17 junio, 2010

Deus ex machina


Sin corazón, seríamos máquinas


“El gobierno ha ratificado la nueva ley cibernética B-230, la cual obliga a implantar en todos los ciudadanos de Q. un corazón metálico que cumplirá las mismas funciones fisiológicas que el corazón humano, además de permitir a los individuos desarrollar una vida normal sin que los sentimientos puedan alterar, modificar o interrumpir una vida perfectamente lógica y racional. Esto no sería posible sin la enzima Fillk, sustancia que bloquea de forma irreversible los neurotransmisores que permiten la formación de sentimientos en el cerebro. “

Diario Oficial de la República de Q.

Ese fue el comienzo del fin.

Me llamo Lucius Gardner Laffay y soy una de las víctimas de tan atroz decisión. Tengo un corazón metálico como todas las personas que viven en Q. Aunque la ley B-230 fue acogida por la mayoría de ciudadanos con júbilo, muchos de nosotros sabíamos que tal medida estaba muy bien pagada por el gobierno de EE.UU. para utilizar a nuestro pequeño país como lugar de experimentación con fines militares. A pesar de que intentamos por todos los medios movilizar a la ciudadanía contra semejante atrocidad, la mayoría de las personas tenía una opinión a favor de la tecnología y el progreso cibernético, y deseaban ser pioneros en tal medida. Quizá eso fue lo más triste en cuanto a la implantación de la ley, que se acogió entre los habitantes de Q para iniciar una "nueva moda”.

A los pocos que nos opusimos, nos silenciaron y, finalmente, nos obligaron a pasar por el quirófano para extraernos nuestro corazón humano e implantarnos aquella cosa metálica.

¿Cómo puedo expresar lo que es carecer de sentimientos? No sentir alegría, ni ira, ni amor, ni envidia, ni tristeza, ni orgullo… Es como estar estancado en un tedio continuo, en una indiferencia inmutable y estática.

Por supuesto, ciertas emociones relacionadas con la supervivencia nos permitieron tener. El miedo lo seguíamos conservando, la excitación, el hambre, la sed, el sueño… Aunque realmente no los sentíamos. Sabías que tenías miedo, o que tenías hambre, pero no experimentabas esa sensación. La conducta se guiaba por meras intuiciones a nivel mental lo que, visto por un corazón humano, tendría que ser realmente árido.

La ley B-230 se nos vendió de forma oficial para “reducir las tasas de delincuencia del país”. La lógica era la siguiente: sin sentimientos, el ser humano se convertía en una máquina. Podía trabajar durante horas seguidas sin quejarse, lo que mejoraba la productividad. Además, al no sentir celos, ni envidia, ni rencor, ni amor, ni odio, se suponía que los llamados “crímenes pasionales” desaparecerían. También las violaciones dejarían de ser un problema, ya que la sexualidad y el placer quedaban relegados a una mera certeza racional, lo que no permitía que las personas experimentaran la motivación sexual asignada a esos casos.

Durante los primeros tres meses, los pronósticos se cumplieron. Los índices de delincuencia descendieron hasta los niveles más bajos conocidos en la historia del país.

Sin embargo, la vida se volvió algo tan monótono y mecánico, que pronto la situación comenzó a cambiar.

Es cierto que los ciudadanos de Q. no tenían motivación ninguna para consigo mismos. El gobierno había conseguido que el desinterés los hiciera entes perfectos para el trabajo. Pero la indiferencia que todos padecíamos no pudo derrotar un pequeño resquicio humano que todavía conservábamos: el recuerdo de lo que había sido nuestra vida como humanos completos. No podíamos sentir nostalgia, porque se nos había negado tal sentimiento, pero teníamos plena consciencia de que nos faltaba algo. Una sensación muy semejante a carecer de un brazo o una pierna. Una sensación de pérdida al fin y al cabo, y siento decir que eso es lo más humano que he sentido desde que no tengo corazón.

Siendo irreversible el hecho de que pudiéramos volver a sentir emociones, el país de Q. se rebeló. Con la misma frialdad de la máquina que éramos, los ciudadanos comenzaron a sembrar el terror en otros países robando, asesinando, violando o exaltando a todo aquel que se le pusiera delante. El objetivo era hacer sentir a los humanos, protestar ante el gobierno y ante EE.UU. por las atrocidades que habían hecho con Q. y tener el conocimiento de que, a pesar de todo, las emociones tenían algo que ver con nosotros. Por supuesto, el motivo de todo aquello se tapó de cara a los medios de comunicación. Se dijo algo sobre una banda terrorista sublevada por medidas de seguridad del país. Qué sé yo.

Sabiendo que con aquello no iban a volver a sentir de nuevo, los habitantes de Q. se esparcieron por todo el planeta, adoptando identidades distintas para que no los localizaran.

Yo nunca participé en ninguna masacre. Desde el principio me pareció un completo error el hecho de que nos despojaran de nosotros mismos. Y me parecía inhumanamente errado el hecho de atacar a aquellos que aún podían sentir, aquellos que no habían renunciado a lo que eran para la mejora de un país que, en su vida personal, nada les había regalado.

Me oculté del mundo y cambié de nombre desde el mismo momento en el que vi la barbarie que estaban cometiendo mis paisanos. Como podéis suponer, Lucius Gardner Laffay es solo un apodo. Intento afrontar mi vida como máquina, pues no sirvo para nada más. Soy incapaz de amar, incapaz de sentir compasión, incapaz de sentir algo. Solo espero pasar mis días de forma saludable. Solo espero que mi corazón metálico deje de funcionar, para ver si existe un fallo en la enzima Fillk y pueda morir desangrado, rabiosamente desgarrado de dolor y sufrimiento por haber vendido mi alma.


4 comentarios:

Guillermo Loaysa dijo...

Plas plas plas plas plas

Este es el giro que te decía que te hacía falta en tu literatura ;)

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Menos mal. Creía que iba a morirme así, sin volver a dar un cambio más mientras viviera!!

Yuju!! Así que ahora, que se observa que puedo escribir otras cosas, es el mejor momento para volver a lo de antes...

¡¡Que no!! ¡Que ya estaba muerto!

Necesito salir de casa...

Anónimo dijo...

Sigue en pie... pero no me haces caso. Hazme un recopilatorio y yo hago que lo veas en una estanteria con una pegatina de precio (aunque siempre preferí el precio a lapiz en la esquina de la primera página) besos, primus Maximus

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Te llamo hoy y hablamos señor Maximus. Sabes que me encantaría verlo con un precio puesto. Sobretodo si se lo ponen con lápiz. Un beso muy muy grande, casi tanto como tú.