30 junio, 2010

Salvados por la campana


Ser universitario es una de esas cosas de las que siempre se habla como si fuera lo más espectacular del mundo. Hay infinitos mitos respecto a ello y, por lo que he podido comprobar, la mayoría son falsos. Tal vez la difusión de grandes mentiras sea lo mejor que sabe hacer Norteamérica, a la cual culpo de casi todas mis expectativas fallidas. Por eso, por ejemplo, cuando ves series americanas en televisión observas cómo los actores que dicen tener dieciséis años, tienen en la vida real treinta y cuatro. Esto siempre me ha llevado a una gran confusión. Esperaba que a los dieciséis años ya pudiera conducir un coche, o tuviera el carisma suficiente para ligar con muchas chicas, o irme a un descampado con toda la gente de la clase y hacer una fiesta con alcohol, coches con la música muy alta y donde tal vez, solo tal vez, hubiera algo de droga –nada serio, claro, pero lo suficiente para decir: ¡Eh, chicos! ¿quién quiere una pastilla? Eso siempre le da “caché” a un evento así-. Ya se sabe, esos prototipos que realmente son absurdos y no tan divertidos como los pintan, pero al menos tener la seguridad de que están ahí y en los que, si te apetece, te puedes refugiar durante un par de días.

En cambio, cuando entré en la universidad, no había macroorgías celebrándose en cada rincón, ni profesores que te apasionaran en la enseñanza de sus asignaturas, ni una liga deportiva admirable, ni chicas que realmente merecieran la pena. Terminé yendo a clase casi por obligación y apenas tenía amigos.

Vivía con una chica que venía de Barcelona. He de decir que durante todos los cursos que compartimos juntos, traté de entenderla una y mil veces. Pero es que esta chica se me hacía imposible. No quiero decir con esto que no nos lleváramos bien o que, en algunas ocasiones, no nos comprendiéramos infinitamente mejor que con cualquier otro, pero, de verdad, que había veces en las que no sabía dónde meterme.

Era callada, demasiado callada para mi gusto. Se sentaba en el primer sitio que pillaba de la casa y se embelesaba con cualquier tontería, y así podía pasarse largas horas, encerrada en no sé qué tipo de estado mental. Una abstracción realmente admirable… si viviera sola, claro. Había veces en las que con todas mis fuerzas la hubiera arrancado de su asiento y la hubiera metido en la ducha para que espabilara y dejara de representar a la perfección el estatismo del David de Miguel Ángel. Otras veces se enfadaba por no sé qué motivo y me lanzaba unas miradas envenenadas que me dejaban clavado en el sitio. Cuando yo le preguntaba: ¿Se puede saber qué te pasa?, ella respondía sin inmutarse: Tú sabrás lo que has hecho. Y ahí quedaba todo. Después me quedaba una hora u hora y media pensando en qué podía haber hecho para haberla molestado. Hubo ocasiones en las que nunca supe cuál era el motivo de su reacción.

No sé si disfrutaba haciéndome cavilar por el placer de verme inseguro, meditando, o si era también una forma de mantenerme ocupado y así, dejarla tranquila. Aunque, después de años conviviendo con ella, resolví que lo que realmente pretendía era que, gracias a una ciencia infusa, yo comprendiera qué era lo que le pasaba y que actuara en consecuencia. Me figuré por esto su manera retorcida de quererme. Para ella, yo tenía las claves necesarias y suficientes y solo tenía que encajarlas. Me halagaba realmente que ella pensara así, porque por un lado significaba que sentía que la comprendía, y que estaba a la espera de que mi mente siguiera entendiéndola una vez más. Sin embargo, había veces que no sabía cómo decirle que, a lo mejor, yo no tenía todas las claves o que, quizá, lo que ocurría era que mi mente era retorcida en otros aspectos, pero no en los mismos en los que su mente lo era.

Vernos compartir piso realmente tenía que ser una experiencia curiosa. Nunca ha dejado de sorprenderme el modo que tenemos de asemejarnos y el modo que tenemos de ser diferentes. Y la conjunción de todo ello.

Sé que la unión que ella tenía conmigo no la había tenido con nadie más. Por eso me dolían esos momentos en los que no podía entenderla y por eso sabía cuánto le dolía a ella que yo no la entendiese. Porque, en el fondo, los dos éramos unos incomprendidos, unos bichos raros a los ojos de los demás que habían encajado y que se compartían en casi todo. Y en ocasiones, ese casi podía resultar ser el problema. Aunque en realidad, a ella muchas veces le bastaba que recorriera esos tres metros que había colocado a propósito entre nosotros y que la abrazara, y le dijera que estaba equivocada completamente, que era idiota por enfadarse y que se le había subido la falta de azúcar a la cabeza.

Otro tema por el que también nos hubiéramos matado era la música. Ella tenía la manía de poner música obsesiva y martilleante, que solo un esquizofrénico grave o una persona llena de crack hubiera soportado. En cambio, yo adoraba lo melodioso, lo armónico… o no necesariamente, pero maldita sea, ¡no soportaba su ruido estrepitoso por la mañana! Ponernos auriculares tampoco era solución, porque cuando al fin decidía colocármelos en las orejas, descubría que algo de su música se filtraba hasta mis oídos y entonces me ponía a cantar la canción que yo había elegido. Y eso le daba motivo suficiente para crisparse, me miraba con odio o me llamaba la atención como si fuera obvio que lo había hecho a propósito para molestarla.

Los dos teníamos una gran facilidad para obsesionarnos, y estas obsesiones no eran siempre compatibles. Por ejemplo, ella no soportaba tener la cama hecha y en cuanto entraba en su habitación, tiraba de las mantas hasta que caían al suelo. Si eso quedara ahí, no sería tan grave. El problema era que luego iba a mi habitación y también deshacía mi cama. Claro, yo cuando llegaba de la facultad y veía que había convertido no solo o suyo, sino también lo mío, en un completo caos, me desesperaba bastante. Sobretodo porque ella tenía la agudeza de hacer eso la misma semana en la que le había dicho que, por fin, mis padres se habían dignado a venir desde Pontevedra y ahora me tocaba a mí poner la casa en orden, porque ella se enfadaba y cogía la puerta y, si te he visto no me acuerdo. Después llegaba muy tarde a casa, sobre las una o las dos, la mayoría de ocasiones completamente borracha. Y entonces, me preguntaba que si tenía hambre y, respondiera lo que respondiese –o no respondiese muchas veces, porque a esas alturas de la noche, a mí también me cabreaba su comportamiento- ella se metía en la cocina y preparaba pato a la naranja o pastel de carne y luego me hacía pucheros para que cenara con ella, porque no quería comer sola. En ese momento a mí se me quebraba un poco el corazón de piedra y la acompañaba porque solía tardar una hora en hacer esa cena de madrugada.

Nos queríamos, nos odiábamos. Afortunadamente, la mayor parte del tiempo nos queríamos.

No puedo decir si alguna vez me enamoré de ella o acaso era una relación muy distinta. Lo cierto es que pasaron los años de universidad y, cuando me di cuenta, ella era lo mejor que había sacado de los tediosos pasillos de la facultad. No sé hasta qué punto esto era bueno o malo. Ella, que había hecho la carrera de Biología, consiguió trabajo en un laboratorio de Madrid y, cuando llegó el momento de que se fuera de nuestro piso compartido, le propuse irme con ella. Sibilina como era, trató de no mostrar alegría alguna, pero en el fondo sabía que me agradecía mucho que le dijera aquello, porque su orgullo no le hubiera permitido pedirme que me fuera con ella.

Finalmente no nos casamos, ni hicimos ninguna chorrada de esas. Continuamos viviendo juntos de una manera totalmente inexplicable para cualquier persona que no fuéramos ninguno de nosotros dos.

Y la verdad es que, cuando veo una maldita serie americana en televisión, la cambio sin pestañear ni un instante. Qué sabrá la televisión de las cosas buenas de la vida.


2 comentarios:

Guillermo Loaysa dijo...

Las mujeres son así; creen tener el derecho a coger una pataleta por nada sin contar con los sentimientos del hombre al que dejan confundido.

Realmente bueno el texto.

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Oh, venga, podías haber hecho el comentario sin un comienzo tan tópico :-p.