de que no se parezca a Víctor. Hacerlo con su doble sería enfermizo.

El rubio dice que se llama Iván. Siempre me gustaron los nombres rusos. Iván es divertido, bebe cerveza directamente del botellín y no en vaso, como hacía Víctor. Eso me gusta.

A las dos de la mañana estamos en mis escaleras, chocando contra las paredes, encendiendo las luces por accidente, subiendo los escalones a trompicones. Me quita la ropa interior de un zarpazo. Yo solo soy una doncella a manos de una bestia furiosa. Dejaré que más tarde se lleve una sorpresa. Mientras me dejo hacer, dulce y dócil.

Veinte minutos después, estamos contra la puerta de mi apartamento. Busco las llaves en el bolso precipitadamente. Los dos tenemos la respiración entrecortada. En cierto momento, sus manos ascienden por mis piernas y me acaricia entre ellas con lascivia. Como Víctor. Igual que Víctor. Las llaves de mi casa caen al suelo. Iván las recoge con torpeza y me las da. No sé cómo, pero consigo abrir la puerta. Entramos.

No le doy tiempo a alcanzar mi cuarto. Me abalanzo sobre él en mitad de la sala de estar, sobre la mesa donde Víctor y yo desayunábamos. Le bajo de un tirón el pantalón. Ya me preocupé en las escaleras de arrancarle el cinturón. Empiezo a arañarle la espalda por debajo de la camisa, a hacerlo sangrar mientras mi lengua recorre su cuello y sus labios.

Dos minutos después estamos follando de pie, mientras él jadea a cada impulso de mis caderas. Se corre enseguida. Cae rendido al suelo, por lo que aprovecho y, como una hiena con su presa, lo arrastro hacia mi cama, hacia mi territorio.

Lo hacemos tres veces más. Consigo tener cinco orgasmos. A él se le ponen los ojos en blanco.


A la mañana siguiente Iván yace sobre mi cama desangrado. Está muerto. Cuando la policía me interroga en la comisaría, comparezco de forma obediente. En la autopsia se revelan marcas de cuchilla por toda la espalda y mordiscos por todo el cuerpo.

Víctor, Víctor, rezan esas marcas. Yo también tengo marcas en mi piel, con un Víctor escrito con sangre y acero. Víctor. He matado por ti, Víctor. He matado a un hombre, porque él solo es, como yo, una prolongación de ti. De tu placer. Del mío. Víctor, Víctor, ¿dónde estás? Mi sangre es tuya. También la de Iván. Víctor… ¿qué aquelarre he de hacer para que vuelvas? Si tengo que matarte lo haré, solo para que tu cadáver sea eternamente mío. Como nuestras noches, Víctor. Como tus besos, Víctor. Como todos esos meses que pasamos follando, Víctor. Todos, como Iván, como tú… todos seréis eternamente míos.


3 comentarios:

Guillermo Loaysa dijo...

Menuda grillada... Pero al menos a eta no se le olvida echar el agua en el depósito de la cafetera.

Me imagino que no existe la mujer perfecta.

Elvira, el Cisne Negro dijo...

ETA NO!

¿Y quién coño quiere una mujer perfecta?

Sharif dijo...

Huuy este relato es algo enfermo, sádico y con tufo de humor negro... me gusta, me gusta.
Un beso.