02 junio, 2010

Media hora


Son las once de la noche de un lunes. Una chica con el pelo largo y liso, castaño, espera a alguien apoyada en la parte trasera de un Volkswagen. Mis ojos no llegan a vislumbrar el modelo. De la chica solo aprecio su pelo, porque se encuentra de espaldas a mí. Se puede decir que la estoy espiando a través del balcón, aunque realmente no la espío, simplemente me he asomado y mis ojos han tropezado con ella accidentalmente. A decir verdad, yo también estoy esperando a alguien. De hecho, mi interés por ella se basa únicamente en que las dos estamos esperando a alguien que no llega.

De pronto, un chico que va en una moto azul se acerca a la esquina donde está aparcado el Volkswagen y se detiene frente a la chica. Por un momento pienso que es el chico que ella ha estado esperando y mi ánimo se viene abajo porque, de las dos, tengo la secreta esperanza de ser yo la primera que abandone su puesto de vigilancia. Sin embargo, el chico pasa de largo. Al parecer se ha detenido a recordar el camino que debe tomar o se ha perdido y ha tratado de orientarse. Qué sé yo.

La chica sigue allí, de pie, esperando a que venga su príncipe -o eso imagino yo, porque a las once y cuarto de la noche, hora que ahora marca el reloj, lo que se merece la pobre después de estar esperando apoyada en un Volkswagen es que venga un príncipe en moto a rescatarla, no puede ser de otra manera-.

Sigo mirando y veo que entonces aparece otro motero y se detiene en la esquina. Pero en vez de acercarse a la chica, gira a la izquierda. Es más, ese chico ya lleva una chica detrás agarrando su cintura. Siento por ellos sana envidia, y presiento que la chica que se apoya en el Volkswagen tiene una sensación parecida. Envidia, porque a las dos nos gustaría dejar de esperar y que la previsión de la noche fuera pasársela por la ciudad en una moto, agarrada a una cintura masculina. Soñar es gratis.

La chica sigue esperando, yo sigo esperando, son las once y media de la noche. Sin más, marco un número y me anuncian que mi espera dejará de serlo dentro de unos minutos. Confirmo, minutos más tarde, que así es. Pero antes de entrar en casa y abandonar el balcón, echo una última mirada a la chica del pelo castaño que se apoya en el Volkswagen y, aunque mi esperanza se ha visto satisfecha, me embarga un sentimiento de que el mundo no es justo, porque ella lleva esperando más tiempo que yo y sin embargo, soy yo la que abandona primero su puesto. Y lo peor de todo es que no tendré la seguridad de que esta noche a ella vaya a recogerla un príncipe en moto. Lo peor de todo es que puede estar en esa esquina mucho tiempo y que la dejen plantada. Lo peor de todo es que alguien la venga a recoger y no sea el príncipe que se merece después de su larga espera. Lo peor de todo es que me solidarizo con ella y pienso que, realmente, yo podría muy bien ser esa chica que espera la libertad, la vida, la felicidad, el amor, la muerte, apoyada en un Volkswagen.

1 comentario:

Argeseth dijo...

Pues todos en algún momento podemos ser "esa chica", o cualquiera que espera. Como siempre, tu forma de decir ese tipo de cosas me gusta.
Un beso.