04 abril, 2010

Los miedos del escritor


El escritor que llevaba media vida escribiendo estaba decepcionado, ultrajado, humillado por su inspiración. Doce novelas inconclusas, siete antologías incompletas, cien ensayos edulcorados, seis relatos de pésima redacción y tres cartas tiradas al fuego. Se salvaban cinco poemas, uno de los relatos, dos ensayos y algunas ideas sueltas de las novelas. Ya está. Para qué nombrar las cartas.

¡Toda una vida escribiendo para eso! Pero lo peor de todo era que, aunque siempre había deseado ser novelista, se había encontrado con que tenía mucha más facilidad para hacer poemas. Así que había dejado un poco de lado las aspiraciones noveleras y se había decantado por la poesía. Es más, él se presentaba como poeta. Pero, qué terrible. Solo cinco poemas se salvaban para él de sus siete antologías, unos 2093 poemas en total. Inconclusas todas ellas, claro está. Él definía una meta, por ejemplo: Una antología de 350 poemas. Pero después, cuando había escrito 287, descubría errores garrafales en los anteriores y pensaba que se había molestado en escribir pura basura. Y empezaba otra que fracasaba estrepitosamente al cabo de las semanas. Por eso había comenzado con los relatos. Estadísticamente era lo que mejor se le estaba dando. Eso sí que era una tragedia. No solo no conseguía escribir una novela, sino que se había dedicado a la poesía la mayor parte de su vida y a los ensayos, para que ahora, lo que se le diera bien fueran los relatos. ¡Qué ultraje!

El escritor se desesperó cuando recontó y repasó su obra, y cayó en una crisis de identidad. ¿Qué clase de escritor era? Había intentado ser polifacético y solo le habían salido unas cuántas cosas bien. Pero ¿eso le daba derecho a proclamarse poeta? ¿Novelista? ¿Ensayista? ¡No! ¿Qué era un escritor, el que escribe o el que escribe bien; o el que escribe mucho, escribe bien y, además, le publican? ¿O el que aunque no escriba mucho, escriba bien? ¿Publicado o sin publicar? Porque no le cabía en la cabeza la noción de escritor que escribía mucho, mal y encima, era un desconocido.

Casi se echó a llorar cuando cayó en la cuenta de que, si llegaba otro más avispado, más inspirado o vaya usted a saber qué más qué, que escribiera en dos meses lo que él había conseguido en media vida y que lo hiciera mejor que él, era quien debía llamarse escritor. Él solo era un pelele, un personajucho con pretensiones de escritor que había escrito tres cosas bien porque, después de tanta práctica, algo bien le tenía que salir. ¡Qué tragedia! ¡Qué tragedia!

¿Dónde está el límite para un escritor de lo que está bien y lo que está mal? ¿Quién lo marca? ¿Cuáles son las pautas para escribir bien? ¿Es como un baile? ¿Aprendes los pasos y ya está? ¿Es cuestión de cuna? ¿Nace el escritor o se hace? ¿O las dos? ¿Cuál es el misterio de ambas?

Y entonces, el escritor… o el no-escritor, o el que escribía, o el que no escribía, o el escribiente que escribía cosas malas, o buenas, o el tonto que jugaba con el lápiz o vaya usted a saber quién, cayó en una espiral de interrogantes y se volvió completamente loco.


3 comentarios:

Mirthas dijo...

No puedo contestar a ninguna de las preguntas de tu escritor. Esperaba que fuera él quien me las resolviera.

Un buen amigo mío está convencido de que escritor es el que realiza la acción de escribir. Y aunque esto sea desde cierto punto de vista correcto, a mí no termina de convencerme.

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Me encantaría que mis personajes supieran más que yo misma, pero creo que por el momento, no es posible.

Y no, a mí tampoco me convence esa definición.

Joaquín Artime dijo...

A mí tampoco me convence.

De todas formas, creo que es más fácil reconocer a los otros escritores que reconocerse a uno mismo como escritor. Eso entraña cierta pretensión, cierto ego.

Tal vez sea mejor escribir sin hacerse preguntas, así, quizá, sea más sano.