20 abril, 2010

El gaitero


Siempre odié a los guitarristas. O más bien, los guitarristas siempre hicieron que les odiase. A la mayoría de ellos por lo menos, supongo. Yo odiaba a los guitarristas, a los guitarristas de todo tipo: acústicos, eléctricos, clásicos… y de cualquier guitarra que estuviera por inventar. Yo odiaba a todos los guitarristas y sin embargo, siempre me veía rodeada de ellos. Esto solo se explica porque gran parte de las personas que quieren tocar algún instrumento optan por la guitarra. La probabilidad de encontrarte a un guitarrista es mucho mayor que la de encontrar a cualquier otro músico. Eso sí, guitarristas seguidos por pianistas, violinistas y celistas, por este orden. Un hatajo de idiotas la mayoría, se lo puedo asegurar. Pero yo, a quien odiaba profundamente era a los guitarristas.

Era fácil hacerlo, como cualquier otro pasatiempo. Venían con su cara de imbéciles, guitarra en mano o al hombro, con funda o sin funda y te soltaban sin saludar siquiera aquello de: ¿qué quieres que toque?. No sé qué problema tenían. Quizá tenía que ver con eso de tocar seis cuerdas a la vez, que los vuelve tontos o faltos de atención, o ambas cosas. El hecho era que a lo mejor a ti no te apetecía que tocaran nada, que se estuvieran quietos para así poder disfrutar del silencio en lugar de tener que soportar un aire cargado con síes y lases y res, que terminaban por hacerlo demasiado pesado. Así que cuando un guitarrista se me acercaba, como haciéndome un favor, y sacaba la guitarra con una sonrisa de “hoy mojo” y me preguntaba: ¿qué quieres que toque?, yo pensaba: “la puerta, gilipollas. Tócala, ábrela y sal por ella de una vez”. Lo más sorprendente era que, a pesar de no decir el nombre de ninguna canción, el chico de turno debía de pensar “pobrecita, que no se sabe el título de ninguna” y sin mediar palabra empezaba a tocar aquella que mejor le pareciera. Siempre se me venía la desagradable imagen del chico en una cama, en la oscuridad, sin saber qué hacer con su cara de tonto y conmigo, pobre de mí, desnuda en la cama, y mientras, el joven mirando mi cuerpo vulnerable entre unas sábanas demasiado blancas, formulando aquella terrible pregunta: “¿qué quieres que toque?”

Sea como fuere, nunca me planteé nunca tener nada con un guitarrista. Por eso me sorprendió terminar con uno de ellos. Se llamaba Garcilaso, como el poeta, y me imagino que le di un pase, porque lo primero que me preguntó fue mi nombre y no el de una maldita canción. Aún así, no duramos ni un mes. La idea de que tocaba la guitarra me obsesionaba. Cuando me acariciaba con más entusiasmo de lo habitual, pedía que parase: “soy una mujer, no una maldita guitarra”. Así que lo dejé con sus partituras en clave de sol, con sus púas, con sus uñas demasiado largas y los dedos ásperos y duros de tanto ensayar con el maldito instrumento.

Fue entonces cuando conocí a un gaitero y todo a lo que yo llamaba “sabiduría musical” se desvaneció. Aprendí que los músicos de instrumentos de viento eran diferentes. Tal vez porque no sólo tocaban con las manos, sino también con el aire procedente de sus pulmones, con su alma. Además, la gaita tenía una ventaja que no tenía ningún otro instrumento, ya fuera de cuerda o de viento, y era que sabía electrizar cada una de mis células con tan solo resonar en mis oídos… y me hechizaba y me llevaba muy lejos, al norte, más al norte, a las verdes praderas de Escocia donde siempre llueve y el cielo nunca pierde su color gris. Y fue entonces cuando me perdí. Me enamoré del instrumento en lugar de hacerlo del hombre. Quedé recluida entre sus cañas. Su fuelle tenía el poder de hacer que mis latidos se pronunciaran, acompasados con su vaivén. Si la música se detenía, yo me iba muriendo poco a poco. Así que explotaba a un gaitero tras otro, sedienta de música, de electricidad, de vida.

Curiosamente, logré serenarme escuchando a Schumann. Quién iba a decir que iba a ser el piano el que me curase. Sin embargo, aún hoy, cuando escucho sonar una gaita, mi corazón se acelera y mis sentidos se agudizan. Hasta mi sexo se humedece, como si esperara hacer el amor con ella en algún lugar recóndito de Edimburgo. Y entonces, reconozco ante mí misma que amo tanto la gaita no sólo porque hace vibrar a un ser humano en su interior y a mí misma con él, sino porque regala a mi alma, por unos instantes, el profundo sabor de la libertad… que solo se percibe en un lugar donde la lluvia imprime su huella, bajo un cielo gris infinito.




1 comentario:

Mirthas dijo...

A mí me enseñaron a tocar la gaita y puedo asegurarte que, para mí, se trata de algo más físico que espiritual. Como tú dices es el aire que expulsas de tus pulmones.

En la guitarra -para los que de verdad amamos este instrumento y no lo tocamos porque simplemente "es lo que hay"- es diferente.

Me imagino que para un gaitero que toque su gaita por amor al instrumento dirá lo mismo solo que al revés: "tenerefid se atiag al ne".